domingo, 17 de noviembre de 2013

En el refugio de los sueños: El beso abandonado

       Se fue sin un  adiós. Me abandonó como se abandonan los zapatos viejos, que escribió Sabina. Sin hacer ruido. Debió de hacerlo descalza. Siempre le gustó andar así por la casa, por nuestra casa. Nunca olvidaré aquellos pies desnudos, inocentes, blancos, frágiles… y largos, muy largos, al menos a mí siempre me lo parecieron. Ella siempre fue así: imprevisible. Era lo que más me gustaba de nuestra relación. Nunca te daba motivos para aburrirte; el tedio no le pertenecía. Si tuviera que describirla sería una mariposa llena de colorido, de vistosidad, de ligereza. Así eran sus manos, se movían a velocidad inasible. No paraban un segundo, ni cuando estaba tranquila sentada en aquella butaca de orejeras, tapizada a cuadros, leyendo. Cuando leía, fumaba, y el humo del cigarro dibujaba  “huellas en el aire”(*). Sus manos siempre me intrigaron; a menudo me preguntaba cómo era posible que sirvieran  para acariciar mi piel con aquella suavidad que me llevaba al arrobamiento y al mismo tiempo anduviesen entre cazuelas preparando aquellos guisos de su tierra. Mi abuela, respondía cuando le preguntaba. Hasta entonces sólo me había abandonado para urdir  entre fogones la olla podrida con la que agasajarme, poderosa le llamaba ella –nombre que siempre intrigó a mi ignorancia culinaria-, o lentejas medievales, o la sopa burgalesa que llenaba de olores de carne, huevos, patatas y cebolla la pequeña cocina de nuestro apartamento. 
        Su cuerpo era de apariencia endeble al mismo tiempo que fibroso cuando estallaba en movimientos rápidos y armónicos; exhalaba una fuerza interior difícil de adivinar para quien no la conociera. Así era ella, y mucho más.
       Ahora se había marchado. No me sorprendió su partida, su huida. Hubiera preferido vivir con ella toda una eternidad, pero desde que la conocí presumía su abandono. Sí diré que  me extrañó mi desconsuelo,  precisamente porque sabía de él desde un principio y no debiera haberme dolido, aunque mi mirada estuviera fija en la calle, en el vacío, en la nada, desde aquel ventanal de su habitación, durante muchos minutos, sin pestañear: recordando. Me dejó solo, muy solo…abatido,  desamparado, preguntándome cada minuto que siguió a su huida si alguna vez había existido aquella mujer de  mirada verde y penetradora.
     Recorrí toda la casa huérfana de ella, de su cuerpo, de sus manos, de su olor; aquellas paredes dejaron de pertenecerme cuando ella partió. Algo se había roto definitivamente. Estuve despidiéndome del que fue nuestro refugio  tantos años. Cada habitación seguía oliendo a ella, a ese perfume que siempre llevaba. ¿Lavanda, tal vez? El olor de la última cena que preparó, quizás para que no le olvidara,  aún viajaba por el techo del salón. Un recuerdo más, sin duda, que no acertaba a salir por las ventanas.  Había fotos, claro. Pero su presencia era más profunda; parecía flotar en el aire. No estaba, por mucho que la anhelase se había ido. Nada me dejó escrito, tampoco lo hubiese esperado. Ella era así: como la brisa. No obstante algo olvidó: su último beso depositado en aquel pañuelo de papel, abandonado en el borde del lavabo, con el que se acarició la hermosura de sus labios poco antes de partir, de marcharse para siempre.

 (*) huellas en el aire: frase de Mateo Iglesias Sampedro (8 años)
PD. Este relato ha sido publicado, junto a otros 25, en el libro “Relatos con Gusto”, el pasado 14 de noviembre por la editorial: Ediciones Balnea (www.balneaescueladevida.blogspot.com.es).      

miércoles, 13 de noviembre de 2013

En el refugio de los sueños: El cine ese espectáculo maravilloso.

        Los miércoles por la tarde son días importantes en casa: vamos al cine. Es ya una costumbre. Todo empezó hace años, el elegir esta fecha semanal, porque fueron las empresas las que calificaron este día como: “día del espectador”, abaratando el precio de la localidad. Creo que lo hicieron porque los miércoles había partidos de fútbol televisados y la asistencia a las salas de proyección era menor. ¿Pudiendo elegir porque pagar más por una entrada?
       Así lo venimos haciendo desde hace años, pero no por casualidad también los espectadores del miércoles fueron yendo a la baja, pues aunque el precio era más moderado seguía costando una cantidad importante. En mi localidad unos 6,50 euros.
       La crisis debe haber abierto los ojos a las empresas y últimamente han creado días especiales a 2,90 euros. La promoción únicamente duró tres días…¡y los cines se colapsaron!  Quizá sea exagerado el adjetivo pero aquella semana los incondicionales no encontramos entrada. La promoción pasó, ahora las entradas de los  miércoles las han rebajado a 4 euros,  la asistencia si no es masiva si se ha visto aumentada considerablemente. Es pronto para asegurarlo, quizás incida en que en esta fecha la oferta de películas, cara a los óscars, es mayor. Desde mi opinión se debe exclusivamente a la disminución del precio. (Aviso para navegantes: si no sumarais a la entrada el coste de palomitas y coca-colas, cuya permisibilidad de consumo siempre me ha parecido un error, el cine no os  saldría tan caro).
      La fotografía la tomé, la pasada primavera, en una localidad alicantina, creo que Santa Pola. Se observa que lo que fue un cine está derruido; únicamente queda como mudo testigo de las historias que sin duda se vivieron en su interior a lo largo de muchos años, la fachada principal con esas dos herrumbrosas ventanillas marcando el inexorable paso del tiempo desde su abandono.
        Dos ventanillas para una población menor, lo que da idea de la afluencia al cine en otros momentos. Ojalá que estemos volviendo a aquellos años en los que soñábamos con ser aquellos vaqueros que montaban caballos y disparaban al mismo tiempo con pasmosa habilidad. Quién no ha querido sustituir al protagonista de aquella cinta en la que besaba los afrutados labios de la rubia platino. Seguro que más de uno aún recuerda, en su imaginación, claro, el sabor a manzanas verdes de aquellos labios que hizo suyos y que debió sentir Hamphrey Bogart al besar a  Ingrid Bergman.
        Tantas y tantas cintas y aún nos sigue asombrando, y eso a pesar de que el cine no deja de ser una gran mentira ( al menos eso creo).

martes, 5 de noviembre de 2013

En el refugio de los sueños: Diálogo teatral

(Dos hombres, Antonio y Manuel han quedado citados en un café céntrico de la ciudad. Llevan un tiempo sin verse pero se conocen desde niños. Antonio, recién jubilado, quiere consultar con Manuel, abogado, cuestiones sobre su reciente separación matrimonial. Los dos hombres irán perdiendo la timidez, a lo largo de la conversación, e irán abriendo sus vidas el uno hacia el otro en un juego entre el pudor y la liberación. Antonio está sentado; sobre la mesa un vaso de cerveza. Entra Manuel).

ANTONIO. – (Levantándose)  ¡Manuel! ¡Gracias por venir! ¡Cuánto tiempo sin vernos, chaval!
MANUEL.  - ¡Años, Antonio, años! ¡Más de diez, sin temor a equivocarme! Me alegra verte. Estás igual. Algo más calvo.
ANTONIO. –La vida pasa para todos, Manuel. No vale hacerse ilusiones. ¿Qué quieres tomar?
(Se sientan)
MANUEL.  –Una cerveza. Bueno, ¿tú dirás? Me dijiste por teléfono que querías verme con urgencia.
ANTONIO. –¡Camarero, otra cerveza, por favor! Sí, es sobre mi matrimonio… vamos sobre mi separación. ¡Después de cuarenta años! Lo que pasa es que  he pensado mientras llegabas que, quizás, fuera mejor hablarlo en tu despacho. ¿No te parece?
MANUEL.  –Sí será mejor. Pero ya que estamos aquí, cuéntame, ¿qué tal se vive de jubilado?
ANTONIO. –La verdad es que no me jubilé, me jubilaron. Ya sabes estos tiempos que corren. Pero vamos me va bien: paseo mucho, quedo con algunos amigos. El cine, la lectura, ocupan parte de mí tiempo ahora. Ayer sin ir más lejos fui al teatro. Me reí mucho.
MANUEL. –No parece mala vida. Qué ponían.
ANTONIO. –“Confidencias de mujer” Va sobre dos mujeres que desnudan su alma, la una a la otra, pensando que se conocen. Un equívoco que sólo se descubre al final y que resulta muy gracioso.
MANUEL. -¡Es que las mujeres son muy despistadas!
ANTONIO.-Es una forma muy delicada de decirlo. La verdad es que cómo son las mujeres, a mi edad y después de la separación, me trae sin cuidado. Tal vez hemos dado, a lo largo de la vida, demasiada importancia a eso del amor. En el amor siempre hay algo de egoísmo. Y me refiero por las dos partes. Por eso, creo, que siempre gana el otro. ¿No sé si me entiendes? Sólo el amor de una madre está fuera de dudas. El otro… los otros amores, como te digo, siempre tienen algo de interés. Yo te doy esto,  tú me das lo otro. Ya sabes.
MANUEL. –A mí la vida en pareja no me gusta. Y creo que soy más egoísta que los que, al menos, ceden una parte de su vida a otra persona. He tenido amores…claro, pero por puro hedonismo, por placer, vamos. Tampoco esperaba nada a cambio.
ANTONIO. –Buscabas sexo. ¡Toma, como todos! Ya sabes el dicho:”De esta vida sacarás, lo que metas, nada más"
MANUEL. -¡Qué burro eres!
(Beben)
ANTONIO. –Lo que sucede es que te enamoras. No nos equivoquemos: cuando se tienen veinte años la belleza cuenta. Y cuando se tienen treinta y cuarenta…Siempre cuenta que la mujer sea guapa ¿O, no? Eso que dicen que lo importante es que sea hacendosa, trabajadora. Está bien. Pero una mujer guapa siempre gana. Y es que somos como todos los animales, ¡tenemos que mejorar la especie!
MANUEL. -Sí que eres burro, sí.
ANTONIO.- Ya, ya. Cómo que tú buscaras otra cosa. Por eso nunca te has casado. ¡Qué eres muy feo, Manuel!  ¡Que ellas quieren lo mismo!
MANUEL. – Feo, feo. Yo también tuve mi tirón, no creas. Lo que pasa es que los años no pasan en balde. A medida que pasa el tiempo va siendo más difícil abrir nuestro corazón… a otra persona.
ANTONIO.- La verdad es que aunque antes te decía que damos demasiada importancia al amor; quizá hable en general. A mí me costó un gran disgusto que  Pilar me abandonara. Cómo explicar si no esa angustia que se fijó dentro de mi cuerpo. Era un ahogo que no me dejaba respirar. Hasta la comida no me sabía como antes. Se fue pasando, claro, pero le costó salir de mi interior. Ahora estoy bien.  Por cierto: ¡cómo echo en falta las comidas de Pilar!

MANUEL.- ¿No estarás enamorado aún? Yo sólo recuerdo que me pasase una vez. Viví una temporada en pareja, pero no salió bien. En aquella época estaba muy mal vista nuestra actitud. La persona con la que compartía mi vida también sufrió, me consta. Pero la situación se hizo insoportable. Tal vez no toda la culpa fuera nuestra. La sociedad estaba muy poca abierta a lo que hoy en día no se le da la más mínima importancia… Hoy, ya es tarde, demasiado tarde.
ANTONIO.- Enamorado ya no estoy. El amor hacia una persona debe dejar paso a una fuerte amistad a medida que convives con ella. Echas de menos la compañía, el cariño, el compartir cosas. El estar solo. Si te soy sincero para mí esto tiene más valor que lo demás…, ya sabes a qué me refiero,  aunque no dejo de entender que también es importante. Sentir el calor de otro cuerpo junto al tuyo al abrir los ojos cada mañana. Abrazarse en ese duermevela. Despertarte por la mañana y sentir  que la casa se ha impregnado de olor a café. Ver su vestido sobre la silla. La ropa interior olvidada a los pies de la cama. En fin…
MANUEL.- Lo que digo que no la olvidas.
ANTONIO.- Es que no es fácil, pero fíjate que siempre lo he pensado. Me refiero a que se da por hecho que el hombre, el macho, siempre ha de llevar la iniciativa. Pero siempre eché de menos que fuera ella  la que en alguna ocasión se acercara a mí con ternura; y fuera ella quien iniciase el juego. No sé si me explico. Desnudar a una mujer poco a poco es muy agradable, pero que se lo hagan a uno quizás lo sea más. Ser, alguna vez, el amado, no siempre el amante.
MANUEL.- Sí, soy de tu misma opinión. Lo que pasa que en mi caso ser amante o amado poco importaba. Era difícil entender quién era quién.
ANTONIO.- Hombre no me dirás que no te resulta agradable que alguna mujer te mire por la calle o baje los ojos cuando le observas “distraídamente” en una cafetería. Que te devuelva una sonrisa o no rechace tu mirada y aguante más allá del decoro. No me digas que no te resulta agradable.
MANUEL.- Esas aventuras ya no existen más que en la imaginación. En la tuya, claro. En la mía, ni eso. Desde mi última aventura, y de eso hace mucho que él me dejo, he centrado mi vida únicamente en mi trabajo.
ANTONIO. - ¿Él?
MANUEL.- ¡Ah! ¿Pero no sabes que soy homosexual, y que tú eras mi preferido ya en el colegio? Pero, ¡si me he insinuado muchas veces!, Antonio. Quizás aún estemos a tiempo. Los dos estamos tan solos… (Dice mientras acerca su cara a la de Antonio).
ANTONIO.- (Con los ojos como platos) ¡Qué dices! ¡Si haces más de diez años que no nos veíamos! ¡Tú mismo la has dicho, al llegar!
MANUEL.- Antes, antes, mucho antes. Lo que pasa es que entonces no se podía decir libremente.
ANTONIO.- ¿Y tú eres el que me vas a aconsejar sobre mi matrimonio? ¡Antes me arreglo con Pilar! ¡Maricón!. ( Y sale dando la espalda a Manuel).

martes, 22 de octubre de 2013

En el refugio de los sueños: Tú y yo (1939)

        “Las olas chocaban contra el lateral del buque a medida que éste se deslizaba por las gélidas aguas del Mar del Norte. Norman había salido al exterior  bien pertrechado en su abrigo gris. El cuello, alzado, le cubría prácticamente toda la cara; tan sólo sus ojos permanecían al descubierto, escrudiñando el mar. Fumaba llevándose el cigarrillo a los labios por la angostura que dejaba el cuello de la prenda sujetado con su mano libre. El viento le azotaba el rostro entumecido, pero le hacía bien. Siempre le habían gustado los espacios abiertos, por eso había subido a la cubierta desdeñando la comodidad que le brindaba su pequeño camarote. Desde el lugar en que se encontraba podía divisar, apenas girando levemente la cabeza a su derecha, el puesto de mando y sombras que se movían en su interior. La tripulación velaba por los pasajeros desde aquella pequeña atalaya abierta al océano - pensó-. Un pequeño ruido, a su izquierda,  sobre el bruñido entarimado de la cubierta atrajo su atención disipando sus pensamientos. Una mujer embozada en una gabardina de color claro acababa de apoyarse en la barandilla a escasos metros de él. La mujer fumaba mientras miraba con fijeza a las olas como si éstas hubieran de traerle noticias o recuerdos.
       Estaban solos en aquellos breves minutos en que el atardecer separa el día de la noche; los negros nubarrones acentuaban la sensación de oscuridad únicamente rota por las luces que hacía poco tiempo se habían encendido sobre cubierta.
       Cómo entablar una conversación con una desconocida -se preguntó Norman-. Claro que si no lo intento nunca dejará de serlo –el mismo se contestó.
       -No es de creer que aquí gocemos de esta tranquilidad, cuando existen tan malos presagios  en Europa– comentó sin dejar de mirar al mar.
       -Cree usted que habrá guerra –contestó la mujer desviando su mirada hacia el hombre.
       -Sí, sin duda –afirmó Norman, devolviéndole la mirada.
       -Parece que no tuvieron bastante con la primera.
       -Veinticinco años y ya estamos otra vez enzarzados.
       -Bueno, quizás esta vez sea diferente.
       -De eso puede estar segura. Será diferente y peor.
       -No le veo muy optimista al respecto –dijo la mujer que había vuelto su mirada hacia las olas que seguían azotando el costado del buque.
       -Mis negocios me lo dicen. Viajo de Noruega a Dinamarca por este motivo. A medida que se va consolidando la certeza de una gran confrontación bélica, mi empresa gana en prosperidad.
       -¿A qué se dedica?
       -A derivados del acero. Ese material tan necesario para fabricar… ya me entiende. ¿Y usted, cuál es el motivo de su viaje por esta zona que en cualquier momento puede saltar por los aires?
       -Le entiendo. Mi motivo es familiar. Sólo hago escala en Dinamarca un día. Luego prosigo viaje a los Estados Unidos. New York me espera –dijo mientras lanzaba un suspiro.
      -También es mi destino final –aclaró Norman-. Pero debo permanecer en Europa por algún tiempo. 
      Norman se acercó a la mujer al ver que intentaba encender un nuevo cigarrillo. Sus ojos se encontraron por un instante. La mirada de ella hizo mella en Norman. Tuvieron que colocar juntas las manos para que el aire no apagase la llama del mechero del hombre.
     -Gracias –musitó ella-. Me viene bien fumar; disipa mis preocupaciones.
     Norman – cortés- no preguntó por ellas. La mujer se lo supo agradecer con una sonrisa que iluminó su cara.
      -¡Tiene las manos heladas! Quizás estemos  mejor en el interior. La noche ya está aquí y dentro de poco hará más frío.
      -Estoy bien aquí, al menos de momento. El camarote me agobia –dijo ella-.
      -Estoy con usted. A mí me sucede lo mismo. Perdone que me presente… me llamo Norman, Norman Scott.
      La mujer parecía haberse abstraído de nuevo. Miraba al mar con fijeza. Las olas batían la nave cada vez con más virulencia. Se llevaba el cigarrillo a los labios y exhalaba el humo que se desvanecía en el aire envolviendo su blanco rostro como si la neblina le alcanzase súbitamente. Norman no había dejado de mirarla desde que le dijese su nombre. Tal vez había dicho alguna inconveniencia. Sintió que ella no deseaba continuar con la charla y optó por hacer un gesto a modo de saludo para retirarse.
      -No, espere. Disculpe. Yo y mis pensamientos. No desearía haberle parecido grosera. Me llamo Rebeca.  Y creo que tiene razón deberíamos entrar; el frío me va calando hasta los huesos. Me vendría bien tomar algo caliente. Un coñac…quizás.
     Entraron. El pequeño bar era acogedor. Apenas unos pocos pasajeros se encontraban allí. Viajar en esos días era un riesgo. Los acontecimientos parecían agolparse, y los malos presagios estaban en las mentes de las personas. Sólo si era una necesidad que no se pudiera postergar, la gente podía arriesgarse. Por eso se extrañaba Norman del viaje de Rebeca, pero se abstuvo de preguntarle.  Pidieron dos coñacs. Norman tuvo un rato la copa entre las manos. Rebeca se la llevó a los labios casi de inmediato.
       -Reconforta –dijo-. ¿Acaso no le gusta el coñac y únicamente lo ha pedido para acompañarme?
       -No –sonrió Norman-, es que calentándolo con las manos sabe mejor; desprende más los aromas. De hecho las bebidas frías no me gustan demasiado.
      Rebeca miró a los ojos de Norman y se dispuso a seguir su consejo.
      -Tiene razón –comentó.
      - Mañana temprano entraremos en el puerto de Haustholm. Supongo que esperará usted allí el próximo embarque para Estados Unidos.
      -Sí, es lo más cómodo.
     -Yo he de viajar por tren a Copenhague. No sé si es atrevimiento por mi parte, pero si me lo permite puedo quedarme en Haustholm hasta que zarpe su barco. Mis contactos daneses bien pueden esperar un día. ¿Qué me contesta? –preguntó Norman al ver que la mujer dudaba.
      -Claro –contestó ella después de unos instantes-. Nos haremos compañía mutuamente. Seguro que me viene bien alejarme de mis preocupaciones por unas horas.
      A Norman empezaba a gustarle aquella  mujer de aspecto vulnerable pero tremendamente atractiva. Había podido comprobar, al quitarse ella el abrigo, su seductora figura. Todo su cuerpo atraía. Sus ojos azabaches, sus rasgos…ligeramente orientales sin serlo. Los pómulos rectos y afilados, como si alguien se los hubiese cincelado. Los labios invitaban a ser visitados. Tenía las manos largas y blancas, y cuidadosamente cuidadas las uñas. El pelo caía sobre sus hombros enmarcando su precioso rostro. Toda una belleza –pensó y sus pensamientos se fijaron en sus ojos haciendo comprender a la mujer el atractivo que provocaba en Norman.
      Las horas pasadas juntos en la ciudad de Haustholm no hicieron sino confirmar el atractivo que sentían el uno hacia el otro. Ninguno tenía compromisos personales al otro lado del mundo y de una forma natural, como si estuviera así escrito, se fueron acercando. Enamorarse quizás no fuera la palabra en esos momentos; acababan de conocerse pero sentían que aquella travesía  había unido sus destinos tal vez para siempre. Mirándose a los ojos y con las manos unidas debían de despedirse en la dársena. Ella había de embarcar.
      -¿Volveremos a vernos? –dijo él.
      -Tal vez –contestó ella. Ambos vivimos en New York. La ciudad es grande pero…
      -Como te dije he de permanecer por algún tiempo en Europa…cuatro o cinco meses a lo sumo. Te propongo quedar dentro de seis meses a las cinco de la tarde en la terraza del Empire State, dicen que hay vistas maravillosas desde allí.
     -Las conozco y los atardeceres son muy hermosos – contestó Rebeca.
     -Así sabremos si esta relación tiene futuro. Nos veremos pues el 22 de abril del próximo año, a las cinco de la tarde.
      Como si de un juego se tratase cerraron el compromiso con un beso en los labios. Él  vio como ascendía las escaleras y saludarlo desde cubierta. Norman no abandonó el muelle hasta que el barco se perdió en el horizonte.
      Y pasaron seis meses.
       El día señalado, Norman cogió el ascensor y pulsó el último piso del Empire State. Llegó con quince minutos de adelanto. Desde aquella terraza se veía todo New York y la vista le hizo recordar el Mar del Norte. Allí también llegaba el aire a ráfagas, aunque esta vez no fueran tan fuertes. Esperó. Rebeca no se presentó. ¿Le había olvidado? Le pareció extraño. Recordó que si algo le había atraído de aquella mujer era su aparente falta de interés, que él achacó a los problemas personales que parecía tener, pero que sin embargo la joven reaccionaba al instante y resultaba agradable su compañía. Estos meses se había ido enamorando de ella profundamente y ahora le pareció haberla perdido. Sin duda –se dijo- habrá cambiado de parecer hacia mí. Ese era el compromiso que pactaron. Eran más de las ocho, noche cerrada, cuando abandonó la terraza y con tristeza fue olvidándose de Rebeca. Norman nunca sabría que la mujer había sufrido un accidente al acudir a su cita”.
NOTA: Este es el argumento(más o menos) de la película TÚ Y YO, dirigida en 1939 por Leo McCaney y protagonizada por Irene Dunne y Charles Boyer. El mismo director haría años más tarde un “remarke” con Cary Grant y Deborah Kerr.  El motivo de haberlo escrito se debe a mi inconsciencia y falta de respeto hacia EL MÓVIL. ¡Con lo fácil que hoy en día hubiera sido ponerse en contacto con este artilugio del demonio! Pero… que maravillosa película nos habríamos perdido… o no.  
 

martes, 15 de octubre de 2013

En el refugio de los sueños: El maqui de Isábena

        Habían pasado ya cinco años desde aquel 1 de abril del treinta y nueve. Los primeros indicios se dieron tras el caluroso verano. En la taberna no se hablaba de otra cosa: los guerrilleros republicanos habían regresado por el valle de Arán y se estaban posicionando por la serranía oscense. Había cierto temor entre la población del pequeño pueblo de Lascuarre. El recuerdo de la  cercana guerra civil anidaba en los corazones de sus habitantes. Poca era la gente que deseaba, de nuevo, la confrontación con las fuerzas del nuevo régimen. La Guardia Civil y el propio ejército franquista controlaban la frontera con Francia para impedir que los republicanos que habían logrado huir, en los últimos días de la guerra, pudieran regresar. Lo que ignoraban era que algunos  nunca se habían marchado y permanecían escondidos en sus hogares o en casas de sus amigos o familiares.
       Andrés Luque se había casado con su novia de toda la vida. Ella se llamaba Carmen, Carmen Rubí Pla y había nacido en la humilde casa, contigua a la de Andrés, en aquel pueblo de la provincia de Huesca. En la primavera del año treinta y seis, y sin intuir tan siquiera los sucesos de meses después, Andrés y Carmen se desposaron en el salón principal del ayuntamiento. Fue un día festivo en el que los protagonistas se juraron aquel amor eterno que habían conocido desde su adolescencia, y del que participaron la mayoría de los lugareños.
      Andrés estaba afiliado a la Casa del Pueblo desde que cumplió los veintiún años de edad.  Socialista convencido, no participaba, sin embargo, en actividades del comité por lo que no era considerado un miembro relevante del mismo. Cuando estalló la guerra formó parte de los batallones republicanos que lucharon contra los rebeldes. El curso de la confrontación le deparó, como a tantos otros, el tener que alejarse de su esposa y de los suyos durante tres interminables años. Apenas estuvo con Carmen durante la contienda: sólo durante algún permiso y en momentos en que el frente se desplazaba por otras zonas de la geografía española.
      La guerra terminó aquél 1 de abril, y como sucede en todas las guerras vino a finalizar para los vencedores. Los vencidos tuvieron que huir en su inmensa mayoría. Andrés y sus compañeros tenían fácil la escapatoria: los pirineos estaban cerca. Pero Andrés decidió quedarse. No lo dudó. Para él Carmen lo era todo, lo demás poco le importaba. Hubo de esconderse, al principio de casa en casa de amigos y familiares y siempre con el temor a ser delatado. Optó al final por ocultarse en su propio hogar tras hacer correr el rumor de haber huido definitivamente. Tras la chimenea de la cocina habilitaron un pequeño espacio comunicado por el exterior de la vivienda. Allí permaneció oculto durante casi cinco años. Alguna noche salía de su madriguera a respirar el aire que descendía desde las montañas cercanas y a abrazar a su esposa. Únicamente Carmen y Antonio Fraguas Luque, hijo de su tía Ángela, sabían de su existencia. La Guardia Civil, aunque revisó su casa en más de una ocasión, nunca dio con el escondrijo.  Para los lugareños Andrés  se había echado al monte, o en el peor de los casos lo dieron por muerto. Cuando los maquis aparecieron por el valle de Isábena, nadie dudó que Andrés, se encontraría entre ellos, salvo que hubiera caído en manos de la Guardia Civil, pues raro era el día que no viajaban hasta el pueblo noticias desalentadoras sobre el destino de aquellos últimos guerrilleros que uno a uno fueron siendo abatidos.
        El tiempo, ese eterno señor que quita y pone razones, empezó a obrar en contra de Carmen. La mujer quedó preñada. Su embarazo se hacía día a día evidente. Habían tomado durante más de cuatro larguísimos años de cautiverio todo tipo de preocupaciones a su alcance; pero al final la naturaleza se había impuesto. Desde su conocimiento Carmen se pasaba el día penando de habitación en habitación. Apenas sí salía a la calle. Andrés se martirizaba en su agujero sin hallar respuesta a su incertidumbre. Si aparecía era evidente que la Guardia Civil caería sobre él, pero no podía dejar a su esposa en boca de las habladurías de la gente del pueblo. Él no existía.
       Andrés y Carmen jamás pudieron pensar que la solución vendría del primo Antonio. Éste les propuso casarse con Carmen y dar sus apellidos a la criatura que habría de venir. ¿Solución? No era fácil tomar una decisión y tampoco el  tiempo obraba en su favor.
      Quizás sea éste un momento para el amor, para el auténtico amor. Por amor a su mujer y a la vida que habría de tener su hijo, Andrés cedió. Ello suponía alejarse de su casa, abandonar a Carmen y convertir a Antonio en el padre de aquella criatura que había de nacer pronto y que él había engendrado en el vientre de su esposa.
        Andrés se echó al monte. El valle de Isábena lo acogió y nunca más se supo de él.
        Las autoridades no pusieron ningún tipo de impedimento a que Carmen y Andrés se desposaran por la iglesia, toda vez que no se tenían noticias de Andrés desde hacía más de cuatro años y no daban autenticidad a los matrimonios civiles contraídos en la época republicana. Así pues Carmen y Antonio se casaron. Andrés, Andresito como le empezaron a llamar a medida que fue creciendo y correteaba por las calles del pueblo, se convirtió con el paso de los años en: “el sobrino del maqui”.  

jueves, 10 de octubre de 2013

En el refugio de los sueños: La niña que me chupaba los pasteles.

        “Fue sin querer/es caprichoso el azar./No te busqué/ni me viniste a buscar”. Escribía Serrat en una de sus canciones del año 2002.
       Antes, mucho antes,   había conocido a María Ángeles, la niña que me chupaba los pasteles. Ayer, doce de junio del 2013, volví a verla, después de casi sesenta años. No recordaba ya aquella cara infantil, borrada por el tiempo en mi mente, y convertida en un rostro  jovial y atractivo en su madurez. Ella, por aquel entonces ignoraba que yo algún día, muchos años después y entre risas, se lo echaría en cara. Yo tampoco sabía que en Burgos existiera una persona  tan golosa.
      Había acudido con mi esposa y unos amigos a la presentación del libro: “La evolución sin sentido”, obra de los paleontólogos Eudald Carbonell y Jordi Agustí, de la Sierra de Atapuerca, en el Museo de la Evolución Humana. Fue Agustí el que introdujo la palabra “azar” para dictaminar el origen del hombre como especie. Independientemente de las creencias de cada uno, supongo que para un científico esta eventualidad, a la hora de razonar, es más evidente que cualquier tipo de creencia o fe. La charla, distendida entre los asistentes y los presentadores, de alguna forma también tomó el camino del azar.
       Y que otra cosa no fue que el azar, la casualidad, el sino… lo que motivó mi rencuentro con María Ángeles. Tras la presentación del libro nos fuimos en grupo a “conversar unas cervezas” (término acuñado por mi buen amigo Fernando López).  Durante la amena tertulia salió a relucir, por azar sin duda, que M. Ángeles había vivido en su niñez en el mismo edificio que unos tíos míos, y que era amiga íntima de los tres  hijos de ellos. A esa casa mis padres nos llevaban, a mis hermanos y a mí,  con relativa frecuencia de visita. Por aquel entonces era muy usual que los mayores recurrieran a familiares y amigos para “pasar la tarde” como solían decir.  Y entonces recordé… Recordé que aunque  aquellos años eran en blanco y negro, algunos días, los menos, se iluminaban de colores de fiesta: las celebraciones de cumpleaños por ejemplo.  Cumpleaños a los que asistía aquella vecina de rizos a la que mis ingenuos tíos enviaban con alguna de mis primas a la pastelería “Luis de Miguel” sita, por aquellos años, en un lateral de la Plaza Mayor (ahora este local está ocupado por un bar: El Soportal), a comprar los pasteles para la colación de la tarde. Aquella niña de calcetines blancos y sandalias del mismo color, con toda su “candidez” iba levantando el envoltorio e introducía uno de sus deditos, el más largo sin duda, para deleitarse con el dulce placer de la crema. He de confesar que desde la distancia no se lo reprocho puesto que yo hacía lo mismo con los de mi casa.
       Aclarado el asunto seguimos conversando cervezas entre risas. Y nos dieron las diez…y las once…las doce.  

lunes, 15 de julio de 2013

En el refugio de los sueños: EL BALCÓN (27)

      -Siempre asomado al balcón, Edouard. El gobierno es muy posible que haya aprendido la lección y deje paso a otra forma de autoridad. Jean puede que tenga razón en como ve él la situación; siempre has sido un poco agorero. Al menos mientras estén juntos y se sigan queriendo nada han de temer.
      -Soñar siempre ha sido gratis, Suzzane, pero la situación no está para  fuegos artificiales. Te puedo asegurar que nuestros amigos en estos momentos están en su mejor sueño; tanto mejor para ellos.
      -Como tu dices: el tiempo, ese truhán,  pondrá las cosas en su sitio.
      -Sin duda, y hablando de tiempo me he fijado como ha crecido  León. Se ha convertido en todo un hombre. Me gustaría hacer algo por él.
      -Ya has hecho bastante por él, Edouard. Siempre te estaré agradecida. Nos acogiste sin pedir nada a cambio, y en todos estos años le has tratado como a un hijo.
      -A eso me refería cuando decía que me gustaría hacer algo por él. Tengo que legalizar su situación actual considerándole hijo mío y heredero de mis..., de nuestros bienes -agregó tras una ligera pausa.
      El rostro de Suzzane no pudo reprimir la sorpresa al escuchar las palabras de su esposo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos buscaron las de Edouard, mientras sus labios besaban los de él.



        El café Guerbois había recuperado su pulso. Las personas que a esas horas se encontraban en él comentaban los acontecimientos recientes, y el bullicio hacía inaudible los comentarios de unos y otros. No había forma de que la gente atenuase el tono de sus comentarios. A cada elevación de voz le correspondía otra mayor. Sólo se echaba en falta el sonido de aquel violín que un día ya lejano había enamorado a Jean. Por lo demás el humo de los cigarros era teñido de tonos azulados por las amarillas luces de las lámparas de gas. El espesor del aire se podía palpar y resultaba casi irrespirable aquel ambiente creado. En medio de aquella batahola y en una mesa, junto al ahora vacío estrado, una dama sobresalía del resto por su atractivo, era Berthe Morisot. Siempre bella, quizás la más bella mujer que había contemplado Manet, tenía en aquella tarde del mes de junio una vivacidad en sus ojos que no podía pasar inadvertida a la escrutiñadora mirada del pintor. Sus cabellos caían por su frente y adornaban su delicado rostro. Un sombrero negro con un enorme lazo  hacía juego con el pañuelo del mismo color que se anudaba a su garganta.
       -¿Qué te sucede Berthe? ¿Qué veo en tu deslumbrante mirada que no soy capaz de descubrir? -preguntó un sonriente Edouard.
       La muchacha bajó la mirada buscando, de esta manera, una excusa para no hacer comentario alguno.
      Fue Eugene quien habló:
      -Querida Suzzane, querido hermano. Esta hermosura y yo hemos decidido seguir los pasos de Jenny y Jean y pasar por la vicaría.
       Mientras esto decía Eugéne, Berthe había levantado los ojos y aquel brillo especial que Manet había notado se instaló de nuevo en ellos.
      -Esperábamos  –continuó Eugéne- comunicarlo cuando estuvieran con nosotros también Jean y Jenny,  pero la impertinencia  –añadió con una sonrisa- de Edouard ha frustrado nuestros planes. Por cierto ahí llegan los auténticos novios.
      Jenny llevaba un hermoso vestido de color malva abotonado hasta el cuello,  donde un gran lazo de terciopelo negro hacía juego con el ancho cinturón que acariciaba su cintura. La blancura de los puños de la camisa, que sobresalía por las mangas,  y el cuello del vestido eran una continuación de su pálido  e inquietante rostro que al ver a sus amigos dibujó una enorme sonrisa. Portaba una graciosa sombrilla, también de color blanco, y los pliegues de su largo vestido se movían a cada paso con aquella gracia que sólo Jenny poseía. A su lado Jean, siempre elegante y con una espesa barba que le hubiera hecho irreconocible si no fuese por su siempre, y sin pretenderlo,  porte aristocrático.
      -Mirad a la pareja de moda en París –exclamó un Edouard exultante mientras se levantaba para recibirles-. Observad  como los miran.
       Efectivamente algunas de las personas del Guerbois volvían las cabezas al paso de la atractiva pareja.
       -¡Qué elegancia! -continuó Edouard mientras se fundía en un abrazo con Jean. 
       Berthe y Jenny se abrazaron mientras unas lágrimas brotaban de los ojos de ésta.
       -Jenny, Jean -decía ahora Eugéne–, Berthe y yo tenemos una sorpresa para vosotros: nos casamos; ya está bien de soltería.
       -Ya era hora de que dejaseis de vivir en el pecado –ironizó Edouard.
       -Parece que por fin  todo el mundo empieza a comportarse de una forma racional  - comentó una sonriente Suzzane.
       -Esto hay que celebrarlo amigos -exclamó Jean-. Voy a ver si nos traen champagne.
       -Efectivamente vuelve la monarquía -comentó ahora Edouard-; hemos pasado directamente de la absenta al champagne. Esto es lo que se llama progreso. Todo sea por la amistad. Si no fuera por el dolor de este maldito pie me pondría a bailar.



      El murmullo del Guerbois engullía las palabras de Manet mientras se revivían en el interior del café  todos aquellos últimos acontecimientos acaecidos en la ciudad. El remolino de sus habitantes se había instalado en aquel lugar como en aquel balcón, como en aquella atalaya desde donde poder  observar sin miedo a ser observado. El bullicio no era sino una seña más de identidad de aquella ciudad viva que  negaba  dejarse raptar por aquellos que no la consideraban. Desde aquel balcón, como una vez dijo Jean, no se podía dominar el mundo, no se podía ser su centro, pero lo que sí era cierto es que desde aquel París estaba surgiendo una nueva concepción de la vida artística. Una nueva forma de ver y de entender la más bella inclinación del ser humano: el arte.

F I N.

FELICES VACACIONES Y HASTA SEPTIEMPRE(AL MENOS ESO ESPERO).