-¡Ana, Ana! –gritó Elvira, su profesora- ¡Ven, cariño, que aún no ha llegado tu papá!
La mujer cogió a la niña de la mano, mientras miraba hacia la puerta por donde Jesús entraba todas las tardes, puntual, a recoger a su hija. Es raro, nunca se retrasa; algún contratiempo en el trabajo –pensó-. Sin dejar de mirar hacia la puerta del patio fue llevando a Ana hacia el interior del colegio. Hacía frío en la calle , pues aunque aquel día hubiera sido soleado, el mes de diciembre estaba allí, y se acercaba la navidad.
El patio había quedado solitario. Los últimos familiares de los niños en llegar habían marchado ya para sus casas. Ningún escolar quedaba ya en el centro. Sólo Ana, que miraba con los ojos acuosos a su seño.
-No llores, Ana, papá vendrá enseguida. ¡No se va a olvidar de ti precisamente hoy el último día del cole! ¡Ya verás como viene corriendo y le vemos entrar por la puerta! Mira, mientras tanto toma este cuaderno de pinturas y acaba de colorear el portal de Belén.
Elvira miraba la puerta exterior del recinto desde el aula. El olor a tiza y a los batines de los niños, colgados en sus perchas, invadía la habitación. Era ese olor a colegio el que arrastraba la cabeza de la profesora hasta que, ya en su casa, trataba de olvidarse de los quehaceres diarios. Pero sus pequeños siempre estaban ahí, revoloteando dentro de su interior.
Sonreía con estos pensamientos que le llenaban de felicidad, aunque siempre hubiera echado en falta alguna compañía más íntima. Jesús volvió a su mente. Ya se iba haciendo tarde y era raro en aquel hombre el retraso. Desconocía su número de teléfono y la secretaría del centro ya estaba cerrada. De hecho, al ser la última tarde de aquel primer trimestre, nadie quedaba en el colegio salvo ella y la pequeña Ana. Claudio, el bedel, estaría haciendo su habitual ronda para cerrar todas las puertas. Decidió esperar; tampoco le quedaban más opciones.
Continuó mirando hacia la calle. El sol, en su declive, comenzaba a alargar las sombras de los árboles, volviendo azulados el contorno de sus formas. Este hombre dónde estará –se preguntó-. Pensó en él, en la tristeza que envolvía su rostro desde que falleció Carmen, su esposa. Fue en la última primavera, en mayo. Hacía siete meses. Desde entonces la vida de Jesús era sólo su hija. El amor hacia la niña se le notaba en sus ojos. Aquella niña le hacía vivir.
Y hoy, ¿por qué no viene? Ni siquiera ha llamado para avisar del retraso. ¿Le habrá ocurrido algún percance? Las preguntas se iban acabando para Elvira mientras el sol se ocultaba ya tras los bloques de casas. En unos minutos se hará de noche –dijo Elvira en voz alta haciendo que Ana le mirase con aquellos ojos azules, que le regaló su madre, y que ahora recordaban a la tristeza que Elvira veía en los de Jesús, sin duda la niña añoraba a su padre-.
Elvira cogió el móvil y marcó el 112. La policía tomó los datos que la mujer conocía de Jesús y Ana. Quedaron en llamarle, aunque le insistieron que en las primeras veinticuatro horas no se podía dar por desaparecida a ninguna persona. Le comunicaron que debía ponerse en contacto con servicios sociales para que se hicieran cargo de la pequeña. Elvira se asustó. No le parecía la opción más acertada para Ana, y en un impulso, quizás maternal, decidió llevársela a su propia casa. Una vez allí recapacitó y marcó el número de los servicios a menores. Tardaron en atender su llamada. Repitió los datos que había facilitado a la policía.
Fue la policía la primera en llamar. Le comunicaban que sobre las cinco de la tarde había habido un accidente de tráfico, próximo a su centro escolar, y que una de las personas implicadas era Jesús Álvarez Pretomén. Elvira conocía aquellos apellidos. Le indicaron que Jesús Álvarez había sido ingresado en el Hospital Divino Vallés, pero que nada sabían de su estado. La mujer no dudó, puso el abrigo a Ana, le enfundó el gorro y las manoplas y salió en busca de un taxi. ¡Vamos a ver a tu papá! –dijo a la niña que mostraba síntomas de sueño en su rostro.
Aún en el taxi le llamaron de los servicios sociales. Le indicaron que sólo una persona en toda la ciudad tenía aquellos apellidos, por lo que creían que ningún familiar cercano podría hacerse cargo de Ana, que deberían ser ellos, ante ese vacío legal –pareció escuchar Elvira- quienes tendrían que atenderla. Elvira dudó… al otro lado del teléfono le indicaron que era difícil a aquellas horas dar con la persona que pudiera solucionar el problema. Próximas las navidades los servicios estaban bajo mínimos. Parecieron sugerir que fuese ella quién continuase con la niña hasta que se restableciera correctamente la atención social. Los recortes –pensó Elvira-. Maravilloso -casi gritó-. Yo me hago cargo. Pasadas las fiestas le llamaremos para ver cómo va todo –y colgaron-. Maravilloso –volvió a repetir Elvira, pero esta vez con ironía-. Antes de llegar al Divino Vallés había comprendido que Jesús, Ana y ella estaban solos en aquella ciudad. Ana dormía plácidamente a su lado.
Jesús estaba en coma. El fuerte golpe sufrido en la cabeza le había producido un derrame interno del que acababa de ser operado. Se hallaba en la UCI. El médico que habló con Elvira le comunicó que las primeras cuarenta y ocho horas eran vitales. Elvira regresó a su casa. La niña, dormida ahora en sus brazos, pesaba, pero su relajada expresión le hizo sonreír.
Los días siguientes Elvira y Ana no se separaron de la cama de Jesús esperando el milagro de verle abrir los ojos. Los médicos se mostraban pesimistas ante la posible recuperación; sus caras así parecían indicarlo.
Ana, apoyada en la cama, le hablaba a su padre de los juguetes que iba a pedir a los reyes magos. Elvira, sin perder la esperanza, miraba a Jesús. Pasaban las horas y nada parecía ir a cambiar. La mujer sólo abandonaba la habitación al anochecer. Ana comenzó a acostumbrarse a su nueva vida; no parecía sufrir. El cariño con que Elvira le trataba y las continuas visitas al hospital a ver a su padre obraban en ella el pequeño milagro de la felicidad infantil. La sonrisa siempre estaba en su cara.
-¡Papá, papá, despierta! –entró gritando la pequeña en la habitación-. Era el quinto día después del accidente. Ana se había arrojado sobre su padre mientras gritaba con alegría reclamando su atención. Elvira parecía llorar desde la puerta mientras se acercaba a la cama. Jesús abrió los ojos y miró los de su hija, sonrió como si nada hubiera pasado aquellos días; luego vio los de Elvira y no dejó de sonreír. Apretó a la niña contra su pecho y tendió la mano a la mujer…quizás comprendiendo. Era el día de navidad.
jueves, 19 de diciembre de 2013
miércoles, 11 de diciembre de 2013
En el refugio de los sueños: El Niño Jesús
Cuando llegan estas fechas próximas a la navidad, en nuestra casa se prepara una pequeña revolución. Mi esposa toca a zafarrancho general y cada miembro de la familia ya sabe lo que ha de buscar. Se trata de encontrar al Niño Jesús que hace unos años, quizás ya media docena, se perdió.
Se trata de una imagen sencilla de unos treinta centímetros que reposaba en un pequeño pesebre hecho de troncos de madera y acostado sobre paja; vamos lo normal para un Niño Jesús. Llegadas estas fiestas quedaba instalado, en el vestíbulo de entrada, en el mueble auxiliar que otrora sirvió de acomodo al teléfono fijo de nuestra casa. ¿Recuerdan?: aquellos aparatos de baquelita que tenían los números en una esfera y que cuando sonaba todos sabíamos que se trataba del teléfono, y que nadie preguntaba a gritos y con fieros aspavientos: ¡quién ha visto mi móvil!
Mi esposa lo colocaba sobre un paño inmaculado y repleto de encajes. El pesebre con el recién nacido era rodeado de adornos navideños al uso. Allí pasaba aquellos días de finales de diciembre y de primeros de año, sonriendo a todos los miembros de la casa y a cuantos nos visitaban aquellos días. Raro era quien al cruzar la puerta de entrada no se quedaba prendado del candor de aquel niño.
Cuando acababan las fiestas, cada siete de enero, la imagen era envuelta en el papel de seda en el que había dormido todo un año y guardado en el armario de nuestro dormitorio.
Pero, ¡hete aquí! que hace seis o siete años (quizás más, que el tiempo vuela), por estos días tan señalados, el Niño Jesús no estaba en el lugar que le correspondía. Mi esposa debió volverse loca buscándolo, pero por más que sacó toda la ropa del armario, abrió y limpió cajones, no pudo encontrarlo. Simplemente se había esfumado. Lógicamente revolvimos de arriba abajo toda la casa, que es lo que venimos haciendo año tras año desde entonces, cada vez con menos esperanzas de encontrarlo he de confesar. No hemos tenido en estos años ningún traslado, sí alguna obra que nos ha obligado a mover muebles de sitio, pero fuera de eso resulta inexplicable el hecho en sí. Un misterio más del “Misterio”.
Yo, medio en broma, suelo comentar, y mi esposa se cabrea, que a lo mejor no le caíamos en gracia y se marchó con alguno de los amigos o familiares que nos visitan, eso sí con cuna y todo.
¡¡¡ FELIZ NAVIDAD ¡!!
Nota: todos los años, por estas fechas, publico este relato por ver si el Niño Jesús lo lee y regresa.
Se trata de una imagen sencilla de unos treinta centímetros que reposaba en un pequeño pesebre hecho de troncos de madera y acostado sobre paja; vamos lo normal para un Niño Jesús. Llegadas estas fiestas quedaba instalado, en el vestíbulo de entrada, en el mueble auxiliar que otrora sirvió de acomodo al teléfono fijo de nuestra casa. ¿Recuerdan?: aquellos aparatos de baquelita que tenían los números en una esfera y que cuando sonaba todos sabíamos que se trataba del teléfono, y que nadie preguntaba a gritos y con fieros aspavientos: ¡quién ha visto mi móvil!
Mi esposa lo colocaba sobre un paño inmaculado y repleto de encajes. El pesebre con el recién nacido era rodeado de adornos navideños al uso. Allí pasaba aquellos días de finales de diciembre y de primeros de año, sonriendo a todos los miembros de la casa y a cuantos nos visitaban aquellos días. Raro era quien al cruzar la puerta de entrada no se quedaba prendado del candor de aquel niño.
Cuando acababan las fiestas, cada siete de enero, la imagen era envuelta en el papel de seda en el que había dormido todo un año y guardado en el armario de nuestro dormitorio.
Pero, ¡hete aquí! que hace seis o siete años (quizás más, que el tiempo vuela), por estos días tan señalados, el Niño Jesús no estaba en el lugar que le correspondía. Mi esposa debió volverse loca buscándolo, pero por más que sacó toda la ropa del armario, abrió y limpió cajones, no pudo encontrarlo. Simplemente se había esfumado. Lógicamente revolvimos de arriba abajo toda la casa, que es lo que venimos haciendo año tras año desde entonces, cada vez con menos esperanzas de encontrarlo he de confesar. No hemos tenido en estos años ningún traslado, sí alguna obra que nos ha obligado a mover muebles de sitio, pero fuera de eso resulta inexplicable el hecho en sí. Un misterio más del “Misterio”.
Yo, medio en broma, suelo comentar, y mi esposa se cabrea, que a lo mejor no le caíamos en gracia y se marchó con alguno de los amigos o familiares que nos visitan, eso sí con cuna y todo.
¡¡¡ FELIZ NAVIDAD ¡!!
Nota: todos los años, por estas fechas, publico este relato por ver si el Niño Jesús lo lee y regresa.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
En el refugio de los sueños: El beso abandonado
Se fue sin un adiós. Me abandonó como se abandonan los zapatos viejos, que escribió Sabina. Sin hacer ruido. Debió de hacerlo descalza. Siempre le gustó andar así por la casa, por nuestra casa. Nunca olvidaré aquellos pies desnudos, inocentes, blancos, frágiles… y largos, muy largos, al menos a mí siempre me lo parecieron. Ella siempre fue así: imprevisible. Era lo que más me gustaba de nuestra relación. Nunca te daba motivos para aburrirte; el tedio no le pertenecía. Si tuviera que describirla sería una mariposa llena de colorido, de vistosidad, de ligereza. Así eran sus manos, se movían a velocidad inasible. No paraban un segundo, ni cuando estaba tranquila sentada en aquella butaca de orejeras, tapizada a cuadros, leyendo. Cuando leía, fumaba, y el humo del cigarro dibujaba “huellas en el aire”(*). Sus manos siempre me intrigaron; a menudo me preguntaba cómo era posible que sirvieran para acariciar mi piel con aquella suavidad que me llevaba al arrobamiento y al mismo tiempo anduviesen entre cazuelas preparando aquellos guisos de su tierra. Mi abuela, respondía cuando le preguntaba. Hasta entonces sólo me había abandonado para urdir entre fogones la olla podrida con la que agasajarme, poderosa le llamaba ella –nombre que siempre intrigó a mi ignorancia culinaria-, o lentejas medievales, o la sopa burgalesa que llenaba de olores de carne, huevos, patatas y cebolla la pequeña cocina de nuestro apartamento.
Su cuerpo era de apariencia endeble al mismo tiempo que fibroso cuando estallaba en movimientos rápidos y armónicos; exhalaba una fuerza interior difícil de adivinar para quien no la conociera. Así era ella, y mucho más.
Ahora se había marchado. No me sorprendió su partida, su huida. Hubiera preferido vivir con ella toda una eternidad, pero desde que la conocí presumía su abandono. Sí diré que me extrañó mi desconsuelo, precisamente porque sabía de él desde un principio y no debiera haberme dolido, aunque mi mirada estuviera fija en la calle, en el vacío, en la nada, desde aquel ventanal de su habitación, durante muchos minutos, sin pestañear: recordando. Me dejó solo, muy solo…abatido, desamparado, preguntándome cada minuto que siguió a su huida si alguna vez había existido aquella mujer de mirada verde y penetradora.
Recorrí toda la casa huérfana de ella, de su cuerpo, de sus manos, de su olor; aquellas paredes dejaron de pertenecerme cuando ella partió. Algo se había roto definitivamente. Estuve despidiéndome del que fue nuestro refugio tantos años. Cada habitación seguía oliendo a ella, a ese perfume que siempre llevaba. ¿Lavanda, tal vez? El olor de la última cena que preparó, quizás para que no le olvidara, aún viajaba por el techo del salón. Un recuerdo más, sin duda, que no acertaba a salir por las ventanas. Había fotos, claro. Pero su presencia era más profunda; parecía flotar en el aire. No estaba, por mucho que la anhelase se había ido. Nada me dejó escrito, tampoco lo hubiese esperado. Ella era así: como la brisa. No obstante algo olvidó: su último beso depositado en aquel pañuelo de papel, abandonado en el borde del lavabo, con el que se acarició la hermosura de sus labios poco antes de partir, de marcharse para siempre.
(*) huellas en el aire: frase de Mateo Iglesias Sampedro (8 años)
PD. Este relato ha sido publicado, junto a otros 25, en el libro “Relatos con Gusto”, el pasado 14 de noviembre por la editorial: Ediciones Balnea (www.balneaescueladevida.blogspot.com.es).
Su cuerpo era de apariencia endeble al mismo tiempo que fibroso cuando estallaba en movimientos rápidos y armónicos; exhalaba una fuerza interior difícil de adivinar para quien no la conociera. Así era ella, y mucho más.
Ahora se había marchado. No me sorprendió su partida, su huida. Hubiera preferido vivir con ella toda una eternidad, pero desde que la conocí presumía su abandono. Sí diré que me extrañó mi desconsuelo, precisamente porque sabía de él desde un principio y no debiera haberme dolido, aunque mi mirada estuviera fija en la calle, en el vacío, en la nada, desde aquel ventanal de su habitación, durante muchos minutos, sin pestañear: recordando. Me dejó solo, muy solo…abatido, desamparado, preguntándome cada minuto que siguió a su huida si alguna vez había existido aquella mujer de mirada verde y penetradora.
Recorrí toda la casa huérfana de ella, de su cuerpo, de sus manos, de su olor; aquellas paredes dejaron de pertenecerme cuando ella partió. Algo se había roto definitivamente. Estuve despidiéndome del que fue nuestro refugio tantos años. Cada habitación seguía oliendo a ella, a ese perfume que siempre llevaba. ¿Lavanda, tal vez? El olor de la última cena que preparó, quizás para que no le olvidara, aún viajaba por el techo del salón. Un recuerdo más, sin duda, que no acertaba a salir por las ventanas. Había fotos, claro. Pero su presencia era más profunda; parecía flotar en el aire. No estaba, por mucho que la anhelase se había ido. Nada me dejó escrito, tampoco lo hubiese esperado. Ella era así: como la brisa. No obstante algo olvidó: su último beso depositado en aquel pañuelo de papel, abandonado en el borde del lavabo, con el que se acarició la hermosura de sus labios poco antes de partir, de marcharse para siempre.
(*) huellas en el aire: frase de Mateo Iglesias Sampedro (8 años)
PD. Este relato ha sido publicado, junto a otros 25, en el libro “Relatos con Gusto”, el pasado 14 de noviembre por la editorial: Ediciones Balnea (www.balneaescueladevida.blogspot.com.es).
miércoles, 13 de noviembre de 2013
En el refugio de los sueños: El cine ese espectáculo maravilloso.
Los miércoles por la tarde son días importantes en casa: vamos al cine. Es ya una costumbre. Todo empezó hace años, el elegir esta fecha semanal, porque fueron las empresas las que calificaron este día como: “día del espectador”, abaratando el precio de la localidad. Creo que lo hicieron porque los miércoles había partidos de fútbol televisados y la asistencia a las salas de proyección era menor. ¿Pudiendo elegir porque pagar más por una entrada?
Así lo venimos haciendo desde hace años, pero no por casualidad también los espectadores del miércoles fueron yendo a la baja, pues aunque el precio era más moderado seguía costando una cantidad importante. En mi localidad unos 6,50 euros.
La crisis debe haber abierto los ojos a las empresas y últimamente han creado días especiales a 2,90 euros. La promoción únicamente duró tres días…¡y los cines se colapsaron! Quizá sea exagerado el adjetivo pero aquella semana los incondicionales no encontramos entrada. La promoción pasó, ahora las entradas de los miércoles las han rebajado a 4 euros, la asistencia si no es masiva si se ha visto aumentada considerablemente. Es pronto para asegurarlo, quizás incida en que en esta fecha la oferta de películas, cara a los óscars, es mayor. Desde mi opinión se debe exclusivamente a la disminución del precio. (Aviso para navegantes: si no sumarais a la entrada el coste de palomitas y coca-colas, cuya permisibilidad de consumo siempre me ha parecido un error, el cine no os saldría tan caro).
La fotografía la tomé, la pasada primavera, en una localidad alicantina, creo que Santa Pola. Se observa que lo que fue un cine está derruido; únicamente queda como mudo testigo de las historias que sin duda se vivieron en su interior a lo largo de muchos años, la fachada principal con esas dos herrumbrosas ventanillas marcando el inexorable paso del tiempo desde su abandono.
Dos ventanillas para una población menor, lo que da idea de la afluencia al cine en otros momentos. Ojalá que estemos volviendo a aquellos años en los que soñábamos con ser aquellos vaqueros que montaban caballos y disparaban al mismo tiempo con pasmosa habilidad. Quién no ha querido sustituir al protagonista de aquella cinta en la que besaba los afrutados labios de la rubia platino. Seguro que más de uno aún recuerda, en su imaginación, claro, el sabor a manzanas verdes de aquellos labios que hizo suyos y que debió sentir Hamphrey Bogart al besar a Ingrid Bergman.
Tantas y tantas cintas y aún nos sigue asombrando, y eso a pesar de que el cine no deja de ser una gran mentira ( al menos eso creo).
Así lo venimos haciendo desde hace años, pero no por casualidad también los espectadores del miércoles fueron yendo a la baja, pues aunque el precio era más moderado seguía costando una cantidad importante. En mi localidad unos 6,50 euros.
La crisis debe haber abierto los ojos a las empresas y últimamente han creado días especiales a 2,90 euros. La promoción únicamente duró tres días…¡y los cines se colapsaron! Quizá sea exagerado el adjetivo pero aquella semana los incondicionales no encontramos entrada. La promoción pasó, ahora las entradas de los miércoles las han rebajado a 4 euros, la asistencia si no es masiva si se ha visto aumentada considerablemente. Es pronto para asegurarlo, quizás incida en que en esta fecha la oferta de películas, cara a los óscars, es mayor. Desde mi opinión se debe exclusivamente a la disminución del precio. (Aviso para navegantes: si no sumarais a la entrada el coste de palomitas y coca-colas, cuya permisibilidad de consumo siempre me ha parecido un error, el cine no os saldría tan caro).
La fotografía la tomé, la pasada primavera, en una localidad alicantina, creo que Santa Pola. Se observa que lo que fue un cine está derruido; únicamente queda como mudo testigo de las historias que sin duda se vivieron en su interior a lo largo de muchos años, la fachada principal con esas dos herrumbrosas ventanillas marcando el inexorable paso del tiempo desde su abandono.
Dos ventanillas para una población menor, lo que da idea de la afluencia al cine en otros momentos. Ojalá que estemos volviendo a aquellos años en los que soñábamos con ser aquellos vaqueros que montaban caballos y disparaban al mismo tiempo con pasmosa habilidad. Quién no ha querido sustituir al protagonista de aquella cinta en la que besaba los afrutados labios de la rubia platino. Seguro que más de uno aún recuerda, en su imaginación, claro, el sabor a manzanas verdes de aquellos labios que hizo suyos y que debió sentir Hamphrey Bogart al besar a Ingrid Bergman.
Tantas y tantas cintas y aún nos sigue asombrando, y eso a pesar de que el cine no deja de ser una gran mentira ( al menos eso creo).
martes, 5 de noviembre de 2013
En el refugio de los sueños: Diálogo teatral
(Dos hombres, Antonio y Manuel han quedado citados en un café céntrico de la ciudad. Llevan un tiempo sin verse pero se conocen desde niños. Antonio, recién jubilado, quiere consultar con Manuel, abogado, cuestiones sobre su reciente separación matrimonial. Los dos hombres irán perdiendo la timidez, a lo largo de la conversación, e irán abriendo sus vidas el uno hacia el otro en un juego entre el pudor y la liberación. Antonio está sentado; sobre la mesa un vaso de cerveza. Entra Manuel).
ANTONIO. – (Levantándose) ¡Manuel! ¡Gracias por venir! ¡Cuánto tiempo sin vernos, chaval!
MANUEL. - ¡Años, Antonio, años! ¡Más de diez, sin temor a equivocarme! Me alegra verte. Estás igual. Algo más calvo.
ANTONIO. –La vida pasa para todos, Manuel. No vale hacerse ilusiones. ¿Qué quieres tomar?
(Se sientan)
MANUEL. –Una cerveza. Bueno, ¿tú dirás? Me dijiste por teléfono que querías verme con urgencia.
ANTONIO. –¡Camarero, otra cerveza, por favor! Sí, es sobre mi matrimonio… vamos sobre mi separación. ¡Después de cuarenta años! Lo que pasa es que he pensado mientras llegabas que, quizás, fuera mejor hablarlo en tu despacho. ¿No te parece?
MANUEL. –Sí será mejor. Pero ya que estamos aquí, cuéntame, ¿qué tal se vive de jubilado?
ANTONIO. –La verdad es que no me jubilé, me jubilaron. Ya sabes estos tiempos que corren. Pero vamos me va bien: paseo mucho, quedo con algunos amigos. El cine, la lectura, ocupan parte de mí tiempo ahora. Ayer sin ir más lejos fui al teatro. Me reí mucho.
MANUEL. –No parece mala vida. Qué ponían.
ANTONIO. –“Confidencias de mujer” Va sobre dos mujeres que desnudan su alma, la una a la otra, pensando que se conocen. Un equívoco que sólo se descubre al final y que resulta muy gracioso.
MANUEL. -¡Es que las mujeres son muy despistadas!
ANTONIO.-Es una forma muy delicada de decirlo. La verdad es que cómo son las mujeres, a mi edad y después de la separación, me trae sin cuidado. Tal vez hemos dado, a lo largo de la vida, demasiada importancia a eso del amor. En el amor siempre hay algo de egoísmo. Y me refiero por las dos partes. Por eso, creo, que siempre gana el otro. ¿No sé si me entiendes? Sólo el amor de una madre está fuera de dudas. El otro… los otros amores, como te digo, siempre tienen algo de interés. Yo te doy esto, tú me das lo otro. Ya sabes.
MANUEL. –A mí la vida en pareja no me gusta. Y creo que soy más egoísta que los que, al menos, ceden una parte de su vida a otra persona. He tenido amores…claro, pero por puro hedonismo, por placer, vamos. Tampoco esperaba nada a cambio.
ANTONIO. –Buscabas sexo. ¡Toma, como todos! Ya sabes el dicho:”De esta vida sacarás, lo que metas, nada más"
MANUEL. -¡Qué burro eres!
(Beben)
ANTONIO. –Lo que sucede es que te enamoras. No nos equivoquemos: cuando se tienen veinte años la belleza cuenta. Y cuando se tienen treinta y cuarenta…Siempre cuenta que la mujer sea guapa ¿O, no? Eso que dicen que lo importante es que sea hacendosa, trabajadora. Está bien. Pero una mujer guapa siempre gana. Y es que somos como todos los animales, ¡tenemos que mejorar la especie!
MANUEL. -Sí que eres burro, sí.
ANTONIO.- Ya, ya. Cómo que tú buscaras otra cosa. Por eso nunca te has casado. ¡Qué eres muy feo, Manuel! ¡Que ellas quieren lo mismo!
MANUEL. – Feo, feo. Yo también tuve mi tirón, no creas. Lo que pasa es que los años no pasan en balde. A medida que pasa el tiempo va siendo más difícil abrir nuestro corazón… a otra persona.
ANTONIO.- La verdad es que aunque antes te decía que damos demasiada importancia al amor; quizá hable en general. A mí me costó un gran disgusto que Pilar me abandonara. Cómo explicar si no esa angustia que se fijó dentro de mi cuerpo. Era un ahogo que no me dejaba respirar. Hasta la comida no me sabía como antes. Se fue pasando, claro, pero le costó salir de mi interior. Ahora estoy bien. Por cierto: ¡cómo echo en falta las comidas de Pilar!
MANUEL.- ¿No estarás enamorado aún? Yo sólo recuerdo que me pasase una vez. Viví una temporada en pareja, pero no salió bien. En aquella época estaba muy mal vista nuestra actitud. La persona con la que compartía mi vida también sufrió, me consta. Pero la situación se hizo insoportable. Tal vez no toda la culpa fuera nuestra. La sociedad estaba muy poca abierta a lo que hoy en día no se le da la más mínima importancia… Hoy, ya es tarde, demasiado tarde.
ANTONIO.- Enamorado ya no estoy. El amor hacia una persona debe dejar paso a una fuerte amistad a medida que convives con ella. Echas de menos la compañía, el cariño, el compartir cosas. El estar solo. Si te soy sincero para mí esto tiene más valor que lo demás…, ya sabes a qué me refiero, aunque no dejo de entender que también es importante. Sentir el calor de otro cuerpo junto al tuyo al abrir los ojos cada mañana. Abrazarse en ese duermevela. Despertarte por la mañana y sentir que la casa se ha impregnado de olor a café. Ver su vestido sobre la silla. La ropa interior olvidada a los pies de la cama. En fin…
MANUEL.- Lo que digo que no la olvidas.
ANTONIO.- Es que no es fácil, pero fíjate que siempre lo he pensado. Me refiero a que se da por hecho que el hombre, el macho, siempre ha de llevar la iniciativa. Pero siempre eché de menos que fuera ella la que en alguna ocasión se acercara a mí con ternura; y fuera ella quien iniciase el juego. No sé si me explico. Desnudar a una mujer poco a poco es muy agradable, pero que se lo hagan a uno quizás lo sea más. Ser, alguna vez, el amado, no siempre el amante.
MANUEL.- Sí, soy de tu misma opinión. Lo que pasa que en mi caso ser amante o amado poco importaba. Era difícil entender quién era quién.
ANTONIO.- Hombre no me dirás que no te resulta agradable que alguna mujer te mire por la calle o baje los ojos cuando le observas “distraídamente” en una cafetería. Que te devuelva una sonrisa o no rechace tu mirada y aguante más allá del decoro. No me digas que no te resulta agradable.
MANUEL.- Esas aventuras ya no existen más que en la imaginación. En la tuya, claro. En la mía, ni eso. Desde mi última aventura, y de eso hace mucho que él me dejo, he centrado mi vida únicamente en mi trabajo.
ANTONIO. - ¿Él?
MANUEL.- ¡Ah! ¿Pero no sabes que soy homosexual, y que tú eras mi preferido ya en el colegio? Pero, ¡si me he insinuado muchas veces!, Antonio. Quizás aún estemos a tiempo. Los dos estamos tan solos… (Dice mientras acerca su cara a la de Antonio).
ANTONIO.- (Con los ojos como platos) ¡Qué dices! ¡Si haces más de diez años que no nos veíamos! ¡Tú mismo la has dicho, al llegar!
MANUEL.- Antes, antes, mucho antes. Lo que pasa es que entonces no se podía decir libremente.
ANTONIO.- ¿Y tú eres el que me vas a aconsejar sobre mi matrimonio? ¡Antes me arreglo con Pilar! ¡Maricón!. ( Y sale dando la espalda a Manuel).
ANTONIO. – (Levantándose) ¡Manuel! ¡Gracias por venir! ¡Cuánto tiempo sin vernos, chaval!
MANUEL. - ¡Años, Antonio, años! ¡Más de diez, sin temor a equivocarme! Me alegra verte. Estás igual. Algo más calvo.
ANTONIO. –La vida pasa para todos, Manuel. No vale hacerse ilusiones. ¿Qué quieres tomar?
(Se sientan)
MANUEL. –Una cerveza. Bueno, ¿tú dirás? Me dijiste por teléfono que querías verme con urgencia.
ANTONIO. –¡Camarero, otra cerveza, por favor! Sí, es sobre mi matrimonio… vamos sobre mi separación. ¡Después de cuarenta años! Lo que pasa es que he pensado mientras llegabas que, quizás, fuera mejor hablarlo en tu despacho. ¿No te parece?
MANUEL. –Sí será mejor. Pero ya que estamos aquí, cuéntame, ¿qué tal se vive de jubilado?
ANTONIO. –La verdad es que no me jubilé, me jubilaron. Ya sabes estos tiempos que corren. Pero vamos me va bien: paseo mucho, quedo con algunos amigos. El cine, la lectura, ocupan parte de mí tiempo ahora. Ayer sin ir más lejos fui al teatro. Me reí mucho.
MANUEL. –No parece mala vida. Qué ponían.
ANTONIO. –“Confidencias de mujer” Va sobre dos mujeres que desnudan su alma, la una a la otra, pensando que se conocen. Un equívoco que sólo se descubre al final y que resulta muy gracioso.
MANUEL. -¡Es que las mujeres son muy despistadas!
ANTONIO.-Es una forma muy delicada de decirlo. La verdad es que cómo son las mujeres, a mi edad y después de la separación, me trae sin cuidado. Tal vez hemos dado, a lo largo de la vida, demasiada importancia a eso del amor. En el amor siempre hay algo de egoísmo. Y me refiero por las dos partes. Por eso, creo, que siempre gana el otro. ¿No sé si me entiendes? Sólo el amor de una madre está fuera de dudas. El otro… los otros amores, como te digo, siempre tienen algo de interés. Yo te doy esto, tú me das lo otro. Ya sabes.
MANUEL. –A mí la vida en pareja no me gusta. Y creo que soy más egoísta que los que, al menos, ceden una parte de su vida a otra persona. He tenido amores…claro, pero por puro hedonismo, por placer, vamos. Tampoco esperaba nada a cambio.
ANTONIO. –Buscabas sexo. ¡Toma, como todos! Ya sabes el dicho:”De esta vida sacarás, lo que metas, nada más"
MANUEL. -¡Qué burro eres!
(Beben)
ANTONIO. –Lo que sucede es que te enamoras. No nos equivoquemos: cuando se tienen veinte años la belleza cuenta. Y cuando se tienen treinta y cuarenta…Siempre cuenta que la mujer sea guapa ¿O, no? Eso que dicen que lo importante es que sea hacendosa, trabajadora. Está bien. Pero una mujer guapa siempre gana. Y es que somos como todos los animales, ¡tenemos que mejorar la especie!
MANUEL. -Sí que eres burro, sí.
ANTONIO.- Ya, ya. Cómo que tú buscaras otra cosa. Por eso nunca te has casado. ¡Qué eres muy feo, Manuel! ¡Que ellas quieren lo mismo!
MANUEL. – Feo, feo. Yo también tuve mi tirón, no creas. Lo que pasa es que los años no pasan en balde. A medida que pasa el tiempo va siendo más difícil abrir nuestro corazón… a otra persona.
ANTONIO.- La verdad es que aunque antes te decía que damos demasiada importancia al amor; quizá hable en general. A mí me costó un gran disgusto que Pilar me abandonara. Cómo explicar si no esa angustia que se fijó dentro de mi cuerpo. Era un ahogo que no me dejaba respirar. Hasta la comida no me sabía como antes. Se fue pasando, claro, pero le costó salir de mi interior. Ahora estoy bien. Por cierto: ¡cómo echo en falta las comidas de Pilar!
MANUEL.- ¿No estarás enamorado aún? Yo sólo recuerdo que me pasase una vez. Viví una temporada en pareja, pero no salió bien. En aquella época estaba muy mal vista nuestra actitud. La persona con la que compartía mi vida también sufrió, me consta. Pero la situación se hizo insoportable. Tal vez no toda la culpa fuera nuestra. La sociedad estaba muy poca abierta a lo que hoy en día no se le da la más mínima importancia… Hoy, ya es tarde, demasiado tarde.
ANTONIO.- Enamorado ya no estoy. El amor hacia una persona debe dejar paso a una fuerte amistad a medida que convives con ella. Echas de menos la compañía, el cariño, el compartir cosas. El estar solo. Si te soy sincero para mí esto tiene más valor que lo demás…, ya sabes a qué me refiero, aunque no dejo de entender que también es importante. Sentir el calor de otro cuerpo junto al tuyo al abrir los ojos cada mañana. Abrazarse en ese duermevela. Despertarte por la mañana y sentir que la casa se ha impregnado de olor a café. Ver su vestido sobre la silla. La ropa interior olvidada a los pies de la cama. En fin…
MANUEL.- Lo que digo que no la olvidas.
ANTONIO.- Es que no es fácil, pero fíjate que siempre lo he pensado. Me refiero a que se da por hecho que el hombre, el macho, siempre ha de llevar la iniciativa. Pero siempre eché de menos que fuera ella la que en alguna ocasión se acercara a mí con ternura; y fuera ella quien iniciase el juego. No sé si me explico. Desnudar a una mujer poco a poco es muy agradable, pero que se lo hagan a uno quizás lo sea más. Ser, alguna vez, el amado, no siempre el amante.
MANUEL.- Sí, soy de tu misma opinión. Lo que pasa que en mi caso ser amante o amado poco importaba. Era difícil entender quién era quién.
ANTONIO.- Hombre no me dirás que no te resulta agradable que alguna mujer te mire por la calle o baje los ojos cuando le observas “distraídamente” en una cafetería. Que te devuelva una sonrisa o no rechace tu mirada y aguante más allá del decoro. No me digas que no te resulta agradable.
MANUEL.- Esas aventuras ya no existen más que en la imaginación. En la tuya, claro. En la mía, ni eso. Desde mi última aventura, y de eso hace mucho que él me dejo, he centrado mi vida únicamente en mi trabajo.
ANTONIO. - ¿Él?
MANUEL.- ¡Ah! ¿Pero no sabes que soy homosexual, y que tú eras mi preferido ya en el colegio? Pero, ¡si me he insinuado muchas veces!, Antonio. Quizás aún estemos a tiempo. Los dos estamos tan solos… (Dice mientras acerca su cara a la de Antonio).
ANTONIO.- (Con los ojos como platos) ¡Qué dices! ¡Si haces más de diez años que no nos veíamos! ¡Tú mismo la has dicho, al llegar!
MANUEL.- Antes, antes, mucho antes. Lo que pasa es que entonces no se podía decir libremente.
ANTONIO.- ¿Y tú eres el que me vas a aconsejar sobre mi matrimonio? ¡Antes me arreglo con Pilar! ¡Maricón!. ( Y sale dando la espalda a Manuel).
martes, 22 de octubre de 2013
En el refugio de los sueños: Tú y yo (1939)
“Las olas chocaban contra el lateral del buque a medida que éste se deslizaba por las gélidas aguas del Mar del Norte. Norman había salido al exterior bien pertrechado en su abrigo gris. El cuello, alzado, le cubría prácticamente toda la cara; tan sólo sus ojos permanecían al descubierto, escrudiñando el mar. Fumaba llevándose el cigarrillo a los labios por la angostura que dejaba el cuello de la prenda sujetado con su mano libre. El viento le azotaba el rostro entumecido, pero le hacía bien. Siempre le habían gustado los espacios abiertos, por eso había subido a la cubierta desdeñando la comodidad que le brindaba su pequeño camarote. Desde el lugar en que se encontraba podía divisar, apenas girando levemente la cabeza a su derecha, el puesto de mando y sombras que se movían en su interior. La tripulación velaba por los pasajeros desde aquella pequeña atalaya abierta al océano - pensó-. Un pequeño ruido, a su izquierda, sobre el bruñido entarimado de la cubierta atrajo su atención disipando sus pensamientos. Una mujer embozada en una gabardina de color claro acababa de apoyarse en la barandilla a escasos metros de él. La mujer fumaba mientras miraba con fijeza a las olas como si éstas hubieran de traerle noticias o recuerdos.
Estaban solos en aquellos breves minutos en que el atardecer separa el día de la noche; los negros nubarrones acentuaban la sensación de oscuridad únicamente rota por las luces que hacía poco tiempo se habían encendido sobre cubierta.
Cómo entablar una conversación con una desconocida -se preguntó Norman-. Claro que si no lo intento nunca dejará de serlo –el mismo se contestó.
-No es de creer que aquí gocemos de esta tranquilidad, cuando existen tan malos presagios en Europa– comentó sin dejar de mirar al mar.
-Cree usted que habrá guerra –contestó la mujer desviando su mirada hacia el hombre.
-Sí, sin duda –afirmó Norman, devolviéndole la mirada.
-Parece que no tuvieron bastante con la primera.
-Veinticinco años y ya estamos otra vez enzarzados.
-Bueno, quizás esta vez sea diferente.
-De eso puede estar segura. Será diferente y peor.
-No le veo muy optimista al respecto –dijo la mujer que había vuelto su mirada hacia las olas que seguían azotando el costado del buque.
-Mis negocios me lo dicen. Viajo de Noruega a Dinamarca por este motivo. A medida que se va consolidando la certeza de una gran confrontación bélica, mi empresa gana en prosperidad.
-¿A qué se dedica?
-A derivados del acero. Ese material tan necesario para fabricar… ya me entiende. ¿Y usted, cuál es el motivo de su viaje por esta zona que en cualquier momento puede saltar por los aires?
-Le entiendo. Mi motivo es familiar. Sólo hago escala en Dinamarca un día. Luego prosigo viaje a los Estados Unidos. New York me espera –dijo mientras lanzaba un suspiro.
-También es mi destino final –aclaró Norman-. Pero debo permanecer en Europa por algún tiempo.
Norman se acercó a la mujer al ver que intentaba encender un nuevo cigarrillo. Sus ojos se encontraron por un instante. La mirada de ella hizo mella en Norman. Tuvieron que colocar juntas las manos para que el aire no apagase la llama del mechero del hombre.
-Gracias –musitó ella-. Me viene bien fumar; disipa mis preocupaciones.
Norman – cortés- no preguntó por ellas. La mujer se lo supo agradecer con una sonrisa que iluminó su cara.
-¡Tiene las manos heladas! Quizás estemos mejor en el interior. La noche ya está aquí y dentro de poco hará más frío.
-Estoy bien aquí, al menos de momento. El camarote me agobia –dijo ella-.
-Estoy con usted. A mí me sucede lo mismo. Perdone que me presente… me llamo Norman, Norman Scott.
La mujer parecía haberse abstraído de nuevo. Miraba al mar con fijeza. Las olas batían la nave cada vez con más virulencia. Se llevaba el cigarrillo a los labios y exhalaba el humo que se desvanecía en el aire envolviendo su blanco rostro como si la neblina le alcanzase súbitamente. Norman no había dejado de mirarla desde que le dijese su nombre. Tal vez había dicho alguna inconveniencia. Sintió que ella no deseaba continuar con la charla y optó por hacer un gesto a modo de saludo para retirarse.
-No, espere. Disculpe. Yo y mis pensamientos. No desearía haberle parecido grosera. Me llamo Rebeca. Y creo que tiene razón deberíamos entrar; el frío me va calando hasta los huesos. Me vendría bien tomar algo caliente. Un coñac…quizás.
Entraron. El pequeño bar era acogedor. Apenas unos pocos pasajeros se encontraban allí. Viajar en esos días era un riesgo. Los acontecimientos parecían agolparse, y los malos presagios estaban en las mentes de las personas. Sólo si era una necesidad que no se pudiera postergar, la gente podía arriesgarse. Por eso se extrañaba Norman del viaje de Rebeca, pero se abstuvo de preguntarle. Pidieron dos coñacs. Norman tuvo un rato la copa entre las manos. Rebeca se la llevó a los labios casi de inmediato.
-Reconforta –dijo-. ¿Acaso no le gusta el coñac y únicamente lo ha pedido para acompañarme?
-No –sonrió Norman-, es que calentándolo con las manos sabe mejor; desprende más los aromas. De hecho las bebidas frías no me gustan demasiado.
Rebeca miró a los ojos de Norman y se dispuso a seguir su consejo.
-Tiene razón –comentó.
- Mañana temprano entraremos en el puerto de Haustholm. Supongo que esperará usted allí el próximo embarque para Estados Unidos.
-Sí, es lo más cómodo.
-Yo he de viajar por tren a Copenhague. No sé si es atrevimiento por mi parte, pero si me lo permite puedo quedarme en Haustholm hasta que zarpe su barco. Mis contactos daneses bien pueden esperar un día. ¿Qué me contesta? –preguntó Norman al ver que la mujer dudaba.
-Claro –contestó ella después de unos instantes-. Nos haremos compañía mutuamente. Seguro que me viene bien alejarme de mis preocupaciones por unas horas.
A Norman empezaba a gustarle aquella mujer de aspecto vulnerable pero tremendamente atractiva. Había podido comprobar, al quitarse ella el abrigo, su seductora figura. Todo su cuerpo atraía. Sus ojos azabaches, sus rasgos…ligeramente orientales sin serlo. Los pómulos rectos y afilados, como si alguien se los hubiese cincelado. Los labios invitaban a ser visitados. Tenía las manos largas y blancas, y cuidadosamente cuidadas las uñas. El pelo caía sobre sus hombros enmarcando su precioso rostro. Toda una belleza –pensó y sus pensamientos se fijaron en sus ojos haciendo comprender a la mujer el atractivo que provocaba en Norman.
Las horas pasadas juntos en la ciudad de Haustholm no hicieron sino confirmar el atractivo que sentían el uno hacia el otro. Ninguno tenía compromisos personales al otro lado del mundo y de una forma natural, como si estuviera así escrito, se fueron acercando. Enamorarse quizás no fuera la palabra en esos momentos; acababan de conocerse pero sentían que aquella travesía había unido sus destinos tal vez para siempre. Mirándose a los ojos y con las manos unidas debían de despedirse en la dársena. Ella había de embarcar.
-¿Volveremos a vernos? –dijo él.
-Tal vez –contestó ella. Ambos vivimos en New York. La ciudad es grande pero…
-Como te dije he de permanecer por algún tiempo en Europa…cuatro o cinco meses a lo sumo. Te propongo quedar dentro de seis meses a las cinco de la tarde en la terraza del Empire State, dicen que hay vistas maravillosas desde allí.
-Las conozco y los atardeceres son muy hermosos – contestó Rebeca.
-Así sabremos si esta relación tiene futuro. Nos veremos pues el 22 de abril del próximo año, a las cinco de la tarde.
Como si de un juego se tratase cerraron el compromiso con un beso en los labios. Él vio como ascendía las escaleras y saludarlo desde cubierta. Norman no abandonó el muelle hasta que el barco se perdió en el horizonte.
Y pasaron seis meses.
El día señalado, Norman cogió el ascensor y pulsó el último piso del Empire State. Llegó con quince minutos de adelanto. Desde aquella terraza se veía todo New York y la vista le hizo recordar el Mar del Norte. Allí también llegaba el aire a ráfagas, aunque esta vez no fueran tan fuertes. Esperó. Rebeca no se presentó. ¿Le había olvidado? Le pareció extraño. Recordó que si algo le había atraído de aquella mujer era su aparente falta de interés, que él achacó a los problemas personales que parecía tener, pero que sin embargo la joven reaccionaba al instante y resultaba agradable su compañía. Estos meses se había ido enamorando de ella profundamente y ahora le pareció haberla perdido. Sin duda –se dijo- habrá cambiado de parecer hacia mí. Ese era el compromiso que pactaron. Eran más de las ocho, noche cerrada, cuando abandonó la terraza y con tristeza fue olvidándose de Rebeca. Norman nunca sabría que la mujer había sufrido un accidente al acudir a su cita”.
NOTA: Este es el argumento(más o menos) de la película TÚ Y YO, dirigida en 1939 por Leo McCaney y protagonizada por Irene Dunne y Charles Boyer. El mismo director haría años más tarde un “remarke” con Cary Grant y Deborah Kerr. El motivo de haberlo escrito se debe a mi inconsciencia y falta de respeto hacia EL MÓVIL. ¡Con lo fácil que hoy en día hubiera sido ponerse en contacto con este artilugio del demonio! Pero… que maravillosa película nos habríamos perdido… o no.
Estaban solos en aquellos breves minutos en que el atardecer separa el día de la noche; los negros nubarrones acentuaban la sensación de oscuridad únicamente rota por las luces que hacía poco tiempo se habían encendido sobre cubierta.
Cómo entablar una conversación con una desconocida -se preguntó Norman-. Claro que si no lo intento nunca dejará de serlo –el mismo se contestó.
-No es de creer que aquí gocemos de esta tranquilidad, cuando existen tan malos presagios en Europa– comentó sin dejar de mirar al mar.
-Cree usted que habrá guerra –contestó la mujer desviando su mirada hacia el hombre.
-Sí, sin duda –afirmó Norman, devolviéndole la mirada.
-Parece que no tuvieron bastante con la primera.
-Veinticinco años y ya estamos otra vez enzarzados.
-Bueno, quizás esta vez sea diferente.
-De eso puede estar segura. Será diferente y peor.
-No le veo muy optimista al respecto –dijo la mujer que había vuelto su mirada hacia las olas que seguían azotando el costado del buque.
-Mis negocios me lo dicen. Viajo de Noruega a Dinamarca por este motivo. A medida que se va consolidando la certeza de una gran confrontación bélica, mi empresa gana en prosperidad.
-¿A qué se dedica?
-A derivados del acero. Ese material tan necesario para fabricar… ya me entiende. ¿Y usted, cuál es el motivo de su viaje por esta zona que en cualquier momento puede saltar por los aires?
-Le entiendo. Mi motivo es familiar. Sólo hago escala en Dinamarca un día. Luego prosigo viaje a los Estados Unidos. New York me espera –dijo mientras lanzaba un suspiro.
-También es mi destino final –aclaró Norman-. Pero debo permanecer en Europa por algún tiempo.
Norman se acercó a la mujer al ver que intentaba encender un nuevo cigarrillo. Sus ojos se encontraron por un instante. La mirada de ella hizo mella en Norman. Tuvieron que colocar juntas las manos para que el aire no apagase la llama del mechero del hombre.
-Gracias –musitó ella-. Me viene bien fumar; disipa mis preocupaciones.
Norman – cortés- no preguntó por ellas. La mujer se lo supo agradecer con una sonrisa que iluminó su cara.
-¡Tiene las manos heladas! Quizás estemos mejor en el interior. La noche ya está aquí y dentro de poco hará más frío.
-Estoy bien aquí, al menos de momento. El camarote me agobia –dijo ella-.
-Estoy con usted. A mí me sucede lo mismo. Perdone que me presente… me llamo Norman, Norman Scott.
La mujer parecía haberse abstraído de nuevo. Miraba al mar con fijeza. Las olas batían la nave cada vez con más virulencia. Se llevaba el cigarrillo a los labios y exhalaba el humo que se desvanecía en el aire envolviendo su blanco rostro como si la neblina le alcanzase súbitamente. Norman no había dejado de mirarla desde que le dijese su nombre. Tal vez había dicho alguna inconveniencia. Sintió que ella no deseaba continuar con la charla y optó por hacer un gesto a modo de saludo para retirarse.
-No, espere. Disculpe. Yo y mis pensamientos. No desearía haberle parecido grosera. Me llamo Rebeca. Y creo que tiene razón deberíamos entrar; el frío me va calando hasta los huesos. Me vendría bien tomar algo caliente. Un coñac…quizás.
Entraron. El pequeño bar era acogedor. Apenas unos pocos pasajeros se encontraban allí. Viajar en esos días era un riesgo. Los acontecimientos parecían agolparse, y los malos presagios estaban en las mentes de las personas. Sólo si era una necesidad que no se pudiera postergar, la gente podía arriesgarse. Por eso se extrañaba Norman del viaje de Rebeca, pero se abstuvo de preguntarle. Pidieron dos coñacs. Norman tuvo un rato la copa entre las manos. Rebeca se la llevó a los labios casi de inmediato.
-Reconforta –dijo-. ¿Acaso no le gusta el coñac y únicamente lo ha pedido para acompañarme?
-No –sonrió Norman-, es que calentándolo con las manos sabe mejor; desprende más los aromas. De hecho las bebidas frías no me gustan demasiado.
Rebeca miró a los ojos de Norman y se dispuso a seguir su consejo.
-Tiene razón –comentó.
- Mañana temprano entraremos en el puerto de Haustholm. Supongo que esperará usted allí el próximo embarque para Estados Unidos.
-Sí, es lo más cómodo.
-Yo he de viajar por tren a Copenhague. No sé si es atrevimiento por mi parte, pero si me lo permite puedo quedarme en Haustholm hasta que zarpe su barco. Mis contactos daneses bien pueden esperar un día. ¿Qué me contesta? –preguntó Norman al ver que la mujer dudaba.
-Claro –contestó ella después de unos instantes-. Nos haremos compañía mutuamente. Seguro que me viene bien alejarme de mis preocupaciones por unas horas.
A Norman empezaba a gustarle aquella mujer de aspecto vulnerable pero tremendamente atractiva. Había podido comprobar, al quitarse ella el abrigo, su seductora figura. Todo su cuerpo atraía. Sus ojos azabaches, sus rasgos…ligeramente orientales sin serlo. Los pómulos rectos y afilados, como si alguien se los hubiese cincelado. Los labios invitaban a ser visitados. Tenía las manos largas y blancas, y cuidadosamente cuidadas las uñas. El pelo caía sobre sus hombros enmarcando su precioso rostro. Toda una belleza –pensó y sus pensamientos se fijaron en sus ojos haciendo comprender a la mujer el atractivo que provocaba en Norman.
Las horas pasadas juntos en la ciudad de Haustholm no hicieron sino confirmar el atractivo que sentían el uno hacia el otro. Ninguno tenía compromisos personales al otro lado del mundo y de una forma natural, como si estuviera así escrito, se fueron acercando. Enamorarse quizás no fuera la palabra en esos momentos; acababan de conocerse pero sentían que aquella travesía había unido sus destinos tal vez para siempre. Mirándose a los ojos y con las manos unidas debían de despedirse en la dársena. Ella había de embarcar.
-¿Volveremos a vernos? –dijo él.
-Tal vez –contestó ella. Ambos vivimos en New York. La ciudad es grande pero…
-Como te dije he de permanecer por algún tiempo en Europa…cuatro o cinco meses a lo sumo. Te propongo quedar dentro de seis meses a las cinco de la tarde en la terraza del Empire State, dicen que hay vistas maravillosas desde allí.
-Las conozco y los atardeceres son muy hermosos – contestó Rebeca.
-Así sabremos si esta relación tiene futuro. Nos veremos pues el 22 de abril del próximo año, a las cinco de la tarde.
Como si de un juego se tratase cerraron el compromiso con un beso en los labios. Él vio como ascendía las escaleras y saludarlo desde cubierta. Norman no abandonó el muelle hasta que el barco se perdió en el horizonte.
Y pasaron seis meses.
El día señalado, Norman cogió el ascensor y pulsó el último piso del Empire State. Llegó con quince minutos de adelanto. Desde aquella terraza se veía todo New York y la vista le hizo recordar el Mar del Norte. Allí también llegaba el aire a ráfagas, aunque esta vez no fueran tan fuertes. Esperó. Rebeca no se presentó. ¿Le había olvidado? Le pareció extraño. Recordó que si algo le había atraído de aquella mujer era su aparente falta de interés, que él achacó a los problemas personales que parecía tener, pero que sin embargo la joven reaccionaba al instante y resultaba agradable su compañía. Estos meses se había ido enamorando de ella profundamente y ahora le pareció haberla perdido. Sin duda –se dijo- habrá cambiado de parecer hacia mí. Ese era el compromiso que pactaron. Eran más de las ocho, noche cerrada, cuando abandonó la terraza y con tristeza fue olvidándose de Rebeca. Norman nunca sabría que la mujer había sufrido un accidente al acudir a su cita”.
NOTA: Este es el argumento(más o menos) de la película TÚ Y YO, dirigida en 1939 por Leo McCaney y protagonizada por Irene Dunne y Charles Boyer. El mismo director haría años más tarde un “remarke” con Cary Grant y Deborah Kerr. El motivo de haberlo escrito se debe a mi inconsciencia y falta de respeto hacia EL MÓVIL. ¡Con lo fácil que hoy en día hubiera sido ponerse en contacto con este artilugio del demonio! Pero… que maravillosa película nos habríamos perdido… o no.
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