Pienso que no estoy haciendo las cosas bien –comentó Cristina a Luis-. No estoy llevando a cabo una labor propiamente periodística. Creo que…
-¿Cristina, aún no has empezado a estudiar en la universidad y ya quieres hacer periodismo de investigación? No me parece que debas ir por ese camino. Sigue hablando con esa señora; haz las cosas poco a poco.
- ¡Luis, la única que habla es ella! ¡No lo entiendes! Me resulta muy agradable escucharla, pero siento que necesito más. Voy a tratar de enterarme cuál es, fue - rectificó-, su vida. Su mundo actual ya lo conozco, lo que me espera puede ser apasionante. Estoy segura que ella sólo me cuenta anécdotas; soy yo la que debe profundizar. Lo malo es que el verano se acaba y en breve tendré que dejar de ir a su casa –añadió con cierta tristeza.
Aquella tarde cuando María Consolación abrió la puerta a Cristina hizo un significativo gesto de petición de silencio llevándose el dedo índice a los labios. La señora duerme – informó a Cristina en voz baja – y es posible que hoy se eche una buena siesta; los martinis de esta mañana le han debido de sentar mal –dijo mientras se dirigía hacia la cocina, seguida de cerca por Cristina.
-¿Tanto bebe? – se atrevió a preguntar Cristina.
-No, la verdad es que cada vez menos, pero la edad ya sabe señorita. Lo que realmente le gusta es hablar, sobre todo de su marido; cuando está con sus amistades no para de hacerlo. Yo creo que sufre mucho pues no soporta su pérdida. Estoy convencida de que quiere aparentar el desconocimiento de su muerte como si fuera un…un…
-¿ Un mecanismo de autodefensa?
- Sí, eso, ya le digo no para de hablar.
-Ya, eso he podido comprobarlo. Oye, María Consolación – Cristina entendió que era un buen momento para indagar -, ¿cómo se llamaba el marido de doña Soledad?
-¿El Cónsul? Alfredo Azpilicueta Otamendi. ¿Por qué?
- No, Consolación, por nada, no te preocupes, es por si la señora me pregunta – contestó Cristina mientras tomaba nota en su cuaderno, del que no se separaba.
- ¡Qué andáis cuchicheando! –sonó la voz de doña Soledad a sus espaldas asustando a las dos mujeres.
- ¿La hemos despertado, doña Soledad? Lo siento.
- No mi niña, sólo descansaba. Me ha debido sentar mal el calor de este mediodía, y eso que nunca abandono el sombrero. Ven, vamos al salón.
Apenas se apoyaba en el bastón. Cristina pudo observar, caminando detrás de la anciana, que ésta iba erguida, sin dar muestras de decadencia física. El usar la silla de ruedas sólo era una estratagema para salir de casa con más celeridad y acomodo; por lo demás no se notaban sus ochenta y seis años de vida.
Doña Soledad se dejó caer en el sillón de mimbre emitiendo un suspiro, sin duda un ardid más para que la contemplaran. Iba a comenzar a hablar, siguiendo su costumbre, pero esta vez Cristina se le anticipó para preguntarla:
- ¿El señor Azpilicueta, cuándo fue nombrado Cónsul de España en el extranjero?
- Fue en Italia, creo recordar que en el año 1955 ó 56. Tendría que mirar documentos, pero sí fue por aquellos años. No, en el cincuenta y cinco llegamos pero Alfredo era sólo agregado a la embajada. Su ascenso llegó un par de años más tarde. Hay fotografías que nos sacarían de dudas. ¡Italia, Roma, qué gran ciudad! ¡Qué fiestas!
Casi todos los días, mi niña. La música era eterna, como la ciudad. ¡Y qué belleza! Aún veo pasar ante mis ojos aquel lujo. ¡Cómo nos admiraban a Alfredo y a mí! Éramos el centro de atención. Aquel español moreno de ojos verdes y tan apuesto era el deseo de muchas italianas. ¿Verdad cariño?´-alzó la voz mientras volvía la vista hacia el pasillo- Y yo, con aquellos vestidos de Balenciaga que había llevado hasta Italia; claro que allí la moda era una forma de vida; el vestirse bien para cada ocasión era una costumbre que el círculo de amistades, donde empezamos a movernos, no abandonaba jamás. Y, claro, también contaban mis veintiocho años. ¡Hay, quién los pillara de nuevo! Pero no creas Roma también era una ciudad de contrastes, como toda Italia. La moda cambió mucho por aquellos años, ya te contaré, ya. Te decía que cuando salíamos a pasear no nos importaba movernos por otros ambientes distintos a los que estábamos acostumbrados. Te contaré una historia con la que nos encontramos al poco de llegar a ese país. Verás: Existe en Italia, en la bella ciudad de Nápoles, un barrio antiguo, quizás el más antiguo de toda la ciudad, cuya empinada calle de cantos rodados desemboca en el mar. El mediterráneo besa los pies de este barrio humilde como pago de tributo que se merece. El humeante Vesubio se alza frente a las ventanas de las casas. Casas que si bien muestran en sus fachadas el paso de los años, poseen la magia que otorga la visión del mar y del volcán. A través de dichas ventanas se cuela la luz azul y el aire dorado por el mediterráneo. Pues bien en el centro de este barrio hay un local que tiene por nombre: “El bar del café pagado”.
La historia de este bar se ha ido aposentando gracias a que hace muchos, muchos años, a un cliente asiduo, le dio por dejar pagado un café al primer necesitado que entrase a pedir una limosna o algo de comer para combatir sus necesidades. Desde entonces algunas personas dejan al marcharse:”Un café pagado”. La mayoría de los días algún vecino de este barrio pregunta desde la puerta: “¿Hay café pagado? Si la respuesta de dueño del local es afirmativa entra en el bar y sin hacer ruido toma ese café que un alma hermosa le ha obsequiado; en caso contrario cierra la puerta y volverá sin duda al día siguiente. Juran quienes conocen la historia que nunca solicitó el café quien pudiera pagarlo.
Como es lógico, nosotros también dejamos un par de cafés pagados.
lunes, 24 de marzo de 2014
martes, 18 de marzo de 2014
En el refugio de los sueños: La mujer del sombrero (5)
Se besaron en la boca. Aquello empezaba a ser una costumbre –pensó Cristina-. Luis tampoco comentó nada, le gustaba besarla.
-Hace tanto calor este verano, y eso que ya está oscureciendo. ¿Nos vamos por La Latina a tomar unas cañas? –preguntó Luis.
- Yo no puedo, soy menor. ¿No estarás incitándome a la bebida, verdad? –contestó Cristina con ironía-. Un buen amigo me ha aconsejado que no beba alcohol todavía.
- ¿Y se puede saber quién es ese simpático?
- Un buen amigo ya te lo he dicho. Pero al que a veces no hago caso –rió Cristina mientras se ponía a andar de espaldas frente al chico sin soltar su mano.
- Qué me cuentas de la gran señora.
- Pues nada, que es una gran señora.
Anochecía cuando llegaron al Mercado de la Paja. El barrio de La Latina era un hervidero de gente joven ansiosa de diversión. Quién no haya tomado unas cañas por esta zona de Madrid sin duda ha perdido parte de su existencia; eso al menos era lo que parecía decir aquella batahola de chicos y chicas que reían por el simple hecho de estar juntos, de convivir, de ser amigos en definitiva. En los bajos del mercado, convertido en parte en centro cultura, y en tanto se terminaba la construcción proyectada por el Ayuntamiento, se había instalado un cine de verano al aire libre. El pase de las películas era gratuito y mucha gente se hallaba sentada en sillas de madera dispuestas para ver las proyecciones. Cristina y Luis que habían ya repostado su primera caña de la tarde-noche y llevaban en la mano la segunda ronda, tomaron asiento. Luis posó el brazo derecho sobre el hombro de la chica y Cristina apoyó la cabeza sobre el de él. La película hacía tiempo que había comenzado pero a ellos eso apenas les importaba. Los besos se fueron sucediendo mientras la cerveza parecía ir a caer de los vasos.
Aquel lunes era especial. Hacía calor pero nubes negras se aposentaban en el cielo y parecía ir a descargar la tormenta. Cristina apenas salió del metro corrió hacia el portal de la vivienda de doña Soledad presagiando la lluvia. No había llegado cuando ésta cayó duchando a la chica en apenas unos minutos. No detuvo su carrera hasta llegar al vestíbulo dónde el portero del inmueble la recibió con una gran sonrisa.
- Estuvimos dos o tres años todavía en España, no recuerdo bien, antes de que a mí Alfonso lo nombraran Cónsul –empezó a contar doña Soledad una vez que vio llegar a Cristina, puntual como cada tarde-. Su primer destino, nuestro primer destino – corrigió- fue Italia, pero primero he de comentarte una anécdota que sucedió en España por aquellos años de postguerra y que curiosamente hizo tambalear a más de un miembro del gobierno del general Franco, ya Caudillo como supongo sabrás. Fue al poco de concluir la contienda:
Luis Alarcia Ginés estuvo en la prisión de Burgos quince años. Desde 1938 hasta la navidad de 1953. Tenía al salir treinta y siete años. La mayor parte de su juventud la pasó entre rejas. Cuando logró la libertad su aspecto físico era el de un hombre mayor. Pero la vida le estaba esperando para darle una nueva oportunidad y poder saborear una pequeña venganza en recompensa por aquello en lo que había creído, luchado y perdido.
Afiliado al Frente Popular, en Cáceres, fue capturado y hecho prisionero en el frente de Madrid y trasladado a la prisión de Burgos. Evitó un juicio sumarísimo por no haber sido un miembro destacado de aquel partido republicano; aún así se libró milagrosamente de formar parte de alguna de las “sacas” que con la llegada de la noche efectuaban sus carceleros, los cuales “sacaban” fuera de la cárcel a los vencidos de la Guerra Civil, y de los cuales no se volvía a tener conocimiento sobre su paradero.
El ocho de diciembre de 1953 pudo respirar el aire de la libertad. Solo, sin dinero, lejos de su tierra, sin amigos que le pudieran socorrer, durmió en un banco de la estación de ferrocarril de la ciudad burgalesa. Únicamente quien haya llegado a esta ciudad una noche invernal y se apeara en sus andenes, hoy demolidos, podrá entender el frío que tuvo que soportar nuestro amigo Luis; claro que peor fueron los años de cautiverio, aunque allí sí pudo contar con la amistad de otros presos republicanos como él. A algunos les vio sacar a culetazos de las celdas; otros, como él, sobrevivieron y su amistad perduró durante el resto de sus vidas.
Buscar trabajo era su principal preocupación. Hasta encontrarlo vivió de la caridad de la gente, como tantos otros que habían sido alejados de sus hogares. Por aquellos años era difícil viajar, sobre todo si no se disponía de dinero. Además a Luis nadie le esperaba en Extremadura: sus padres habían muerto como consecuencia o a causa de aquella incivil confrontación entre hermanos. Probó suerte. El trabajo era escaso. Al final lo fortuna le sonrió.
El general Franco había inaugurado en julio de aquel mismo año la Fábrica de Moneda y Timbre; ésta apenas había iniciado su funcionamiento. El historial de nuestro hombre, si es que alguna vez lo hubo, no trascendió, y Luis fue admitido. Su primera labor fue de carretillero: traer y llevar de un lugar a otro el papel con el que se confeccionaban los billetes. Cuando años más tarde llegó el metal para la fabricación de las monedas, él ya había abandonado aquella primera labor. Llegó a oficial de primera encargado del troquelado de las monedas. Cuarenta y dos años más tarde se jubiló: tenía cerca de setenta años. Pero antes, al cumplir los cuarenta y tres pudo sonreír, reír a carcajadas sería más preciso decir.
Antes de las carcajadas su solitaria cama se llenó de muchas noches de incertidumbre- explicó haciendo un inciso.
-Supongo – dijo la anciana desviando la mirada de la ventana a la que parecía sujeta por un lazo inasible- que tu cama seguirá solitaria, ¿verdad mi niña?
- Claro, doña Soledad. ¡Qué cosas se le ocurren!
Luis trabajaba- suspiró, para continuar-, junto a una veintena de compañeros, en la cadena de fabricación de monedas. El ruido de las máquinas era ensordecedor. Apenas si podían mantener algún tipo de comunicación entre ellos, por lo que pasaban la jornada sumidos en su trabajo, y en el caso de Luis absorto en sus propios pensamientos. Pensamientos que le trasladaban a los calabozos de la prisión y a la pérdida de dignidad y libertad que tuvo que soportar. Pero cómo vengarse…
Con los troqueles preparaban para su fabricación monedas de: cinco céntimos, de diez, de veinticinco, de cincuenta (los llamados dos reales o caraba), de una peseta, la famosa “rubia” por su color y que era la unidad de todo el sistema monetario. Fabricaban así mismo, la moneda de cinco pesetas y la de cien que sólo ostentaban las clases pudientes de aquellos años. A diario pasaban por sus manos y por las de sus compañeros, de forma indistinta y arbitraria, la creación de aquellas monedas. Trabajaban al unísono por lo que cualquiera de ellos podía estar trabajando en una única moneda o en varias el mismo día.
A Luis Alarcia Ginés le dieron aquella mañana calurosa del mes de agosto, pocos días antes de tomar un período de vacaciones, el troquel para fabricar la moneda de cincuenta céntimos.
El troquel venía dividido en diez partes, que el operario tenía que ordenar según el diseño de la moneda que se le adjuntaba. Luis se sabía de memoria la combinación, pero en aquella ocasión, se fijó en una de las piezas y… sonrió.
La moneda de cincuenta céntimos era, sin duda, la más popular entre la gente, quizás por el vacío que tenía en su centro. Aquel agujero, en muchos casos, era utilizado por la juventud de la época para adosarlo con un remache a un cinturón. Con un buen número de ellas se fabricaba, caseramente, quizás uno de los primeros complementos de moda masculina. Pero vamos a lo que nos interesa.
Aquella moneda de cincuenta céntimos con su agujero interior era llamada: “caraba” (nunca supe el porqué de dicho nombre). En su anverso se podían ver: la palabra España en mayúsculas, haciendo arco con el exterior de la moneda, el año de acuñación, el timón y un ancla de barco. En su reverso coexistían; el 50 en numeral, la palabra céntimos debajo de la cifra, y el escudo de España con el yugo y las flechas. Luis seguía sonriendo.
La tirada, como de costumbre, cada vez que se hacía era de 25.000 monedas. Veinticinco mil sonrisas.
Después de una semana, tiempo en que las monedas fabricadas ya circulaban, y un día antes de tomar vacaciones, Luis pidió permiso para hablar con su directo superior. Ya en el despacho le expuso la razón de su inquietud. A su jefe un color se le iba y otro se le venía. Incrédulo, hasta que Luis le mostró una de las monedas, que según le dijo le habían dado en un comercio burgalés, estuvo a punto del desmayo: “El yugo y las flechas de la Falange Española lucía brillante en la moneda, pero boca abajo”.
Intolerable, esto es intolerable, bramaba el director de la Fábrica de Moneda y Timbre. ¡Que me traigan al causante de este atropello, inmediatamente!
¿Causante? ¿Quién era el causante?
Un error, sólo un error, señor Director. Hay que andar con pies de plomo y tratar de sacar de la circulación las monedas –se atrevió a esgrimir el subordinado- Y menos mal que Luis Alarcia nos ha puesto en sobre aviso.
Fueron unas vacaciones llenas de incertidumbre para Luis. Durante aquellos días estuvo al acecho de una llamada de la fábrica. Esta no se produjo y con el fin de las vacaciones y el regreso a su trabajo, se disipó aquel motivo de preocupación. Por fin pudo sonreír, reír de placer, la calle estaba regada de aquellas monedas.
-Hace tanto calor este verano, y eso que ya está oscureciendo. ¿Nos vamos por La Latina a tomar unas cañas? –preguntó Luis.
- Yo no puedo, soy menor. ¿No estarás incitándome a la bebida, verdad? –contestó Cristina con ironía-. Un buen amigo me ha aconsejado que no beba alcohol todavía.
- ¿Y se puede saber quién es ese simpático?
- Un buen amigo ya te lo he dicho. Pero al que a veces no hago caso –rió Cristina mientras se ponía a andar de espaldas frente al chico sin soltar su mano.
- Qué me cuentas de la gran señora.
- Pues nada, que es una gran señora.
Anochecía cuando llegaron al Mercado de la Paja. El barrio de La Latina era un hervidero de gente joven ansiosa de diversión. Quién no haya tomado unas cañas por esta zona de Madrid sin duda ha perdido parte de su existencia; eso al menos era lo que parecía decir aquella batahola de chicos y chicas que reían por el simple hecho de estar juntos, de convivir, de ser amigos en definitiva. En los bajos del mercado, convertido en parte en centro cultura, y en tanto se terminaba la construcción proyectada por el Ayuntamiento, se había instalado un cine de verano al aire libre. El pase de las películas era gratuito y mucha gente se hallaba sentada en sillas de madera dispuestas para ver las proyecciones. Cristina y Luis que habían ya repostado su primera caña de la tarde-noche y llevaban en la mano la segunda ronda, tomaron asiento. Luis posó el brazo derecho sobre el hombro de la chica y Cristina apoyó la cabeza sobre el de él. La película hacía tiempo que había comenzado pero a ellos eso apenas les importaba. Los besos se fueron sucediendo mientras la cerveza parecía ir a caer de los vasos.
Aquel lunes era especial. Hacía calor pero nubes negras se aposentaban en el cielo y parecía ir a descargar la tormenta. Cristina apenas salió del metro corrió hacia el portal de la vivienda de doña Soledad presagiando la lluvia. No había llegado cuando ésta cayó duchando a la chica en apenas unos minutos. No detuvo su carrera hasta llegar al vestíbulo dónde el portero del inmueble la recibió con una gran sonrisa.
- Estuvimos dos o tres años todavía en España, no recuerdo bien, antes de que a mí Alfonso lo nombraran Cónsul –empezó a contar doña Soledad una vez que vio llegar a Cristina, puntual como cada tarde-. Su primer destino, nuestro primer destino – corrigió- fue Italia, pero primero he de comentarte una anécdota que sucedió en España por aquellos años de postguerra y que curiosamente hizo tambalear a más de un miembro del gobierno del general Franco, ya Caudillo como supongo sabrás. Fue al poco de concluir la contienda:
Luis Alarcia Ginés estuvo en la prisión de Burgos quince años. Desde 1938 hasta la navidad de 1953. Tenía al salir treinta y siete años. La mayor parte de su juventud la pasó entre rejas. Cuando logró la libertad su aspecto físico era el de un hombre mayor. Pero la vida le estaba esperando para darle una nueva oportunidad y poder saborear una pequeña venganza en recompensa por aquello en lo que había creído, luchado y perdido.
Afiliado al Frente Popular, en Cáceres, fue capturado y hecho prisionero en el frente de Madrid y trasladado a la prisión de Burgos. Evitó un juicio sumarísimo por no haber sido un miembro destacado de aquel partido republicano; aún así se libró milagrosamente de formar parte de alguna de las “sacas” que con la llegada de la noche efectuaban sus carceleros, los cuales “sacaban” fuera de la cárcel a los vencidos de la Guerra Civil, y de los cuales no se volvía a tener conocimiento sobre su paradero.
El ocho de diciembre de 1953 pudo respirar el aire de la libertad. Solo, sin dinero, lejos de su tierra, sin amigos que le pudieran socorrer, durmió en un banco de la estación de ferrocarril de la ciudad burgalesa. Únicamente quien haya llegado a esta ciudad una noche invernal y se apeara en sus andenes, hoy demolidos, podrá entender el frío que tuvo que soportar nuestro amigo Luis; claro que peor fueron los años de cautiverio, aunque allí sí pudo contar con la amistad de otros presos republicanos como él. A algunos les vio sacar a culetazos de las celdas; otros, como él, sobrevivieron y su amistad perduró durante el resto de sus vidas.
Buscar trabajo era su principal preocupación. Hasta encontrarlo vivió de la caridad de la gente, como tantos otros que habían sido alejados de sus hogares. Por aquellos años era difícil viajar, sobre todo si no se disponía de dinero. Además a Luis nadie le esperaba en Extremadura: sus padres habían muerto como consecuencia o a causa de aquella incivil confrontación entre hermanos. Probó suerte. El trabajo era escaso. Al final lo fortuna le sonrió.
El general Franco había inaugurado en julio de aquel mismo año la Fábrica de Moneda y Timbre; ésta apenas había iniciado su funcionamiento. El historial de nuestro hombre, si es que alguna vez lo hubo, no trascendió, y Luis fue admitido. Su primera labor fue de carretillero: traer y llevar de un lugar a otro el papel con el que se confeccionaban los billetes. Cuando años más tarde llegó el metal para la fabricación de las monedas, él ya había abandonado aquella primera labor. Llegó a oficial de primera encargado del troquelado de las monedas. Cuarenta y dos años más tarde se jubiló: tenía cerca de setenta años. Pero antes, al cumplir los cuarenta y tres pudo sonreír, reír a carcajadas sería más preciso decir.
Antes de las carcajadas su solitaria cama se llenó de muchas noches de incertidumbre- explicó haciendo un inciso.
-Supongo – dijo la anciana desviando la mirada de la ventana a la que parecía sujeta por un lazo inasible- que tu cama seguirá solitaria, ¿verdad mi niña?
- Claro, doña Soledad. ¡Qué cosas se le ocurren!
Luis trabajaba- suspiró, para continuar-, junto a una veintena de compañeros, en la cadena de fabricación de monedas. El ruido de las máquinas era ensordecedor. Apenas si podían mantener algún tipo de comunicación entre ellos, por lo que pasaban la jornada sumidos en su trabajo, y en el caso de Luis absorto en sus propios pensamientos. Pensamientos que le trasladaban a los calabozos de la prisión y a la pérdida de dignidad y libertad que tuvo que soportar. Pero cómo vengarse…
Con los troqueles preparaban para su fabricación monedas de: cinco céntimos, de diez, de veinticinco, de cincuenta (los llamados dos reales o caraba), de una peseta, la famosa “rubia” por su color y que era la unidad de todo el sistema monetario. Fabricaban así mismo, la moneda de cinco pesetas y la de cien que sólo ostentaban las clases pudientes de aquellos años. A diario pasaban por sus manos y por las de sus compañeros, de forma indistinta y arbitraria, la creación de aquellas monedas. Trabajaban al unísono por lo que cualquiera de ellos podía estar trabajando en una única moneda o en varias el mismo día.
A Luis Alarcia Ginés le dieron aquella mañana calurosa del mes de agosto, pocos días antes de tomar un período de vacaciones, el troquel para fabricar la moneda de cincuenta céntimos.
El troquel venía dividido en diez partes, que el operario tenía que ordenar según el diseño de la moneda que se le adjuntaba. Luis se sabía de memoria la combinación, pero en aquella ocasión, se fijó en una de las piezas y… sonrió.
La moneda de cincuenta céntimos era, sin duda, la más popular entre la gente, quizás por el vacío que tenía en su centro. Aquel agujero, en muchos casos, era utilizado por la juventud de la época para adosarlo con un remache a un cinturón. Con un buen número de ellas se fabricaba, caseramente, quizás uno de los primeros complementos de moda masculina. Pero vamos a lo que nos interesa.
Aquella moneda de cincuenta céntimos con su agujero interior era llamada: “caraba” (nunca supe el porqué de dicho nombre). En su anverso se podían ver: la palabra España en mayúsculas, haciendo arco con el exterior de la moneda, el año de acuñación, el timón y un ancla de barco. En su reverso coexistían; el 50 en numeral, la palabra céntimos debajo de la cifra, y el escudo de España con el yugo y las flechas. Luis seguía sonriendo.
La tirada, como de costumbre, cada vez que se hacía era de 25.000 monedas. Veinticinco mil sonrisas.
Después de una semana, tiempo en que las monedas fabricadas ya circulaban, y un día antes de tomar vacaciones, Luis pidió permiso para hablar con su directo superior. Ya en el despacho le expuso la razón de su inquietud. A su jefe un color se le iba y otro se le venía. Incrédulo, hasta que Luis le mostró una de las monedas, que según le dijo le habían dado en un comercio burgalés, estuvo a punto del desmayo: “El yugo y las flechas de la Falange Española lucía brillante en la moneda, pero boca abajo”.
Intolerable, esto es intolerable, bramaba el director de la Fábrica de Moneda y Timbre. ¡Que me traigan al causante de este atropello, inmediatamente!
¿Causante? ¿Quién era el causante?
Un error, sólo un error, señor Director. Hay que andar con pies de plomo y tratar de sacar de la circulación las monedas –se atrevió a esgrimir el subordinado- Y menos mal que Luis Alarcia nos ha puesto en sobre aviso.
Fueron unas vacaciones llenas de incertidumbre para Luis. Durante aquellos días estuvo al acecho de una llamada de la fábrica. Esta no se produjo y con el fin de las vacaciones y el regreso a su trabajo, se disipó aquel motivo de preocupación. Por fin pudo sonreír, reír de placer, la calle estaba regada de aquellas monedas.
miércoles, 12 de marzo de 2014
En el refugio de los sueños: La mujer del sombrero (4)
- ¡Ah!, me llamo Rubén, por si dentro de unos meses… se acerca por aquí.
- Cristina –dijo la chica tendiendo la mano a Rubén, mientras de su boca salía una hermosa carcajada.
Cristina esperaba con ansiedad la llegada de las cinco de la tarde para hacer su visita a doña Soledad. No se trataba de una rutina, era casi un deseo que transcurriese la mañana para ir a visitar a aquella anciana. Consolación, la chica que le atendía, la llevaba a pasear todas las mañanas por los alrededores de La Castellana. Lo del paseo matinal era una excusa buscada y pactada entre la señora y “su ayudante”- como gustaba llamar a Consolación ante sus amistades-, porque lo que en realidad acontecía en esas horas es que doña Soledad se dejaba llevar a las cafeterías de cócteles que desde siempre habían existido por La Castellana y a las que tan aficionada era la mujer del Cónsul –como la llamaban sus amigas, la mayoría de la misma edad y que seguían sobreviviendo a los avatares de la vida, cóctel tras cóctel-. Por la tarde doña Soledad prefería quedarse en casa dormitando en su sillón favorito -victima de los “martínis” ingerídos-, junto al enorme ventanal que llenaba de luz el salón. Siempre le decía a la muchacha que a esas horas le gustaba leer, pero la verdad es que los años le iban pasando factura y podía más el placer de la siesta que el goce de la lectura.
- En 1945 yo tenía 20 años y en España pasaban cosas, ya lo creo que pasaban- comenzó a hablar Soledad sin apenas dejar sentarse a Cristina, a la que el dar las buenas tardes le empezó a parecer cosa inútil puesto que tenía la sensación, por el comportamiento de la anciana señora,de no haber abandonado aquella casa desde el día anterior-. Acabábamos de casarnos: Alfredo y yo. ¿Ya sabes el cónsul’, claro que por entonces aún no lo era. Era abogado adscrito al ministerio de exteriores español, ahí empezó su carrera diplomática. A lo que iba…en España, aunque hacía diez años que había acabado la guerra se oían de vez en cuando historias que entonces parecían increíbles, pero a las que el paso de los años les han otorgado el rango de veracidad. Verás:… Ahora que lo pienso mi niña, ¿tú sabes quiénes eran los maquis?
-Sí, claro doña Soledad, eran guerrilleros que sobrevivieron a la Guerra Civil, que huyeron a las montañas y estuvieron a punto de lograr instaurar de nuevo a la República.
-Tan poco te pases, criatura, que no fue para tanto, aunque sí dieron guerra, sí. Y valientes sí eran, ya lo creo. Pues verás: Habían pasado ya cinco años desde aquel primero de abril del treinta y nueve. Los primeros indicios se dieron tras el caluroso verano. En la taberna de aquel pueblo escondido entre las montañas no se hablaba de otra cosa: los guerrilleros republicanos habían regresado por el Valle de Arán y se estaban posicionando por la serranía oscense. Había cierto temor entre la población del pequeño pueblo de Lascuarre. El recuerdo de la cercana Guerra Civil anidaba en los corazones de sus habitantes. Poca era la gente que deseaba, de nuevo, la confrontación con las fuerzas del nuevo régimen. Los guardias civiles y el propio ejército franquista controlaban la frontera con Francia para impedir que los republicanos que habían logrado huir, en los últimos días de la guerra, pudieran regresar. Lo que ignoraban era que algunos nunca se habían marchado y permanecían escondidos en sus hogares o en las casas de sus amigos o familiares.
Andrés Luque se había casado con su novia de toda la vida. Ella se llamaba Carmen, Carmen Rubí Pla y había nacido en la humilde casa, contigua a la de Andrés, en aquel pueblo de la provincia de Huesca. En la primavera del año treinta y seis, y sin intuir tan siquiera los sucesos de meses después, Andrés y Carmen se desposaron en el salón principal del ayuntamiento. Fue un día festivo en el que los protagonistas se juraron aquel amor eterno que habían conocido desde su adolescencia, y del que participaron la mayoría de los lugareños.
Andrés estaba afiliado a la Casa del Pueblo desde que cumplió los veintiún años de edad. Socialista convencido, no participaba, sin embargo, en actividades del comité por lo que no era considerado un miembro relevante del mismo. Cuando estalló la guerra formó parte de los batallones republicanos que lucharon contra los rebeldes. El curso de la confrontación le deparó, como a tantos otros, el tener que alejarse de su esposa y de los suyos durante tres interminables años. Apenas estuvo con Carmen durante la contienda: sólo durante algún permiso y en momentos en que el frente se desplazaba por otras zonas de la geografía española...
-Me sigues, mi niña, ¿no te estarás durmiendo, verdad?
- No, no, doña Soledad, me parece muy interesante lo que usted me cuenta, sólo qué…
-¿Qué? ¡Explícate!, que no tengo toda la tarde.
- No, nada, que en la Universidad me dijeron que era yo quién tenía que contarle historias para que la tarde no se le hiciese tediosa, y resulta que es usted la que me entretiene a mí, pero que sepa que estoy encantada.
- Y eso que más da, yo también estoy encanta de que estés aquí, me recuerdas a Marisa, mi sobrina, pero eso ya te lo contaré otro día. A lo que íbamos:
…La guerra terminó aquél 1 de abril, y como sucede en todas las guerras vino a finalizar para los vencedores. Los vencidos tuvieron que huir en su inmensa mayoría. Andrés y sus compañeros tenían fácil la escapatoria: los pirineos estaban cerca. Pero Andrés decidió quedarse. No lo dudó. Para él Carmen lo era todo, lo demás poco le importaba. Hubo de esconderse, al principio de casa en casa de amigos y familiares y siempre con el temor a ser delatado. Optó al final por ocultarse en su propio hogar tras hacer correr el rumor de haber huido definitivamente. Tras la chimenea de la cocina habilitaron un pequeño espacio comunicado por el exterior de la vivienda. Allí permaneció oculto durante casi cinco años. Alguna noche salía de su madriguera a respirar el aire que descendía desde las montañas cercanas y a abrazar a su esposa. Únicamente Carmen y Antonio Fraguas Luque, hijo de su tía Ángela, sabían de su existencia. La Guardia Civil, aunque revisó su casa en más de una ocasión, nunca dio con el escondrijo. Para los lugareños Andrés se había echado al monte, o en el peor de los casos lo dieron por muerto. Cuando los maquis aparecieron por el valle de Isábena, nadie dudó que Andrés, se encontraría entre ellos, salvo que hubiera caído en manos de la Guardia Civil, pues raro era el día que no viajaban hasta el pueblo noticias desalentadoras sobre el destino de aquellos últimos guerrilleros que uno a uno fueron siendo abatidos.
El tiempo, ese eterno señor que quita y pone razones, empezó a obrar en contra de Carmen. La mujer quedó preñada. Su embarazo se hacía día a día evidente…
- Por cierto ¿tú tendrás cuidado con esas cosas, no? ¿Me dijiste qué tenías novio, no?
- La verdad, doña Soledad, es que no recuerdo habérselo dicho. Y novio, novio, lo que se dice novio pues no tengo aún.
- Pues ten cuidado mi niña. Por dónde iba… ah, sí…
…Habían tomado durante más de cuatro larguísimos años de cautiverio todo tipo de preocupaciones a su alcance; pero al final la naturaleza se había impuesto. Desde su conocimiento Carmen se pasaba el día penando de habitación en habitación. Apenas sí salía a la calle. Andrés se martirizaba en su agujero sin hallar respuesta a su incertidumbre. Si aparecía era evidente que la Guardia Civil caería sobre él, pero no podía dejar a su esposa en boca de las habladurías de la gente del pueblo. Él no existía.
Andrés y Carmen jamás pudieron pensar que la solución vendría del primo Antonio. Éste les propuso casarse con Carmen y dar sus apellidos a la criatura que habría de venir. ¿Solución? No era fácil tomar una decisión y tampoco el tiempo obraba en su favor.
Quizás sea éste un momento para el amor, para el auténtico amor. Por amor a su mujer y a la vida que habría de tener su hijo, Andrés cedió. Ello suponía alejarse de su casa, abandonar a Carmen y convertir a Antonio en el padre de aquella criatura que había de nacer pronto y que él había engendrado en el vientre de su esposa.
Andrés se echó al monte. El valle de Isábena lo acogió y nunca más se supo de él.
Las autoridades no pusieron ningún tipo de impedimento a que Carmen y Andrés se desposaran por la iglesia, toda vez que no se tenían noticias de Andrés desde hacía más de cuatro años y no daban autenticidad a los matrimonios civiles contraídos en la época republicana. Así pues Carmen y Antonio se casaron. Andrés, Andresito como le empezaron a llamar a medida que fue creciendo y correteaba por las calles del pueblo, se convirtió con el paso de los años en: “el sobrino del maqui”.
El sol aún brillaba en el Paseo de La Castellana; los últimos días de agosto se estaban haciendo insoportables. Treinta y cinco grados marcaban los paneles de los termómetros. Cristina al salir de casa de la señora Mendieta de Queirós, como la gustaba le llamaran, utilizó la carpeta de notas para abanicarse. Esa tarde decidió tomar el tren en Nuevos Ministerios; era viernes y había quedado con Luis.
- Cristina –dijo la chica tendiendo la mano a Rubén, mientras de su boca salía una hermosa carcajada.
Cristina esperaba con ansiedad la llegada de las cinco de la tarde para hacer su visita a doña Soledad. No se trataba de una rutina, era casi un deseo que transcurriese la mañana para ir a visitar a aquella anciana. Consolación, la chica que le atendía, la llevaba a pasear todas las mañanas por los alrededores de La Castellana. Lo del paseo matinal era una excusa buscada y pactada entre la señora y “su ayudante”- como gustaba llamar a Consolación ante sus amistades-, porque lo que en realidad acontecía en esas horas es que doña Soledad se dejaba llevar a las cafeterías de cócteles que desde siempre habían existido por La Castellana y a las que tan aficionada era la mujer del Cónsul –como la llamaban sus amigas, la mayoría de la misma edad y que seguían sobreviviendo a los avatares de la vida, cóctel tras cóctel-. Por la tarde doña Soledad prefería quedarse en casa dormitando en su sillón favorito -victima de los “martínis” ingerídos-, junto al enorme ventanal que llenaba de luz el salón. Siempre le decía a la muchacha que a esas horas le gustaba leer, pero la verdad es que los años le iban pasando factura y podía más el placer de la siesta que el goce de la lectura.
- En 1945 yo tenía 20 años y en España pasaban cosas, ya lo creo que pasaban- comenzó a hablar Soledad sin apenas dejar sentarse a Cristina, a la que el dar las buenas tardes le empezó a parecer cosa inútil puesto que tenía la sensación, por el comportamiento de la anciana señora,de no haber abandonado aquella casa desde el día anterior-. Acabábamos de casarnos: Alfredo y yo. ¿Ya sabes el cónsul’, claro que por entonces aún no lo era. Era abogado adscrito al ministerio de exteriores español, ahí empezó su carrera diplomática. A lo que iba…en España, aunque hacía diez años que había acabado la guerra se oían de vez en cuando historias que entonces parecían increíbles, pero a las que el paso de los años les han otorgado el rango de veracidad. Verás:… Ahora que lo pienso mi niña, ¿tú sabes quiénes eran los maquis?
-Sí, claro doña Soledad, eran guerrilleros que sobrevivieron a la Guerra Civil, que huyeron a las montañas y estuvieron a punto de lograr instaurar de nuevo a la República.
-Tan poco te pases, criatura, que no fue para tanto, aunque sí dieron guerra, sí. Y valientes sí eran, ya lo creo. Pues verás: Habían pasado ya cinco años desde aquel primero de abril del treinta y nueve. Los primeros indicios se dieron tras el caluroso verano. En la taberna de aquel pueblo escondido entre las montañas no se hablaba de otra cosa: los guerrilleros republicanos habían regresado por el Valle de Arán y se estaban posicionando por la serranía oscense. Había cierto temor entre la población del pequeño pueblo de Lascuarre. El recuerdo de la cercana Guerra Civil anidaba en los corazones de sus habitantes. Poca era la gente que deseaba, de nuevo, la confrontación con las fuerzas del nuevo régimen. Los guardias civiles y el propio ejército franquista controlaban la frontera con Francia para impedir que los republicanos que habían logrado huir, en los últimos días de la guerra, pudieran regresar. Lo que ignoraban era que algunos nunca se habían marchado y permanecían escondidos en sus hogares o en las casas de sus amigos o familiares.
Andrés Luque se había casado con su novia de toda la vida. Ella se llamaba Carmen, Carmen Rubí Pla y había nacido en la humilde casa, contigua a la de Andrés, en aquel pueblo de la provincia de Huesca. En la primavera del año treinta y seis, y sin intuir tan siquiera los sucesos de meses después, Andrés y Carmen se desposaron en el salón principal del ayuntamiento. Fue un día festivo en el que los protagonistas se juraron aquel amor eterno que habían conocido desde su adolescencia, y del que participaron la mayoría de los lugareños.
Andrés estaba afiliado a la Casa del Pueblo desde que cumplió los veintiún años de edad. Socialista convencido, no participaba, sin embargo, en actividades del comité por lo que no era considerado un miembro relevante del mismo. Cuando estalló la guerra formó parte de los batallones republicanos que lucharon contra los rebeldes. El curso de la confrontación le deparó, como a tantos otros, el tener que alejarse de su esposa y de los suyos durante tres interminables años. Apenas estuvo con Carmen durante la contienda: sólo durante algún permiso y en momentos en que el frente se desplazaba por otras zonas de la geografía española...
-Me sigues, mi niña, ¿no te estarás durmiendo, verdad?
- No, no, doña Soledad, me parece muy interesante lo que usted me cuenta, sólo qué…
-¿Qué? ¡Explícate!, que no tengo toda la tarde.
- No, nada, que en la Universidad me dijeron que era yo quién tenía que contarle historias para que la tarde no se le hiciese tediosa, y resulta que es usted la que me entretiene a mí, pero que sepa que estoy encantada.
- Y eso que más da, yo también estoy encanta de que estés aquí, me recuerdas a Marisa, mi sobrina, pero eso ya te lo contaré otro día. A lo que íbamos:
…La guerra terminó aquél 1 de abril, y como sucede en todas las guerras vino a finalizar para los vencedores. Los vencidos tuvieron que huir en su inmensa mayoría. Andrés y sus compañeros tenían fácil la escapatoria: los pirineos estaban cerca. Pero Andrés decidió quedarse. No lo dudó. Para él Carmen lo era todo, lo demás poco le importaba. Hubo de esconderse, al principio de casa en casa de amigos y familiares y siempre con el temor a ser delatado. Optó al final por ocultarse en su propio hogar tras hacer correr el rumor de haber huido definitivamente. Tras la chimenea de la cocina habilitaron un pequeño espacio comunicado por el exterior de la vivienda. Allí permaneció oculto durante casi cinco años. Alguna noche salía de su madriguera a respirar el aire que descendía desde las montañas cercanas y a abrazar a su esposa. Únicamente Carmen y Antonio Fraguas Luque, hijo de su tía Ángela, sabían de su existencia. La Guardia Civil, aunque revisó su casa en más de una ocasión, nunca dio con el escondrijo. Para los lugareños Andrés se había echado al monte, o en el peor de los casos lo dieron por muerto. Cuando los maquis aparecieron por el valle de Isábena, nadie dudó que Andrés, se encontraría entre ellos, salvo que hubiera caído en manos de la Guardia Civil, pues raro era el día que no viajaban hasta el pueblo noticias desalentadoras sobre el destino de aquellos últimos guerrilleros que uno a uno fueron siendo abatidos.
El tiempo, ese eterno señor que quita y pone razones, empezó a obrar en contra de Carmen. La mujer quedó preñada. Su embarazo se hacía día a día evidente…
- Por cierto ¿tú tendrás cuidado con esas cosas, no? ¿Me dijiste qué tenías novio, no?
- La verdad, doña Soledad, es que no recuerdo habérselo dicho. Y novio, novio, lo que se dice novio pues no tengo aún.
- Pues ten cuidado mi niña. Por dónde iba… ah, sí…
…Habían tomado durante más de cuatro larguísimos años de cautiverio todo tipo de preocupaciones a su alcance; pero al final la naturaleza se había impuesto. Desde su conocimiento Carmen se pasaba el día penando de habitación en habitación. Apenas sí salía a la calle. Andrés se martirizaba en su agujero sin hallar respuesta a su incertidumbre. Si aparecía era evidente que la Guardia Civil caería sobre él, pero no podía dejar a su esposa en boca de las habladurías de la gente del pueblo. Él no existía.
Andrés y Carmen jamás pudieron pensar que la solución vendría del primo Antonio. Éste les propuso casarse con Carmen y dar sus apellidos a la criatura que habría de venir. ¿Solución? No era fácil tomar una decisión y tampoco el tiempo obraba en su favor.
Quizás sea éste un momento para el amor, para el auténtico amor. Por amor a su mujer y a la vida que habría de tener su hijo, Andrés cedió. Ello suponía alejarse de su casa, abandonar a Carmen y convertir a Antonio en el padre de aquella criatura que había de nacer pronto y que él había engendrado en el vientre de su esposa.
Andrés se echó al monte. El valle de Isábena lo acogió y nunca más se supo de él.
Las autoridades no pusieron ningún tipo de impedimento a que Carmen y Andrés se desposaran por la iglesia, toda vez que no se tenían noticias de Andrés desde hacía más de cuatro años y no daban autenticidad a los matrimonios civiles contraídos en la época republicana. Así pues Carmen y Antonio se casaron. Andrés, Andresito como le empezaron a llamar a medida que fue creciendo y correteaba por las calles del pueblo, se convirtió con el paso de los años en: “el sobrino del maqui”.
El sol aún brillaba en el Paseo de La Castellana; los últimos días de agosto se estaban haciendo insoportables. Treinta y cinco grados marcaban los paneles de los termómetros. Cristina al salir de casa de la señora Mendieta de Queirós, como la gustaba le llamaran, utilizó la carpeta de notas para abanicarse. Esa tarde decidió tomar el tren en Nuevos Ministerios; era viernes y había quedado con Luis.
jueves, 6 de marzo de 2014
En el refugio de los sueños: La mujer del sombrero (3)
-Nos tuvimos que ir de Argentina en septiembre. No sé qué pasa en este mundo que todo lo malo sucede en ese dichoso mes. Nos dio una pena enorme alejarnos de ese país, aunque realmente y pensándolo bien la verdad es que no nos alejamos demasiado. Uruguay era el siguiente destino del cónsul, Alfredo mi marido, ¿te he hablado de él alguna vez? –preguntó la anciana sin dar la sensación a Cristina de querer hacerlo, por lo que la chica no contestó-. Uruguay ¡qué gran país!; Montevideo ¡qué maravilla! El Consulado de España estaba en la calle Libertad, así a secas, sentenciando que libertad sólo hay una. Vivíamos a ocho cuadras de la playa Pocitos. La de paseos que hemos hecho Alfredo y yo del brazo, el con su magnífico “panamá” de paja y yo con este mismo sombrero. La gente se volvía a mirarnos a nuestro paso. Cada paseo era un acto de amor. ¿Te he contado que en Montevideo se abraza mucho la gente? ¿No? Bueno pues te lo cuento: En Montevideo, mi niña -aquel “niña” llegó al alma de Cristina – existe una calle empinada, muy empinada, que termina abocándose en el mar. Es una calle estrecha con casas de dos plantas, todo lo más de tres. Las fachadas, tan próximas, se protegen las unas de las otras en una especie de abrazo. Sólo da el sol en una de estas fachadas: la orientada al mediodía; en la opuesta parece habitar siempre el invierno. Las puertas y los ventanales de las casas son amplios, altos, hechos así para que entre la luz. El suelo, sin aceras, está adoquinado en círculos y en el centro de la calle se disponen en línea recta para dejar deslizar la torrentera de agua en días de lluvia. En esta calle no hay árboles, sin embargo las hojas del otoño se deslizan sin avisar hasta los herméticos zaguanes de las casas. De dónde salen es un misterio. Quizás sea el viento quién las empuja hasta allí, o tal vez el amor; ningún viejo de aquel barrio lo sabe, pero siempre vuelven revoloteando, como las olas.
A esta calle le llaman de abrazados. Me dirás que se debe a que en las noches de verano las parejas se abrazan…por cierto ¿tienes novio? –preguntó doña Soledad sin esperar respuesta, ni dar tiempo a enrojecer a Cristina, para continuar relatando-… ¿por dónde iba? ¡Ah, sí!...las parejas se abrazan mientras bajan hasta el mar en busca de brisa. Claro que tal vez se deba a que hombres y mujeres desde siempre se refugiaron en los portales de aquellas casas para amarse en silencio. Fuera de las miradas de vecinos indiscretos. Todo esto podría ser verosímil, pero la realidad es que le llaman calle de abrazados porque en las noches de domingo un hombre y una mujer vienen citándose allí como si el abrazo que les aguarda fuera el último de su existencia y sirviera para salvarlos del naufragio de sus vidas. La llaman así, curiosamente, por un solo abrazo, el último quizás, pero cuyo rito se perpetúa domingo tras domingo.
Así me lo contó una tarde de lluvia Benedetti. ¡Ya sabes, el poeta! Iba mucho por casa en aquellos años. Creo que yo le gustaba. Pobre Alfredo si se entera. Con aquellos ojillos y su bigote, ¡siempre le recuerdo canoso! Me encantaba aquel hombre.
Doña Soledad se quedó mirando al techo de la habitación. - Hora de irse pensó Cristina.
Luis no contestaba a la llamada que Cristina le hacía desde el móvil. Dónde andará –se preguntó en voz baja mientras guardaba el aparato en la bandolera-. Bajó La Castellana hacia Colón; le apetecía andar a pesar del aún sofocante calor. El sol comenzaba a declinar por Nuevos Ministerios pero su luz aún tardaría un par de horas en abandonar la capital. Contemplaba los coches que ascendían hacia la Plaza de Castilla, el bullicio de sus motores y el color de sus carrocerías llenaban de vida la gran avenida madrileña. Buscó la sombra bajo las acacias del margen izquierdo según caminaba. Las terrazas de las cafeterías, en las que pronto brillarían sus luces nocturnas, aún permanecían casi vacías, eran pocas las personas que a esas horas se encontraban en los veladores. Decidió tomar un descanso en su paseo antes de intentar contactar de nuevo con Luis. Se sentó y sacó su pequeño cuaderno para anotar las impresiones de aquella tarde con doña Soledad. Sonrió mientras escribía. La verdad es que aquella mujer estaba llena de vivencias y de buena memoria -hubo de reconocer- El camarero vio la alegría reflejada en la cara de la chica. No pudo por menos que sonreír el también, mostrando la blancura de su dentadura, mientras le preguntaba por lo que deseaba tomar.
-Una caña, por favor –contestó Cristina sin cambiar su expresión de contento.
-Discúlpeme, no deseo ser grosero, pero no puedo servir alcohol a menores –dijo el muchacho al que había abandonado la alegría– me juego el puesto de trabajo. Compréndalo.
-Tiene razón, discúlpeme usted a mí. Estamos acostumbrados a tomar cañas sin que nos las nieguen, y ya no nos damos cuenta que aún no podemos hacerlo.
-Todo se andará, no se precipite. Las disfrutará mejor dentro de unos años.
-Catorce meses, no crea, ya me voy haciendo mayor –contestó Cristina a la que aquel chico le estaba cayendo simpático. De cualquier forma es usted un buen profesional y muy amable.
-Gracias. Me gustaría poder invitarle a esa caña –dijo ruborizándose-. ¿Entonces?
-¿Me está preguntando si acepto su invitación para dentro de catorce meses? o ¿Qué quiero tomar?
Ambos se echaron a reír.
-¿Demasiado tiempo, no? – ahora era el camarero quién preguntaba.
-Sí, supongo que sí, pero quién sabe, a lo mejor me paso por aquí dentro de catorce meses. Una coca-cola, por favor.
-Ahora mismo –dijo el chico al que el rubor ya le había desaparecido del rostro.
A esta calle le llaman de abrazados. Me dirás que se debe a que en las noches de verano las parejas se abrazan…por cierto ¿tienes novio? –preguntó doña Soledad sin esperar respuesta, ni dar tiempo a enrojecer a Cristina, para continuar relatando-… ¿por dónde iba? ¡Ah, sí!...las parejas se abrazan mientras bajan hasta el mar en busca de brisa. Claro que tal vez se deba a que hombres y mujeres desde siempre se refugiaron en los portales de aquellas casas para amarse en silencio. Fuera de las miradas de vecinos indiscretos. Todo esto podría ser verosímil, pero la realidad es que le llaman calle de abrazados porque en las noches de domingo un hombre y una mujer vienen citándose allí como si el abrazo que les aguarda fuera el último de su existencia y sirviera para salvarlos del naufragio de sus vidas. La llaman así, curiosamente, por un solo abrazo, el último quizás, pero cuyo rito se perpetúa domingo tras domingo.
Así me lo contó una tarde de lluvia Benedetti. ¡Ya sabes, el poeta! Iba mucho por casa en aquellos años. Creo que yo le gustaba. Pobre Alfredo si se entera. Con aquellos ojillos y su bigote, ¡siempre le recuerdo canoso! Me encantaba aquel hombre.
Doña Soledad se quedó mirando al techo de la habitación. - Hora de irse pensó Cristina.
Luis no contestaba a la llamada que Cristina le hacía desde el móvil. Dónde andará –se preguntó en voz baja mientras guardaba el aparato en la bandolera-. Bajó La Castellana hacia Colón; le apetecía andar a pesar del aún sofocante calor. El sol comenzaba a declinar por Nuevos Ministerios pero su luz aún tardaría un par de horas en abandonar la capital. Contemplaba los coches que ascendían hacia la Plaza de Castilla, el bullicio de sus motores y el color de sus carrocerías llenaban de vida la gran avenida madrileña. Buscó la sombra bajo las acacias del margen izquierdo según caminaba. Las terrazas de las cafeterías, en las que pronto brillarían sus luces nocturnas, aún permanecían casi vacías, eran pocas las personas que a esas horas se encontraban en los veladores. Decidió tomar un descanso en su paseo antes de intentar contactar de nuevo con Luis. Se sentó y sacó su pequeño cuaderno para anotar las impresiones de aquella tarde con doña Soledad. Sonrió mientras escribía. La verdad es que aquella mujer estaba llena de vivencias y de buena memoria -hubo de reconocer- El camarero vio la alegría reflejada en la cara de la chica. No pudo por menos que sonreír el también, mostrando la blancura de su dentadura, mientras le preguntaba por lo que deseaba tomar.
-Una caña, por favor –contestó Cristina sin cambiar su expresión de contento.
-Discúlpeme, no deseo ser grosero, pero no puedo servir alcohol a menores –dijo el muchacho al que había abandonado la alegría– me juego el puesto de trabajo. Compréndalo.
-Tiene razón, discúlpeme usted a mí. Estamos acostumbrados a tomar cañas sin que nos las nieguen, y ya no nos damos cuenta que aún no podemos hacerlo.
-Todo se andará, no se precipite. Las disfrutará mejor dentro de unos años.
-Catorce meses, no crea, ya me voy haciendo mayor –contestó Cristina a la que aquel chico le estaba cayendo simpático. De cualquier forma es usted un buen profesional y muy amable.
-Gracias. Me gustaría poder invitarle a esa caña –dijo ruborizándose-. ¿Entonces?
-¿Me está preguntando si acepto su invitación para dentro de catorce meses? o ¿Qué quiero tomar?
Ambos se echaron a reír.
-¿Demasiado tiempo, no? – ahora era el camarero quién preguntaba.
-Sí, supongo que sí, pero quién sabe, a lo mejor me paso por aquí dentro de catorce meses. Una coca-cola, por favor.
-Ahora mismo –dijo el chico al que el rubor ya le había desaparecido del rostro.
domingo, 2 de marzo de 2014
En el refugio de los sueños:La mujer del sombrero (2)
Cristina atravesó el vestíbulo. Sus pequeños tacones produjeron un rítmico y sonoro ruido sobre el mármol rosáceo del suelo. El portal era de aquellos antiguos llamados de carruajes. Estaba perfectamente restaurado con molduras de escayola en lo más alto. Espejos laterales y una gran alfombra, enhebrada sobre cada escalón con barras doradas y cuidadosamente pulidas, le daban confortabilidad a la vez que achicaban aquel enorme espacio. Giró sobre sí misma contemplando las paredes y alzó la mirada sobre la enorme lámpara de cristal que volaba sobre su cabeza. Subió hasta el ático. El ascensor pertenecía al pasado: puertas de madera, acristalado, con botones y adornos también dorados, embutido en una jaula de forja parecida a una enredadera que fuese ascendiendo, recordaba a aquellos que la chica había contemplado en alguna película de cine clásico que tanto le gustaba ver por la televisión. Durante la corta ascensión, Cristina contempló, en cada rellano de escalera, la luz alegre que penetraba a través de los ventanales de “art decó”. El timbre de la puerta sonó a otros tiempos; no fue un ruido metálico, eléctrico… fue como si repiqueteara una campanilla y el eco se fuese alejando a lo largo de un corredor. La cadencia de los pasos al acercarse a la puerta pusieron en tensión a Cristina: sonaban también a tacones de película antigua –pensó la chica- La puerta se abrió. Una mujer joven, uniformada, le saludó y preguntó por su nombre y apellidos.
-Cristina Cifuentes –contestó la chica extrañada.
-Pase, doña Soledad le está esperando. Sígame, por favor.
Lo primero que vio Cristina al entrar al salón de aquella casa fue una luminosidad que le hizo entrecerrar los ojos. Los amplios ventanales de aquella habitación, de techos altos, dejaban entrar a raudales la intensa luz del exterior. Difuminada por el contraluz la chica adivinó un sillón en el que estaba sentada una mujer: doña Soledad –pensó-. La sirvienta y Cristina llegaron a la altura de la anciana.
-Has visto a mi marido, el Cónsul,…por ahí, por el pasillo –espetó la mujer nada más ver a la recién llegada.
-No…no, acabo de llegar; no le conozco señora.
-Bien, bien. María Consolación –dijo Soledad dirigiéndose a la sirvienta- Tienes que presentar a Alfredo a esta muchacha para que lo conozca cuanto antes. Si le ves dile que venga, por favor, necesito hablar con él.
Consolación se acercó a Cristina y haciéndola retroceder un par de metros para que saliera del campo de visión de la anciana, le comentó al oído que don Alfredo, el Cónsul, había fallecido hacía años, pero que doña Soledad hablaba de él como si estuviera aún vivo.
-Ya se acostumbrará –le recalcó-. Por lo demás controla su cabeza con más cordura que usted y yo.
-¡Qué demonios andáis cuchicheando a mis espaldas! ¡María Consolación a tus obligaciones!, y tú pequeña siéntate aquí, junto a mí, que te vea bien.
Mientras se sentaba, y esperaba a ser entrevistada, a Cristina le dio tiempo a observar a la mujer. Delgada de cuerpo, de piel muy fina y apenas arrugada en la cara, tenía, sin embargo, las manos muy nervosas y venillas azuladas se le podían ver sobre los tendones. Sujetaba un libro entre ellas. Vestía con elegancia una falda de fondo blanco con grandes hojas verdes y azuladas que le llegaba por debajo de las rodillas. Una blusa color lila, -quizás la luz engañe, dudó Cristina-, sobre la que descansaba un collar de perlas a juego con los pendientes. Llevaba los labios pintados de rojo carmín y una ligera sombra de ojos le daban a su cara coquetería y elegancia. Su sonrisa era franca y la dejaba entrever entre socarrona y encantadora. Cubría su cabello ceniza un sombrero blanco de ala ancha “Pánama” que sorprendía llevara puesto.
-¿Iba a salir, doña Soledad? –preguntó con inocencia la muchacha.
-Nunca se sabe. A veces lo he hecho a toda prisa. Por eso siempre estoy preparada. Visto así siempre; no sería la primera vez que Alfredo y yo hubiéramos tenido que salir del consulado nada más que con lo puesto.
La mujer miró a Cristina de arriba abajo, sin disimulo.
-¿Has visto a mi esposo? Es el más guapo del cuerpo diplomático. No ha habido en este país un cónsul con su atractivo. Todas las mujeres están prendadas de él…bueno de eso hace ya tiempo, pero a mí me encantaba. No era nada celosa por entonces, hasta me gustaba que lo admirasen. Siempre me ha sido fiel. ¿Te gusta leer? –preguntó a la chica mostrándole el libro que descansaba ahora sobre su regazo-. Éste lo compré en Argentina. ¿Te he dicho que Alfredo fue cónsul en ese país? Sí, en la época en la que el general Jorge Videla se hizo con el poder. ¡Qué meses más desagradables pasamos! Aunque claro aquellos militares hasta nos agasajaban. Se llevaban bien con el gobierno de aquí. ¿Tú sabías que en Buenos Aires los libros no duermen?
Cristina no podía creer lo que le estaba pasando; aquella mujer no paraba de hablar mientras no apartaba los ojos de los de ella, como si le conociera de toda la vida No callaba, pero lo que más le llamó la atención es que en su monólogo no parecía desbarrar, simplemente parecía querer juntarlo todo. Sus palabras van más deprisa que su cabeza –pensó la chica que seguía embobada con la perorata de Soledad.
-En el barrio de Boca- siguió hablando doña Soledad-, en la ciudad bonaerense de la capital Argentina, los libros no duermen. Por extraño que parezca, las librerías, en ese lugar, permanecen abiertas las veinticuatro horas del día, esperando que los habitantes de la ciudad se pasen por sus estantes para elegir el libro que les está llamando, sin duda, a cualquier hora. Sólo hay que acercarse y comprobarlo. Por eso los libros, en ese lugar, permanecen alerta esperando unas manos que los acaricien. Da igual que esas manos lleven tras de sí a la mujer más hermosa de la población que al ciudadano más descuidado en el vestir. Ellos están allí para cumplir la función para la que fueron creados. Sin duda, pues algo de humano tienen, preferirán a aquella criatura celestial que huele a jazmines y exhala sabor a frutas rojas que va a acariciarlos con sus manos de seda, y que a veces en una especie de arrebato místico se llevará el libro hasta sus senos…
Cristina, verdad, me dijiste que te llamabas Cristina, ¿o quién me lo dijo? –se interrumpió la anciana.
…Las hojas de aquel libro temblarán de placer – continuó- mientras aguardan el suspiro de aquella doncella que le ha elegido a él y sólo a él, entre los cientos de libros, para dar aquel momento de ternura. Sólo más tarde se asombrará de los transparentes ojos grises de aquella criatura que con su mirada soplará en la página cincuenta y una su halo fresco. Atravesará hasta el infinito sus pupilas y tardará días, quizás meses, en olvidarse de ellos, si es que alguna vez lo consigue. Cuando la mujer lo abandone, no lo hará del todo, pues el olor de su atezada piel se habrá quedado impregnado en él. Aquella noche descasará en el lugar que le corresponde en el estante pero tampoco podrá dormir con su recuerdo.
¿Y la mujer? La mujer se habrá empapado con aquella historia de amor que buscaba. Habrá sentido placer con la lectura que aquel libro que cayó en sus manos “por casualidad”. Habrá vivido nuevas sensaciones y hasta es posible que se haya enamorado de aquel libro sin que éste lo sospeche.
Y, ahora, déjame descansar que quiero dormir un rato.
Cristina salió a la calle sonriendo pero sin creer todavía lo que le estaba pasando. Había quedado con Luis en Callao, en la puerta del cine. Tomó el tren en Nuevos Ministerios, en diez minutos estaba en Sol. Era aún pronto, se había citado a las 8 de aquella tarde de agosto. El calor, por el centro de Madrid, era sofocante. Se entretuvo mirando los escaparates de la calle Preciados. A la hora convenida miraba los afiches de la cartelera. Luis aún no había llegado.
-No ha parado de hablar en las dos horas que he estado con ella –le soltó a Luis al verlo llegar-. Era como si no hubiese hablado en años, al menos eso creo –dudando de sus propias palabras-. De cualquier forma me ha encantado. Es una mujer fina, culta y no parece tan mayor como me habían dicho en la Universidad. Va elegantemente vestida, según ella siempre viste así en casa, ¡hasta llevaba sombrero! Tiene servicio…María Consolación creo que se llama la chica que me abrió la puerta.
-¿Algún defecto tendrá? –se atrevió a preguntas el chico, viendo a Cristina tan emocionada.
-Bueno, no parece que ande muy bien de la cabeza. En ocasiones divaga y habla de su marido como si aún viviese; al parecer murió hace años me dijo su empleada.
(Continuará)
-Cristina Cifuentes –contestó la chica extrañada.
-Pase, doña Soledad le está esperando. Sígame, por favor.
Lo primero que vio Cristina al entrar al salón de aquella casa fue una luminosidad que le hizo entrecerrar los ojos. Los amplios ventanales de aquella habitación, de techos altos, dejaban entrar a raudales la intensa luz del exterior. Difuminada por el contraluz la chica adivinó un sillón en el que estaba sentada una mujer: doña Soledad –pensó-. La sirvienta y Cristina llegaron a la altura de la anciana.
-Has visto a mi marido, el Cónsul,…por ahí, por el pasillo –espetó la mujer nada más ver a la recién llegada.
-No…no, acabo de llegar; no le conozco señora.
-Bien, bien. María Consolación –dijo Soledad dirigiéndose a la sirvienta- Tienes que presentar a Alfredo a esta muchacha para que lo conozca cuanto antes. Si le ves dile que venga, por favor, necesito hablar con él.
Consolación se acercó a Cristina y haciéndola retroceder un par de metros para que saliera del campo de visión de la anciana, le comentó al oído que don Alfredo, el Cónsul, había fallecido hacía años, pero que doña Soledad hablaba de él como si estuviera aún vivo.
-Ya se acostumbrará –le recalcó-. Por lo demás controla su cabeza con más cordura que usted y yo.
-¡Qué demonios andáis cuchicheando a mis espaldas! ¡María Consolación a tus obligaciones!, y tú pequeña siéntate aquí, junto a mí, que te vea bien.
Mientras se sentaba, y esperaba a ser entrevistada, a Cristina le dio tiempo a observar a la mujer. Delgada de cuerpo, de piel muy fina y apenas arrugada en la cara, tenía, sin embargo, las manos muy nervosas y venillas azuladas se le podían ver sobre los tendones. Sujetaba un libro entre ellas. Vestía con elegancia una falda de fondo blanco con grandes hojas verdes y azuladas que le llegaba por debajo de las rodillas. Una blusa color lila, -quizás la luz engañe, dudó Cristina-, sobre la que descansaba un collar de perlas a juego con los pendientes. Llevaba los labios pintados de rojo carmín y una ligera sombra de ojos le daban a su cara coquetería y elegancia. Su sonrisa era franca y la dejaba entrever entre socarrona y encantadora. Cubría su cabello ceniza un sombrero blanco de ala ancha “Pánama” que sorprendía llevara puesto.
-¿Iba a salir, doña Soledad? –preguntó con inocencia la muchacha.
-Nunca se sabe. A veces lo he hecho a toda prisa. Por eso siempre estoy preparada. Visto así siempre; no sería la primera vez que Alfredo y yo hubiéramos tenido que salir del consulado nada más que con lo puesto.
La mujer miró a Cristina de arriba abajo, sin disimulo.
-¿Has visto a mi esposo? Es el más guapo del cuerpo diplomático. No ha habido en este país un cónsul con su atractivo. Todas las mujeres están prendadas de él…bueno de eso hace ya tiempo, pero a mí me encantaba. No era nada celosa por entonces, hasta me gustaba que lo admirasen. Siempre me ha sido fiel. ¿Te gusta leer? –preguntó a la chica mostrándole el libro que descansaba ahora sobre su regazo-. Éste lo compré en Argentina. ¿Te he dicho que Alfredo fue cónsul en ese país? Sí, en la época en la que el general Jorge Videla se hizo con el poder. ¡Qué meses más desagradables pasamos! Aunque claro aquellos militares hasta nos agasajaban. Se llevaban bien con el gobierno de aquí. ¿Tú sabías que en Buenos Aires los libros no duermen?
Cristina no podía creer lo que le estaba pasando; aquella mujer no paraba de hablar mientras no apartaba los ojos de los de ella, como si le conociera de toda la vida No callaba, pero lo que más le llamó la atención es que en su monólogo no parecía desbarrar, simplemente parecía querer juntarlo todo. Sus palabras van más deprisa que su cabeza –pensó la chica que seguía embobada con la perorata de Soledad.
-En el barrio de Boca- siguió hablando doña Soledad-, en la ciudad bonaerense de la capital Argentina, los libros no duermen. Por extraño que parezca, las librerías, en ese lugar, permanecen abiertas las veinticuatro horas del día, esperando que los habitantes de la ciudad se pasen por sus estantes para elegir el libro que les está llamando, sin duda, a cualquier hora. Sólo hay que acercarse y comprobarlo. Por eso los libros, en ese lugar, permanecen alerta esperando unas manos que los acaricien. Da igual que esas manos lleven tras de sí a la mujer más hermosa de la población que al ciudadano más descuidado en el vestir. Ellos están allí para cumplir la función para la que fueron creados. Sin duda, pues algo de humano tienen, preferirán a aquella criatura celestial que huele a jazmines y exhala sabor a frutas rojas que va a acariciarlos con sus manos de seda, y que a veces en una especie de arrebato místico se llevará el libro hasta sus senos…
Cristina, verdad, me dijiste que te llamabas Cristina, ¿o quién me lo dijo? –se interrumpió la anciana.
…Las hojas de aquel libro temblarán de placer – continuó- mientras aguardan el suspiro de aquella doncella que le ha elegido a él y sólo a él, entre los cientos de libros, para dar aquel momento de ternura. Sólo más tarde se asombrará de los transparentes ojos grises de aquella criatura que con su mirada soplará en la página cincuenta y una su halo fresco. Atravesará hasta el infinito sus pupilas y tardará días, quizás meses, en olvidarse de ellos, si es que alguna vez lo consigue. Cuando la mujer lo abandone, no lo hará del todo, pues el olor de su atezada piel se habrá quedado impregnado en él. Aquella noche descasará en el lugar que le corresponde en el estante pero tampoco podrá dormir con su recuerdo.
¿Y la mujer? La mujer se habrá empapado con aquella historia de amor que buscaba. Habrá sentido placer con la lectura que aquel libro que cayó en sus manos “por casualidad”. Habrá vivido nuevas sensaciones y hasta es posible que se haya enamorado de aquel libro sin que éste lo sospeche.
Y, ahora, déjame descansar que quiero dormir un rato.
Cristina salió a la calle sonriendo pero sin creer todavía lo que le estaba pasando. Había quedado con Luis en Callao, en la puerta del cine. Tomó el tren en Nuevos Ministerios, en diez minutos estaba en Sol. Era aún pronto, se había citado a las 8 de aquella tarde de agosto. El calor, por el centro de Madrid, era sofocante. Se entretuvo mirando los escaparates de la calle Preciados. A la hora convenida miraba los afiches de la cartelera. Luis aún no había llegado.
-No ha parado de hablar en las dos horas que he estado con ella –le soltó a Luis al verlo llegar-. Era como si no hubiese hablado en años, al menos eso creo –dudando de sus propias palabras-. De cualquier forma me ha encantado. Es una mujer fina, culta y no parece tan mayor como me habían dicho en la Universidad. Va elegantemente vestida, según ella siempre viste así en casa, ¡hasta llevaba sombrero! Tiene servicio…María Consolación creo que se llama la chica que me abrió la puerta.
-¿Algún defecto tendrá? –se atrevió a preguntas el chico, viendo a Cristina tan emocionada.
-Bueno, no parece que ande muy bien de la cabeza. En ocasiones divaga y habla de su marido como si aún viviese; al parecer murió hace años me dijo su empleada.
(Continuará)
martes, 25 de febrero de 2014
En el refugio de los sueños: La mujer del sombrero (1)
Las tardes en Madrid han comenzado a templarse; el sofocante calor de agosto está dando paso a un tiempo más soportable. Empiezan a quedar atrás aquellos días en los que el paseo bajo el implacable sol era todo un acto de heroicidad. Ahora las hojas de los tilos tamizan el sol, y el aire, dulce aún, se hace más fácil de respirar. Gentes de toda condición caminan por los alrededores del Prado; la mayoría turistas que salen de visitar el museo; algunos con la alegría en los ojos por haber contemplado aquellas pinturas y otros con el cansancio propio de quien ha estado más tiempo del aconsejable. En la Plaza de la Diosa Cibeles el trasiego de los automóviles parece recordar a las manadas de los bisontes en su deambular anual a través de las llanuras del Serenguetti.
Cristina espera impaciente el cambio de color del semáforo para, inconscientemente, lanzarse a cruzar de acera entre aquella maraña de coches. Al cambio de color, como si de una llamada desde lo alto se tratase, la manada de bisontes se detiene y los viandantes logran cruzar al otro lado, por donde discurrirán ahora sus vidas. Cristina va con ellos, unida a ellos; aunque en realidad es sólo Luis, su novio o amigo, que en estas pocas líneas del relato aún no saben bien su grado de intimidad, quien le acompaña. Van de la mano, sin hablarse. Cristina lleva una carpeta azul en su mano izquierda y su bolso bandolera le cuelga del hombro. Luis solo lleva ocupada su mano izquierda, con la que coge a Cris, como gusta llamarle. Las manos de los novios, o amigos, están sudorosas, bien sea por la temperatura o por el nerviosismo de estos primeros escarceos del amor. A su alrededor la vida es un continuo ir y venir; ellos viajan zigzagueando entre las personas con las que se cruzan. Cada rostro parece una repetición del anterior, sólo parecen cambiar los tamaños de los grupos de personas, por lo que a veces el zigzag es más brusco y otras basta con un suave balanceo del cuerpo, eso sí al unísono, para no chocar con la persona que se presenta a cada paso que dan. Es difícil avanzar entre y ante aquella multitud. Los comerciantes están comenzando a encender las luces de sus escaparates, las cuales obran de reclamo para que algunas personas se acerquen hacia ellos, haciendo, así, más fácil avanzar hacia la Carrera de San Jerónimo. La leve cuesta que va hasta el Parlamento minora el paso de Cristina y Luis; éste vuelve su rostro hacia ella y se queda colgado, una vez más, de los ojos azules de la chica, pero nada dice, sólo camina y fija su, por ahora, inocente mirada en los dos grandes leones que parecen vigilar la calle.
Es Cristina quien rompe el silencio:
-Luis, he de ir pronto a casa. Mañana quiero levantarme temprano para acercarme a la Universidad, podrías acompañarme; bueno si quieres –añade mimosa.
-Claro que quiero. Pero, ¿para qué tienes que ir a la Universidad?
-Ya sabes que cuando acabe el próximo curso en el Instituto quiero estudiar periodismo. Me ha dicho un periodista, amigo de mi padre, que sería bueno me acercarse. Por lo visto antes de comenzar cada curso en la Facultad, salen unos trabajos para estudiantes que quieran emplear unos días haciendo diversas ocupaciones..., de aprendizaje, digamos.
-Pero, Cris, si aún te falta un año para ir a la Universidad.
-Ya, pero no me importa, cuanto antes empiece mejor. ¿No crees?
-Como quieras, mañana te acompaño.
La tarde se va volviendo más azul. El sol declina entre el horizonte de azoteas y tejados en los alrededores de la Puerta del Sol, donde una marabunta de personas incide por cada una de las calles. El bullir de aquella amalgama de seres llena de color y vitalidad a la madrileña plaza. Cristina y Luis parecen perderse entre aquel río y navegar en dirección a la Calle Mayor. Allí se despiden con un dulce beso. El muchacho no puede evitar que su mano derecha se deslice fugazmente por la cintura de la chica. Cristina agradece el “pecado”, sonríe, y se aleja.
Cristina ha conseguido su primer trabajo. No es remunerado pero a ella eso poco le importa. En el cuestionario que hubo de rellenar sólo se indicaba que habría de visitar diariamente a una persona de edad avanzada. No se trataba de cuidarla, sino de establecer una relación directa con ella, a través del diálogo. En su futuro como periodista se vería abocada a establecer numerosos contactos con diferentes personas, en muchos casos serían: autoridades, políticos, deportistas, etc. Por eso era importante que sus primeros pasos les diera en esa dirección: entablar conversación con una persona anciana, por la dificultad que entrañaba sacar información en esas circunstancias.
A Cristina le pareció bien y aceptó el reto. Luis, su novio o amigo, no lo vio tan claro pero no podía oponerse ya que Cristina estaba contenta con ese cometido.
- Es sólo un mes, Luis, hasta que empiece el curso. Me servirá de experiencia.
- Si tú lo dices –contestó el muchacho mientras alzaba los hombros en un gesto de duda- Cuándo empiezas –preguntó.
- Mañana mismo. Tengo que ir a un piso en La Castellana y preguntar por doña Soledad Mendieta de Queirós.
- Suena a gente rica e importante - dijo Luis.
- Sí, pero la soledad también alcanza a la gente rica –concluyó la muchacha mientras adelantando el paso miraba al chico con una sonrisa.
-Pero, ¿qué tienes que hacer en realidad? –preguntó Luis ralentizando el paso hasta pararse en medio de la calle.
-Intentar hablar con ella, entretenerla contándole historias, no sé, que sienta que estoy allí para que su vida no esté vacía. Es una prueba a la que me someto para aprender a hablar, a preguntar, a entablar relación con la gente…es periodismo, Luis. Lo que no sé muy bien es lo que voy a contarle. Se me hace difícil. Espero que cuando la vaya conociendo todo sea más sencillo.
- Ya me dirás –concluyó el chico con un suspiro-.
(Continuará)
Cristina espera impaciente el cambio de color del semáforo para, inconscientemente, lanzarse a cruzar de acera entre aquella maraña de coches. Al cambio de color, como si de una llamada desde lo alto se tratase, la manada de bisontes se detiene y los viandantes logran cruzar al otro lado, por donde discurrirán ahora sus vidas. Cristina va con ellos, unida a ellos; aunque en realidad es sólo Luis, su novio o amigo, que en estas pocas líneas del relato aún no saben bien su grado de intimidad, quien le acompaña. Van de la mano, sin hablarse. Cristina lleva una carpeta azul en su mano izquierda y su bolso bandolera le cuelga del hombro. Luis solo lleva ocupada su mano izquierda, con la que coge a Cris, como gusta llamarle. Las manos de los novios, o amigos, están sudorosas, bien sea por la temperatura o por el nerviosismo de estos primeros escarceos del amor. A su alrededor la vida es un continuo ir y venir; ellos viajan zigzagueando entre las personas con las que se cruzan. Cada rostro parece una repetición del anterior, sólo parecen cambiar los tamaños de los grupos de personas, por lo que a veces el zigzag es más brusco y otras basta con un suave balanceo del cuerpo, eso sí al unísono, para no chocar con la persona que se presenta a cada paso que dan. Es difícil avanzar entre y ante aquella multitud. Los comerciantes están comenzando a encender las luces de sus escaparates, las cuales obran de reclamo para que algunas personas se acerquen hacia ellos, haciendo, así, más fácil avanzar hacia la Carrera de San Jerónimo. La leve cuesta que va hasta el Parlamento minora el paso de Cristina y Luis; éste vuelve su rostro hacia ella y se queda colgado, una vez más, de los ojos azules de la chica, pero nada dice, sólo camina y fija su, por ahora, inocente mirada en los dos grandes leones que parecen vigilar la calle.
Es Cristina quien rompe el silencio:
-Luis, he de ir pronto a casa. Mañana quiero levantarme temprano para acercarme a la Universidad, podrías acompañarme; bueno si quieres –añade mimosa.
-Claro que quiero. Pero, ¿para qué tienes que ir a la Universidad?
-Ya sabes que cuando acabe el próximo curso en el Instituto quiero estudiar periodismo. Me ha dicho un periodista, amigo de mi padre, que sería bueno me acercarse. Por lo visto antes de comenzar cada curso en la Facultad, salen unos trabajos para estudiantes que quieran emplear unos días haciendo diversas ocupaciones..., de aprendizaje, digamos.
-Pero, Cris, si aún te falta un año para ir a la Universidad.
-Ya, pero no me importa, cuanto antes empiece mejor. ¿No crees?
-Como quieras, mañana te acompaño.
La tarde se va volviendo más azul. El sol declina entre el horizonte de azoteas y tejados en los alrededores de la Puerta del Sol, donde una marabunta de personas incide por cada una de las calles. El bullir de aquella amalgama de seres llena de color y vitalidad a la madrileña plaza. Cristina y Luis parecen perderse entre aquel río y navegar en dirección a la Calle Mayor. Allí se despiden con un dulce beso. El muchacho no puede evitar que su mano derecha se deslice fugazmente por la cintura de la chica. Cristina agradece el “pecado”, sonríe, y se aleja.
Cristina ha conseguido su primer trabajo. No es remunerado pero a ella eso poco le importa. En el cuestionario que hubo de rellenar sólo se indicaba que habría de visitar diariamente a una persona de edad avanzada. No se trataba de cuidarla, sino de establecer una relación directa con ella, a través del diálogo. En su futuro como periodista se vería abocada a establecer numerosos contactos con diferentes personas, en muchos casos serían: autoridades, políticos, deportistas, etc. Por eso era importante que sus primeros pasos les diera en esa dirección: entablar conversación con una persona anciana, por la dificultad que entrañaba sacar información en esas circunstancias.
A Cristina le pareció bien y aceptó el reto. Luis, su novio o amigo, no lo vio tan claro pero no podía oponerse ya que Cristina estaba contenta con ese cometido.
- Es sólo un mes, Luis, hasta que empiece el curso. Me servirá de experiencia.
- Si tú lo dices –contestó el muchacho mientras alzaba los hombros en un gesto de duda- Cuándo empiezas –preguntó.
- Mañana mismo. Tengo que ir a un piso en La Castellana y preguntar por doña Soledad Mendieta de Queirós.
- Suena a gente rica e importante - dijo Luis.
- Sí, pero la soledad también alcanza a la gente rica –concluyó la muchacha mientras adelantando el paso miraba al chico con una sonrisa.
-Pero, ¿qué tienes que hacer en realidad? –preguntó Luis ralentizando el paso hasta pararse en medio de la calle.
-Intentar hablar con ella, entretenerla contándole historias, no sé, que sienta que estoy allí para que su vida no esté vacía. Es una prueba a la que me someto para aprender a hablar, a preguntar, a entablar relación con la gente…es periodismo, Luis. Lo que no sé muy bien es lo que voy a contarle. Se me hace difícil. Espero que cuando la vaya conociendo todo sea más sencillo.
- Ya me dirás –concluyó el chico con un suspiro-.
(Continuará)
sábado, 11 de enero de 2014
En el refugio de los sueños: Mansueta, Dotobea y Calamanda.
PD. Estoy intentando escribir una novela cuyo hilo conductor será una anciana que irá introduciendo algunos de los cuentos que ya he publicado en este blog. Ma parece una idea interesante puesto que de esta forma les tendría recopilados, a algunos de ellos, en un libro. A ver si lo consigo. Buscando me he tropezado con este cuento que a continuación vuelvo a publicar, y que es uno de los que se han salvado del paso del tiempo. Espero os guste.
Mis tías siempre me dijeron que era muy pequeño cuando la abuela María murió; que debí de asustarme al contemplarla yacente en la cama y que me escondí debajo de la mesa camilla, junto al brasero que por fortuna estaba apagado; debía de ser agosto pues lo recuerdo siempre encendido, al rojo vivo y con aquel tufo (lo llamaban ellas) que despedía
A don Firmo, médico de profesión, le apodaban sus compañeros de actividad: “el metralleta”, no porque su padre hubiera sido oficial de carabineros, sino porque había tenido once hijos, que aunque era una cantidad elevada de criaturas no del todo extraña en aquellos años de finales de siglo, del siglo XIX. El apodo se debía a que los hijos de don Firmo habían venido al mundo seguiditos, seguiditos; cada diez meses aumentaba la familia con un vástago nuevo. Todos con la misma…, y con la misma mujer también: doña Matilde.
La primera en nacer fue Mansueta, en enero de 1885. Dotobea vería la luz en noviembre de aquel mismo año, y Calamanda dio su primer berrido en octubre del año siguiente. Poco le duró ser la pequeña de la casa, justó hasta que llegó el primero de los chicos, Félix, casi un año después; escribo, casi, porque sólo pasaron once meses esta vez. Y así hasta once criaturas. Se criaron ocho, y los tres restantes, todos chicos, murieron antes de recibir la primera comunión; cosas de la época. Parece ser que, al bueno de don Firmo, las formas horondas que iban adueñándose del cuerpo de doña Matilde, en cada parto, le ponían a tono en un plis-plas como suele decirse. La televisión aún no se había inventado y ¡se estaba tan calentito en la cama en aquellos años en los que se carecía de casi todo!
La vida en la ciudad era dura para todo el mundo, siempre más dura para los obreros que para gente con carrera, pero ni aún así éstos dejaban de pasar alguna que otra penuria. Un ejemplo: visitar al médico no estaba al alcance de todos los bolsillos. Las gentes sencillas solían recurrir a la milagrería, visitar a curanderos o sanadores, por lo que al bueno del galeno que nos ocupa debía costarle dios y ayuda sacar a su familia adelante.
Las tres chicas eran amigas de la abuela María, bueno en aquellos años aún no era abuela pues las cuatro chicas rondaban los dieciocho años cuando salían los sábados por la tarde y los domingos por la mañana a pasear por el Paseo del Espolón de Logroño, en busca de novio, ya que la carrera de la mujer era casarse, a ser posible con un hombre de nivel social superior. La solterona era una fracasada digna de compasión. Lo normal era que una mujer se casase antes de los veinticinco años, ya que los posibles pretendientes se olvidaban de ellas a partir de esta edad, y como las chicas se casaban por orden de llegada a este mundo pues resultaba que si la mayor no lo hacía en tiempo y vez, no corría para la segunda, y menos para la tercera, creándose una especie de zozobra que hoy en día se diagnostica como ansiedad. En el caso de las tres hermanas el hecho este de casarse por riguroso orden apenas si contaba por los pocos meses que las separaban, pero para doña Matilde era un sin vivir el paso de los años sin que las chicas se echasen novio.
Para Mansuelta, Dotobea y Calamanda, y también para la abuela María (¡y dale con la abuela!), esta situación de su corta diferencia de edad las creaba un motivo de chanza ya que los posibles pretendientes se movían en un mar de dudas sobre a quién de ellas debían de abordar. Las tres eran hermosas (¡mi abuela…María también faltaría más), altas, rubias y con la tez pálida, como correspondía a las señoritas de bien que nunca habían tenido que trabajar. Por lo que se refiere a la hermosura, no confundir con lo que hoy llamamos gordura (nota del autor).
Daba gusto verlas pavonearse por el paseo con aquellas faldas que les caían por debajo de los tobillos sin atender a las clases sociales, ya que los pies estaban considerados una parte muy erótica del cuerpo femenino, y ellas lo sabían, ya lo creo que lo sabían. Habían pasado ya de ser aquellas muchachas en flor que pocos años antes todavía los mostraban con candorosa inocencia y que por ello las llamaban “tobilleras”.
Mís tías y mi madre, hijas de María(mi abuela, no ir a confundir ahora con la congregación religiosa) nunca supieron que fue de aquellas tres hermanas. Su madre, las de mis tías(no voy a repetir ahora que era mi abuela, supongo que ya lo habréis adivinado), se casó con un militar, Félix se llamaba y casualmente fue años después mi abuelo, de hecho al mismo tiempo que María se convertía en mi abuela.
PD. Mansueta, Dotobea y Calamanda no son nombres de mi invención, ¡no se me hubieran podido ocurrir nunca!, existieron y fueron amigas de mi… María. La historia es mitad verdad y mitad inventada, vamos como la vida misma.
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