lunes, 1 de julio de 2013

En el refugio de los sueños: EL BALCÓN (24)

      El paisaje apenas si existía, la bruma lo inundaba y hacía casi imposible escudriñar más allá de unos pocos pasos. Jean y Jenny se habían establecido junto a Brest, en una antigua casa cerca del pequeño puerto. Paseaban por el muelle;  la soledad y el silencio les rodeaban. El viento golpeaba sus rostros y el aire transportaba un agrio olor a algas y salitre. Jenny cogía el brazo de su esposo en un intento por paliar el húmedo frío que les envolvía. Pero el aire les sentaba bien; eran días de espera y poco podía hacerse en aquella pequeña localidad. Las escasas noticias que llegaban desde París no eran nada halagüeñas. Al parecer La Comuna había incendiado las Tullerías y parte de la rue de Rivoli, pero las noticias eran confusas y no del todo creíbles, pero sí preocupantes. Para ellos, no obstante, eran días felices; lo eran desde que se conocieron, pasase lo que pasase a su alrededor. Sólo tenían ojos para ellos mismos; parecía como si su amor les hiciera impermeables a los acontecimientos, y más desde que hubieran decidido desposarse al poco de llegar a Brest.
       -Jenny, cásate conmigo.
       -Claro -contesta Jenny.
       Los ojos de ella se llenan de lágrimas. El sabor de sus bocas les confunde; aquel sabor a manzanas verdes se ha mezclado con el sabor salobre de su llanto alegre y sonríen: ¡cómo no hacerlo! Y Jean la toma en sus brazos con un deseo tierno. El dormitorio está arriba en el primer piso y las escaleras no perdonan. Jean llega fatigado y se deja caer de espaldas sobre la cama. Jenny sonríe al principio,  a continuación  una limpia carcajada se escapa de su garganta. Jean ríe con ella. Están unidos por las manos y el jadeo del amante parece rebotar en todas las paredes de la habitación. Jenny no para de reír y entiende que a veces el amor tiene esas formas extrañas de aparecer. Por su cabeza desfilan como en un carrusel secuencias de su vida, alegres desde que su existencia coincidió con la de Jean, y tristes, aquellas que este hombre, ahora desfallecido sobre su cama, le está ayudando a olvidar. El sosiego regresa y Jean mira los ojos dulces de su amada y repite:
       -Jenny, cásate conmigo.
       -Claro, te lo acabo de decir.
       -Me gusta oírlo. Suena tan dulce en tu boca.
        Ella toma el rostro de su amado entre sus manos y acerca sus labios a los de él. El sabor de las manzanas regresa y se queda a vivir con ellos. Pero no bastan las palabras, sus cuerpos se van acercando el uno hacia el otro, buscándose, y se encuentran en ese maravilloso abismo de sensualidad que sale a borbotones de cada rincón oculto. En esa intensa agonía que les acerca paso a paso a la felicidad; pero tratando de prolongar el camino, en un deseo infinito de amor. Pero el camino no es camino si no tiene un  ir hacia alguna parte, si no tiene un final. Y al final llegan: desnudos, sudorosos, el uno junto al otro, con las manos unidas y mirándose a los ojos, buscando la felicidad en sus miradas. La han encontrado y aún unidos ríen; giran sus cuerpos sobre el lecho y a cada cambio de dirección la risa brota en sus bocas.
       -Jenny, te amo -dice él.
       -Yo también te amo -dice ella.
       Y el carrusel comienza de nuevo.
       Los días van pasando en Brest, la primavera eclosiona, y parece como si la naturaleza diese una nueva oportunidad. El húmedo frío de las playas está dando paso a una luminosidad sorprendente; huele a cielo abierto,  arena y sol. 
       -No me extraña -comenta Jean a su esposa-, que Edouard decidiese buscar la luz fuera del taller a la vista de esta cambiante tonalidad, aprovechando los problemas por los que atraviesa París, aunque las noticias que llegan de la ciudad empiezan a ser algo más favorables; parece que La Comuna ha sido derrotada por las tropas gubernamentales de La República y sus cabecillas hechos presos o ajusticiados. Espero que podamos volver pronto.
      -¡Se está también aquí! –comenta distraída Jenny sin apartar los ojos de las olas-. Pero algún día habrá que regresar. Echarás de menos a tus amigos, el taller, tu pintura. A mí me sucede lo mismo con la música.
      -Aquí también tienes tu música.
      -Sí, pero echo en falta la ciudad, con su ritmo, con su vitalidad. Siempre surgen novedades que quiero aprender y compartir. Echaré de menos Brest, su puerto, sus hermosas playas. ¿Volveremos algún día, Jean? ¡ Prométemelo!
      -¿Cómo podría negarme? Claro que volveremos. Aquí hemos sido muy felices. Nunca olvidaré estos últimos meses. Pero en París está nuestra vida, nuestros amigos. Hemos de regresar, pero es pronto aún. Vivamos estos días llenos de luz, Jenny.
(Continuará 24)

2 comentarios:

  1. Pues si llenos de amor el uno por el otro, viven en una continua luna de miel. De la capital a un pequeño pueblo va un abismo. Son jóvenes y tampoco pueden vivir alejados de la realidad.
    Muy bien ilustra este cuadro lo que cuentas en el relato, Refleja paz y quietud.
    Seguiremos esperando acontecimientos.
    Un abrazo

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  2. Hola Katy: sí, es un cuadro vacacional, como la época a la que vamos llegando. Jean y Jenny creo que son corazones puros, yo así los veo al menos. La luz siempre ha sido importante para los pintores, fotógrafos..., quizás lo más importante. Me alegra te guste. Un abrazo

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