viernes, 31 de diciembre de 2010

Opinión: El soplo.



Hablar del mundial de fútbol es un tema tan manido que puede resultar fácil, puesto que de este deporte en casi todo el mundo lo entiende cualquiera. Escribo en casi todo el mundo porque en norteamérica del norte, como decían Tip y Coll, la verdad es que no se enteran de nada.

Hace unos días, vi por televisión, lo que pretendía ser una parodia irónica del mundo del fútbol. Me hizo, en principio gracia, por eso porque no quería ser más que una parodia: todo el mundo puede hacer bromas simpáticas de cualquier tema, hasta de algunos que quizás traspasen la raya del buen gusto.

Pues bien, el humorista usa, lo estaba haciendo bien a mi entender. Hablaba que no entendía el fútbol (siempre comparándolo con los deportes americanos: beisbol, baloncesto…). Cómo era posible, decía, que guste ese deporte a la gente cuando a veces en noventa minutos el marcador sigue reflejando un cero a cero, y que en ocasiones les regalan otros treinta minutos de prórroga y siguen sin marcar un solo gol. Tenía gracias cuando habló de las diferencias entre estos deportes: El fútbol, decía, se juega al aire libre, los estadios no están cubiertos, no se hacen goles como en el baloncesto, se juega con los pies en lugar de con las manos como sugiere la lógica (aquí metió la pata porque es precisamente esa su dificultad), el reglamento nunca varía ni se adecua debidamente y otras diferencias que ahora no recuerdo pero que las trataba de manera desenfadada y simpática. Concluyó sus bromas indicando que la principal diferencia estriba en que en el fútbol “nunca pasa nada” Y aquí, claro, metió de nuevo la pata, lo que hace el no entender.

En el último Paraguay-España pudo parecer que no pasaba nada pues el marcador no se movía. Pero qué esfuerzo titánico el de los paraguayos por anular el mejor juego español. La pasión que se palpaba entre los espectadores sólo se puede entender desde la sangre, desde el corazón. El partido en el que “no pasaba nada” tuvo un minuto de infarto con los penaltis fallados. Sólo en este deporte se puede entender que alguien no haga un gol desde once metros de distancia y que este infortunio (bueno no sé si es falta de fortuna o de acierto) suceda en las porterías contrarias.

Pocos minutos después, en este partido “en el que nunca pasaba nada” el remate franco de un delantero español se estrelló frenéticamente contra la base del poste derecho de la portería defendida por el arquero paraguayo. El palo escupió el zamarrazo de la pierna diestra del jugador, en este caso azulón, y la fortuna quiso que el balón rebotado cayese en el territorio de un compañero, seguramente el mejor dotado para este lance (el término en este caso no quiere ser taurino). En décimas de segundo el siete situó el cuerpo inclinándole ligeramente hacia su derecha, buscando así el ángulo adecuado para batir al meta contrario y acariciando la redonda hacia el poste contrario a donde la jugada había llevado a los jugadores americanos. La diosa fortuna quiso que la caricia del borceguí del “Guaje” condujese el esférico a chocar ahora contra la base del otro poste, el izquierdo. Aquello era demasiado ya que el “jubilani ese” (la madre que parió a tal balón), parecía estar riéndose de la afición española, botó sobre la línea de cal y recorriéndola en toda su trayectoria fue a besar la base del otro poste, otra vez el derecho. Pero lo que la redonda no sabía es que durante su trayectoria por encima de la línea de gol, desde cada pueblo, desde cada hogar, bar, cafetería, plaza o lugar donde hubiese un televisor en España, a nueve mil kilómetros, cada español, mujer, niño, niña u hombre, estuvieron soplando para que aquel maldito balón entrase y besase por fin la malla de la meta paraguaya.

Cuando los usas descubran esto del fútbol seguro que no volverán a pensar que nunca sucede nada.

PD. Este post lo escribí pocos días antes de que España ganase el mundial de fútbol. Para mí fue uno de los más especiales del año. Lo recuerdo hoy último día del 2010.
Feliz 2011 y gracias a todos los que me habéis apoyado con vuestros comentarios o con vuestras lecturas. Un abrazo

lunes, 27 de diciembre de 2010

En el refugio de los sueños: Navidad 2.0

-Pero Gaspar, que caray es este papel.

-Qué papel.

-Éste que acaba de llegar a palacio. Lleva fecha del veintitrés de diciembre.

-…¿No me digas que se han vuelto a equivocar? ¿Pero, en qué están pensando? ¡Igual que el año pasado, no me lo puedo creer! ¡Si es que no escuchan!

-Igual que el año pasado, no. Este año es más raro. Viene escrito en un idioma no comprensible para mí. Mira, a ver si tú entiendes algo.

-Date 23.12.2010. Esto está claro, es la fecha.

-Eso ya te lo había dicho yo, Gaspar.

-Veamos. Me pondré las gafas que ya mis ojos me van fallando. Acércame la antorcha. Date: 23.12.2010. Invoice 34567… ¡Umh, qué serán estos números! Customer… ¡Ah, aquí está! Ves Melchor lo que yo te decía: ¡como el año pasado!... Customer: Nikolaus Weihnachtsmann. ¡Es un pedido del gordinflón de Nicolás! Seguro.

-Y ¿por qué nos lo envían a nosotros?

-Se habrán equivocado.

-¡Se habrán equivocado! ¡Se habrán equivocado! Anda ve a buscar a Balta que estará en el establo acicalando a los camellos. Quizás él, como es el más joven y más viajado, sepa aclararnos todo este jaleo. Date prisa que se nos está echando el tiempo encima.

-Pues si que es extraño esto, majestades. Creo que Gaspar tiene razón. En este papel se describe, con detalle, un pedido realizado por Nicolás desde Finlandia. Pero…un momento…Esto es increíble, inaudito, intolerable…

-Que nos lo hayan mandado a nosotros, ¿verdad?

-¡No…los precios! ¡Es mucho más barato! ¡Alguien nos ha estado engañando todos estos años! Y ese alguien son los judíos del lugar. Son unos avariciosos y además avarientos.

-Sigue leyendo, Baltasar.

-No entiendo casi nada. Veamos: Courrier UPS, DHL ,MRW, SEUR. Lo de seur me suena. Country: Spain. Total Invoice amount…¡buf, una cifra astronómica!, pero ni aproximada con la nuestra. Creo que esto es lo que tiene que pagar el barriga verde ese.

-Un respeto, Baltasar. Un respeto. Sigue

-Invoice total…ocho, siete…nanan… for transfer or Standby. Ni idea, pero, ahora que lo pienso, se me ocurre una.

-Qué idea.

-Quedémonos con esta hoja. Y respondamos como si fuéramos Nicolás. El pedido es similar al nuestro.

-¡Qué lo suplantemos, quieres decir!

-Exacto. Al fin de cuentas él nos hace la competencia. Nosotros fuimos los primeros.

-Pero, eso es legal.

-Si pagamos, no creo que nadie diga nada. Y así nos ahorramos unos dinerillos, je je je, que la cosa está pero que muy mala. Y que el gordinflón se las apañe.

-No sé, no sé. ¿Tú que piensas, Gaspar?

-Yo creo que el negro tiene razón. A fin de cuentas Nicolás o Santa Clauss como pomposamente se hace llamar ahora, se ha venido aprovechando de nuestro modelo e imagen durante los últimos años. Nosotros, como corresponde a unos grandes señores, que digo señores, magos que somos magos y además reyes de oriente, casi ná, viajamos en camellos, no como él que el día menos pensado va a tener un accidente con ese endiablado trineo tirado por renos. ¡Vamos, hombre, donde esté un camello!

-Bueno, me habéis convencido. Manos a la obra que nos quedan pocos días. Sólo espero que nuestra factura se la envíen a Nicolás, je je je, y pague él la cuenta.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

En el refugio de los sueños: Cheyenne.2

Como no tengo dedos en mis manitas no sé contar. Les oigo decir que llevan diez años juntos. Diez años desde que vi por primera vez a aquella larguirucha que tan mal me cayó al principio, pues venía a romper, o eso creía yo, mi feliz monotonía, y que tanto cariño, sin embargo, me ha demostrado durante todos estos… ¿años, dije que se decía?

Desde entonces supe que tendría dos dueños pero no me importa, y sé también que él ahora me hace mucho menos caso que antes; supongo que no puede dividirse. Tampoco me importa pues cuando le necesito siempre está ahí. Me riñe menos que antes, ya apenas se muerde los nudillos amenazándome. Se debe de estar haciendo mayor. También ella. Lo noto porque cada vez hablan más bajito, apenas si les oigo. Además pienso que se están borrando poco a poco, debe de ser una cualidad de los humanos: irse volviendo borrosos.

Ahora apenas bajo de mi atalaya, y es que han debido de cambiar este sillón pues veo el suelo como si estuviera cada vez más bajo de mi cojín. En las pocas ocasiones que desciendo me hago daño en las manos y en las patas, no parece sino que hubieran llenado de cristalitos el suelo. ¿No puede ser? –me pregunto-, y no lo entiendo; claro que como soy una perra no puedo entenderlo todo.

A veces me voy con ellos a pasear. Ahora caminan más despacio que antes y se sientan en un banco del paseo. Procuro no alejarme mucho de su lado no vaya a ser que estén muy cansados y decidan subir enseguida a casa. Cuando regresamos voy acompasando mi paso al de ellos para no fatigarles demasiado y que no se den cuenta de que se están haciendo mayores. Echaría a correr, como hacía antes, pero debo de ser respetuosa y no hacer alardes, no vayan a ofenderse.

Por lo demás todo sigue igual, bueno casi. Como menos, pero es por guardar la línea, y paso mucho más tiempo tumbada en el cojín de mi sofá para no molestarles. A veces bajo, a sabiendas del dolor que sentiré con los cristalitos, y me voy junto a ellos donde suelen sentarse. Me hacen un hueco y nos ponemos a ver la pantalla luminosa. Como no entiendo nada de lo que dicen y además las figuras que salen también están borrosas me quedo dormida. Ellos también se duermen en ocasiones, que a veces me han despertado los ronquidos de él. Ella, la larguirucha, duerme encogida y con los pies siempre descalzos; me gusta aproximarme a ellos y darles calor con mi mata de pelo. Sé que me lo agradece por la dulce sonrisa que muestra su boca.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Opinión: Nadar contra corriente.

Esta semana han sucedido dos hechos en nuestro país que según mi opinión deberían hacernos recapacitar a todos quizás un poco más de lo que lo hacemos. Sé que las opiniones que voy a comentar no están en sintonía con la mayoría de la gente, me atrevería a decir: casi con la totalidad de la ciudadanía; pero que le voy a hacer yo soy así, y creo que pienso como soy, o soy como pienso. Siempre me surgen dudas por más que analizo las cosas.

Hace dos días ha saltado a la opinión pública una nueva trama de dopaje sobre nuestros deportistas. Esta vez le ha tocado al atletismo. No seré yo quien defienda este tipo de actitudes por mucho que salpiquen a atletas conocidos y de renombre internacional. Siempre existirá la duda hasta que se aclare del todo. Pocas veces se aclara en su totalidad, por cierto. Los deportistas no deberían doparse o drogarse que supongo que es lo mismo, pues nos pierde todo aquello que viene del idioma inglés. ¿Por qué lo hacen, si saben que en la mayoría de los casos les cogen con las manos en la masa? Para mí es sencillo: la élite exige. El espectador en este nivel exige marcas, cada vez más y más. El corredor de cien metros los ha de recorrer en menos tiempo, si no será una decepción para el espectador. El ciclista subiendo el Tourmalet deberá demostrar una superioridad notable sobre el resto de escaladores pues en caso contrario nadie acudirá ante el televisor. Lo mismo le pasa al lanzador de peso, de jabalina, al saltador de altura… No seamos hipócritas, ellos es cierto que ganan más dinero al conseguir mejores marcas, pero es el espectador el que se las está exigiendo.

Delito contra la salud pública. Se trata de que no enfermen y puedan incluso morir. ¿Por qué entonces no se lucha contra todo lo que supone un riesgo? ¿No está más cerca de la muerte un escalador en una pared vertical, o los montañeros que año tras año dejan su vida escalando las altas cumbres? ¿O aquellos deportistas de riesgo? Me atrevería más: ¿No constituye más riesgo enfrentarse a un toro de lidia? Pienso que incluso está más al borde de un infarto, hoy en día, hasta un octogenario intentando especular en bolsa. Dejémonos de hipocresía, sólo nos importan los resultados a ellos y a nosotros.

……………….

Tampoco seré yo quien abogue en favor de los controladores aéreos, esos niños mimados que desde mil novecientos noventa y nueve tienen un convenio de fábula. No, no seré yo, y por lo que leo y escucho no habrá nadie, salvo ellos, que piense que tienen razón. Pero, me pregunto, ¿no habrá un trasfondo detrás de su actitud?, y no me refiero a su egoísmo o falta de honradez. No puedo creer, en mi cabeza no cabe que se pueda tener tanta falta de solidaridad con los demás si no hay algo más que lo que vemos a primera vista. Quizás el tiempo nos lo aclare, pero a mí me deja un poso de incertidumbre su actitud. Son personas que cobran, según cuentan, un dineral por su trabajo. Supongo que son trabajadores altamente cualificados y como a tales hay que pagarles de acuerdo con la importancia de la labor que desempeñan. Creo que a todo trabajador con estas características hay que retribuirle en su justa medida y responsabilidad, que pienso es mucha. Ahora bien, el mal radica en su base, en su raíz. Todo el mundo debe de tener las mismas posibilidades y derechos para ejercer una profesión, la que quiera; en ello sólo debe influir el esfuerzo y el talento. No debe ser un coto cerrado a unos pocos. Sucede también en el mundo de la justicia, en las notarias, en las farmacias…

Creo también, quizás este equivocado pues de leyes no entiendo gran cosa, que el gobierno hizo bien en la militarización pero no en dictar el Estado de Alarma. Pienso que no era para tanto. Más motivos de alarma ha habido con la crisis económica, en sus comienzos, que nos afectó y nos sigue afectando a la inmensa mayoría de ciudadanos, salvo a los que la ocasionaron y que siguen viviendo tan ricamente sin ser militarizados. Claro que de ellos es el poder. Pura hipocresía

jueves, 2 de diciembre de 2010

En el refugio de los sueños: Reflejo

El corredor ha mirado por la ventana. Llueve. Le gusta salir a correr los días de lluvia. Dice que respira mejor. Se enfunda un chándal para agua y se protege la cabeza con una leve capucha por la que el líquido irá discurriendo hasta empaparle la frente, las cejas y al final todo el rostro. Es en ese momento cuando más disfruta: cuando la lluvia le alivia del sofoco de la cara.

Es aún otoño, pero parece haberse aposentado ya el invierno. La lluvia de esta mañana se ha ido transformando en diminutos copos de nieve. Aún es mejor así. Al corredor se le une la belleza.

Corre sobre la fina hierba del parque que parece querer abrigarse con las hojas que caen de los árboles. El suelo está cubierto por ellas y, así, el ruido que hacen las zapatillas queda amortiguado, se escucha levemente, como un susurro. Los altos chopos parecen querer alargar los brazos hasta lo más altos y el viento golpea las ramas uniéndose a la melodía de la naturaleza.

El corredor se va cruzando en su camino con otros que al igual que él salieron a respirar aire puro. Se conocen casi todos. Las rutinas crean obstinados. Se saludan con un leve movimiento de las manos, pero sus ojos continúan mirando al frente, para no despistarse de su ruta. Ve sus cabezas encapuchadas pero les va reconociendo. Los rostros se le antojan enrojecidos -el frío se dice-, y supone que el suyo tendrá la misma o parecida coloración. Esto le hace pensar.

El corredor piensa que en realidad el no se ha visto nunca, que no se conoce con certeza. Cree conocer su carácter, su forma de pensar, de cómo siente la vida; conoce su trato con los demás…y también conoce el rostro de los otros, de todos los otros, porque los ve tal y como son. Pero se sorprende al pensar que su rostro no es tal y como él le ve. Piensa y sonríe. En realidad nadie sabe con certeza como es cada uno. Conocemos y sabemos como son los demás, pero no nosotros mismos. ¡Nos vemos invertidos! –hubiera exclamado en voz alta si no temiera despertar a los pájaros o si el esfuerzo se lo permitiese-. ¡Sí, invertidos! Sólo nos vemos contra un espejo o contra algo que devuelve nuestra imagen. Quedémonos en el espejo, lo más frecuente. Reconoces esa peca que ves en el pómulo izquierdo de tu cara, pues en realidad está en el derecho. Esa oreja que se separa más del óvalo. ¡No, no es la derecha, es la izquierda! Ves ese diente pequeño, ese el colmillo, que empieza a cambiar de color pues debes de tener un principio de carie y que está junto al incisivo, pues el odontólogo te curará el otro, el del otro lado. Ese ojo enrojecido desde hace unos días en el que se te metió algo extraño y que aún no ha curado del todo, pues no es sobre el que te echas cada mañana y cada noche el colirio, es el otro, el que creías tener sano. Te peinas todos los días con la raya al otro lado, ¿no me digas que no lo sabías? Y qué me dices del corazón, nuestro músculo más selectivo y único; desde que ibas al colegio te dijeron que estaba casi en el centro del pecho pero ligeramente desviado hacia la parte izquierda. Mentían. El tuyo está en la derecha, compruébalo llevándote la mano sobre él en el espejo. La solución es simple, opina el corredor: se pone otro espejo enfrentado al primero y así tu imagen será la real. Sí, claro –piensa-, ¿pero eso lo ha hecho alguien alguna vez?

El corredor llega a su casa fatigado, muy fatigado. El portero le mira sonriendo mientras comenta: ¿cansado, eh? Si –contesta el corredor-, Fuentes Blancas cada vez está más lejos, al menos cada día tardo más en ir y volver. Quizás sean los años. El portero sigue sonriendo. El corredor le dice: Miguel, siempre te veo igual. Y el corredor también sonríe.

martes, 30 de noviembre de 2010

En el refugio de los sueños: el zapato derecho


Busqué el que hacía par levantando las hojas otoñales y no lo encontré. No es que lo necesitara, ni para componer otra fotografía, era simplemente curiosidad. El hecho de entender cómo había llegado hasta allí no era fácil.

Estábamos en la finca de unos amigos, en un pueblecito gallego y precioso llamado Valongo (creo escribirlo bien). Apareció bajo un enorme carballo; mis amigos dicen que es un árbol centenario. La verdad es que ocupa con su tronco, que no logramos abarcar entre cuatro personas, y con sus robustas ramas, una gran extensión.

Podría tratarse de un hombre cojo que lo hubiera abandonado allí, pero parecía poco probable. Además cómo habría salido de allí andando. No parecía que nadie hubiese saltado la cerca, pues no había indicios para creer en ello. Ninguno de mis amigos lo había tirado allí, también era impensable. Además el zapato no presentaba un estado de deterioro, era simplemente un zapato más, todavía en uso. Sin duda había sido arrojado hasta allí por encima de la valla que rodea la finca. Pero debía de ser una persona poderosa ya que el cercado además de alto dista lejos del lugar que ocupaba el zapato.

La hojarasca lo envolvía como si fuera una cama donde reposara. Había pertenecido a un hombre pues el tamaño de número era de un cuarenta y dos o cuarenta y tres. Difícil saber cuándo había quedado allí abandonado; no parecía haber transcurrido mucho tiempo, pues las hojas caídas del carballo y castaños que también ocupan la zona lo hubieran cubierto por completo.

La primera sensación que producía su contemplación era que el cuerpo de una persona debía de estar sepultado por aquella maraña de hojas ocres, y que tan sólo su pie había quedado a descubierto. Pero no, el cuerpo no estaba, hubiese sido demasiado novelesco. La imaginación no da para tanto. Pero extraño, sí que era. Nadie lo dio demasiada importancia. Pero quién se deshace sólo de un zapato. Hay mil sitios dónde tirar el otro, pero por qué molestarse. De la persona que es desaprensiva y le importa poco el medio ambiente es lógico pensar que hubiera arrojado el par. El otro, si es que existía, casi con seguridad no estaba allí.

Nos habíamos sentado en el zaguán de la casa a tomar un aperitivo. El lugar, entre tranquilo y bello, ofrecía todos los acondicionamientos para pasar una agradable velada: el lugar como digo, la amistad, el empanada de zamburiñas, el vino blanco bien frío…, en fin para que seguir. En medio de la animada charla, inconsciente de mí, se me ocurrió preguntar:

-¿En este pueblo no hay ningún cojo? La carcajada que recogió mi pregunta fue general. Ya estás con tus fantasías -me dijeron mientras seguíamos comiendo y bebiendo-. También yo sonreí pero mi cabeza seguía dando vueltas; no me podía evadir del dichoso zapato.

-Pues sí había un cojo en el pueblo, al menos lo hubo -el cantinero del pueblo disipó mis dudas-. Se llamaba Herminio, “el mancado” le llamábamos. Creo que era su pierna izquierda la que le faltaba a partir de la rodilla. Pero es curioso tampoco tengo la seguridad, tal vez fuera la derecha. Hace ya varios años que Herminio murió –añadió.

-La derecha le faltaba – intervine.

-¿Por qué lo sabes? -preguntó uno de mis amigos, que ya se iban interesando en el asunto.

-Porque el zapato encontrado es el derecho y está prácticamente nuevo; supongo que habrá estado en casa de ese hombre hasta que alguien decidió deshacerse de él y arrojarlo a vuestra finca. Con el derecho le enterrarían al bueno de Herminio.

-Así debió de ser –continuó Manuel el cantinero- Se mancó la pierna mientras pastoreaba con las vacas por el monte. La versión oficial es que un animal resbaló y cayó sobre Herminio. Éste pasó dos días con sus noches en el monte hasta que la familia dio con él; se encontraba en un estado lamentable, como imaginarán. La pierna, ante la posibilidad de gangrena, tuvieron que amputársela.

-¿La versión oficial, dice? –pregunté extrañado.

-Bueno ya sabéis como es la gente en los pueblos. Habladurías. Nunca se supo a ciencia cierta.

-¿Qué comentaba la gente? –preguntó otro de los amigos, ya totalmente entregados a la causa.

-No sé si debiera de contarlo. Creo que pasados ya tantos años no importará. Tan sólo vive una hija de Herminio y está ya mayor. Se dijo que al pastor le quebró la pierna, intencionadamente, la familia de una moza del pueblo a la que el pastor pretendía. Nunca se logró saber la verdad pues el cojo calló. Le lisiaron y le abandonaron a su suerte; supongo que hubo más amenazas. Eso es lo que se contó por aquellos años, recién acabada la guerra. A nadie, en aquellos años, le gustaba meterse en líos y todos lo dejaron correr. Pero la verdad es que Herminio nunca más se volvió a acercar a Mercedes, la moza de la que hablaba. Guapa, por cierto, que era, y con la que tantas veces había bailado en las fiestas del pueblo. Me figuro que de ser cierta esta historia, todo se debió a que no era un hombre con posición y la familia de la chica buscaba para ella un pretendiente de más nivel. Mala gente. Cosas de aquellos tiempos que a unos les vinieron bien y que la mayoría tuvo que sufrirlos.

Aclarado el asunto continuamos hablando de los años de infancia de mis amigos en aquel valle, pero esa ya es otra historia.

PD. La historia del cojo y los personajes son totalmente inventados, pero la belleza de aquel valle es auténtica, y el zapato seguirá debajo del enorme roble, degradándose poco a poco.

martes, 23 de noviembre de 2010

En el refugio de los sueños: La piedra.

El escritor no sabe qué camino seguir. Sus historias pueden hablar de victorias o de fracasos, ser graciosas o simplemente tristes, pueden hablar de soledad, de amor, de dinero, o simplemente de fabulaciones que le vienen a la mente.

El escritor aún no sabe que va a encontrar el amor de la forma más simple. El amor viaja con él; allí a donde vaya encontrará el amor sin apenas darse cuenta. Es como una lotería en la que jugase todos los números.

“Últimos días de abril de mil novecientos setenta y dos, el escritor pasea con su novia por una playa de Málaga, no recuerda si fue en Marbella, en Torremolinos o alguna pequeña cala que por aquellos años de la década de los setenta aún existían.

Se iban a haber casado ese mismo año pero, por esas cosas que a veces tiene el destino o la vida sin más, no pudieron hacerlo hasta el año siguiente: el setenta y tres. Por otro lado eran también años en los que trabajaban muchas personas en las empresas, pues no existía la informatización ni los tecnicismos de ahora, lo cual motivaba que no hubiera manera de hacer cambios en las vacaciones que habían solicitado. Así que como no pudieron casarse se fueron de viaje de novios, nunca mejor dicho, ante la “alegre consternación” de familiares de ambos. ¡Qué tiempos, madre! Era, por otro lado la época de los hippies, y algo debía de pegarse.

A lo que iba, paseaban por la playa y se chocaron con ella: con la piedra…, con la piedra de la foto, que a poco que se observe tenía auténtica forma de corazón, vamos todo un presentimiento. El se agachó, el agua del mar mojó sus rodillas, la cogió del suelo; hubo de apartarla de las que la rodeaban. Pesa le dijo a ella. Su novia la tomó entre sus manos y a poco se le cae. Ya lo creo que pesa. Al menos dos kilos –dijo-. Y, ¿qué hacemos con ella? ¿Te has fijado la forma que tiene? Es un corazón casi perfecto –dijo el chico-. Es cómo si el mar la hubiese ido modelando para nosotros, y ahora nos la entregara. Si es así deberíamos guardarla. ¡Pesa dos kilos o más! No importa –sentenció la chica-, nos la llevaremos a casa.

Fueron pasando los años y la piedra siempre estuvo allí. Lo mismo sujetó una puerta para evitar que las corrientes de aire la cerraran, que se utilizó para adorno de macetas con flores. Durmió muchas noches, años enteros a la intemperie, en la terraza de ambos…casi abandonada; pero allí estuvo, y allí continúa todavía; nunca quisieron desprenderse de ella. Lo sé de buena tinta.”