(P.D. El 21 de junio del 2011 publiqué en este blog una pequeña historia: “Una frase al azar”. La historia surgió al señalar en un libro una frase con los ojos cerrados y de allí comenzar un cuento. La frase señalada decía…”Parecen monjes, monjes que cumplen…” La pequeña historia de entonces al final se convirtió en el cuento que ahora publico”.
- ¿Adónde vamos?
- Lejos: al sur.
Parecen monjes, monjes que cumplen con su deber en un terreno mundano. Las capuchas de sus chubasqueros así parecen indicarlo, si no fuera porque las prendas, con las que se protegen del frío y de la lluvia, son de color amarillo. Esperan pacientemente a que amaine el fuerte viento que barre el pequeño puerto de la costa norte. Han de echarse a la mar, como cada noche, como cada luna, pero hay cierta incertidumbre en sus rostros: conocen esas aguas y saben que, si no se aplaca el viento, mañana no tendrán nada que llevar a sus casas, pero también creen que si no arrecia en las próximas horas su patrón les obligará a iniciar la faena diaria, con lo que esto conlleva. Los barcos atados a los galápagos del muelle con fuertes maromas, se balancean en cada envestida del oleaje que llega al puerto a pesar de la protección del lejano espigón. La fina pero insistente lluvia lava los rostros de los pescadores que continúan mirando el horizonte buscando descubrir una abertura en el plomizo cielo que les permita albergar esperanzas de salir a la mar en busca del jornal. El viento sigue silbando entre las cuerdas firmemente sujetas a las cornamusas y va a chocar contra los mástiles de las embarcaciones, haciendo repicar a las reatas al chocar éstas contra los palos. Una campana deja oír su tañido y el viento lo remite a todos los rincones del muelle. Los marineros escuchan el fantasmal lamento y un escalofrío recorre sus cuerpos de hombres hechos a las desventuras; por sus cabezas rondarán, en los siguientes minutos, mil y una historia de embarcaciones que, en medio de una imprevista tormenta, fueron tragadas por las aguas; barcos de pesca como los suyos y que lo último que se pudo oír en ellos fue el angustioso volteo de la campana del puente.
Pasan las horas y la situación no parece mejorar. La taberna del pueblo se ha ido llenando de marineros que comienzan a desesperar. El acre olor a madera húmeda del entarimado asciende hacia el techo del establecimiento mezclándose en su camino con el humo del tabaco barato que exhalan los pescadores. Acodados en la barra se han ido desprendiendo de su indumentaria y toman el agrio vino tinto que produce su tierra, más apta para el cultivo de huerta que para utopías de viñas. Pero les reconforta el calor que desciende desde sus gargantas hasta el estómago. Se miran los unos a los otros. Agustín, el más veterano, zarandea la cabeza apostando con una mueca de su rostro su oposición a la salida a la mar. Hay silencio en la taberna, silencio marinero, roto en ocasiones por la aguardentosa carcajada de Carmen, la puta del puerto, que conmina al hombre que se encuentra junto a ella, en una de las mesas, a calentar su cama. En noches como ésta, sin fortuna, irán desfilando por su alcoba algunos de los que ahora siguen mirando a la mar a través de los empavonados y sucios cristales de las ventanas, por si un halo de esperanza, en forma de claridad, aún restase en su espera. Carmen al igual que Agustín, el viejo pescador, también sabe que la tempestad no amainará hasta el alba y que las sábanas de su lecho no perderán el calor de los cuerpos que en ellas se cobijen. Abel, detrás de la barra, mira indiferente a los lugareños mientras enjuaga los vasos en un caneco de madera.
Un extraño, al que el lugar no le corresponde, abre la puerta de la taberna. No es la primera ni será la última vez que la visite. Sólo en noches negras, como ésta, se acerca hasta la taberna del puerto. El viento le arrebata con fuerza la puerta de las manos y ésta va a chocar con violencia contra la pared. El hombre emite una inaudible excusa y se acerca hasta la barra. Su larga gabardina y su sombrero de ala ancha rezuman agua de lluvia con olor a salitre y algas podridas. Se acoda en la barra y pide un aguardiente que bebe con premura. Desvía su mirada recorriendo el local como buscando algo o a alguien que piensa le pertenece.
Andrea, hija de Carmen y de algún estibador que un mal día recaló en su cama, suele cantar para entretener la espera de los marineros. El visitante, quizás aún no lo sabe, pero se ha ido enamorando de la mujer que ha ocupado el pequeño estrado al fondo de la taberna. Vuelve la cabeza en esa dirección al escuchar las primeras y casi inaudibles notas musicales del pianista que acompaña a Andrea. El local se convierte, por mor de la tormenta, en un improvisado cabaret. El visitante se sienta en una de las banquetas colocando el sombrero y su nuevo vaso sobre una de las mesas; se ha despojado de su húmeda gabardina y contempla sin parpadear a la mujer.
La mira. Está absorto en su figura mientras la luz blanca y cenital que la sobrevuela va modificando su impudicia a medida que su voz se vuelve más dulce y comprometedora. Pasa de parecer un ángel a convertirse en un engaño o al menos en su evidencia. La luz algo tiene que ver con esa transformación. Su rostro, su cuerpo, envuelto en un ajustado traje negro, parecen entregados a la recreación de una diva de “music hall”. El que esté vestida de forma tan provocadora no es sino una manera más de acercarse al público que observa cada uno de sus movimientos; más atentos a la cadencia de sus caderas, que mueve con frío desdoro al ritmo suave de la música, que a su luminosa voz. La melodía empieza a sonar en la cabeza del visitante como si la fiebre le estuviera alcanzando. Se ha ido enamorando, noche tras noche, de aquella mujer y ahora al verla ahí, sobrepasando su actuación, siente que a medida que canta, el movimiento de su cuerpo va mostrando una procacidad resuelta y premeditada, una desvergonzada insinuación sexual que le envuelve, sin él pretenderlo, en una infamia de deseo y perturbación. La mujer mantiene los ojos ligeramente cerrados como para no ver la pasión que despierta, aunque quizás no ignore que el foco que la cubre no le permite ver los rostros seducidos de sus admiradores, todo lo más distinguirá, en los breves momentos que se digne abrir aquellos ojos que martirizan las sienes del visitante, los puntos rojizos de los cigarrillos. Parece estar mirándole de frente, pero no puede verle, ni tan siquiera sabe que aquel extraño exista. La canción que surge de sus labios roza el micrófono como si fuera una prolongación de su alma. Apoya sus enguantadas manos en las caderas, de las que alardea como si hubiesen sido adquiridas directamente del cielo, y su vientre se adelanta en estudiados espasmos al ritmo de la música. A lo largo de la interpretación, su rostro, cruel en la juventud que posee, parece ajeno a aquel lugar, como si no debiera estar allí.
La mujer deja de cantar, calla el piano en sus últimas notas y se hace de nuevo un silencio que va llenando cada hueco de la oscuridad del local. Es ahora cuando lleva en un movimiento espasmódico la cabeza hacia atrás, sus manos van deslizando los largos guantes liberando los brazos. Aquello hace sentirse al visitante como un niño al que están a punto de apartar de una situación que no debe conocer todavía. El malestar aparece de nuevo en sus sienes o al menos le parece sentir que regresa, aunque quizás nunca se haya ido del todo. Los golpes secos con que late su corazón no son sino punzadas de deseo o de celos. Las ágiles manos de la mujer van deslizando el vestido negro desde los hombros para resbalar por las curvas de su cuerpo hasta caer al suelo, sobre sus pies, formando la base de una escultura griega; de allí surge la blancura marmórea de aquel cuerpo desnudo. Mientras su cabeza se va balanceando hacia delante, a modo de despedida o de rencor o de vergüenza. El pelo cubre su ignominia al mismo tiempo que unos atenuados aplausos se pueden escuchar en el local, en donde se han vuelto a encender las pequeñas bombillas suspendidas del techo.
El silencio, que ha vuelto a ocupar la taberna, queda roto con la llegada de los patrones de los barcos y con la discusión sobre la posibilidad o no de salir a pescar aquella noche, más hecha para partidas de cartas que para intentar arrastrar redes. Pero la noche sigue avanzando con lentitud pero sin demora, y nadie se atreve a dar la orden para que los marineros empiecen su tarea. Sólo la llegada de la madrugada hace que los hombres, cansados por la espera, regresen a sus casas. Cuando salgan de la taberna, todos sin excepción mirarán al oscuro cielo que hoy no les ha atendido.
(CONTINUARÁ)
sábado, 3 de noviembre de 2012
miércoles, 31 de octubre de 2012
Greguerías (2)
16) Los niños de hoy serán hombres mañana. ¡Qué manera más rápida de crecer!
17) La auténtica ignorancia consiste en no querer salir de ella.
18) Profundizar lo más posible, en el menor tiempo posible, esa es la verdadera inteligencia.
19) A un hombre le preguntaron: ¿Cuántos años tiene usted? Sesenta y dos -contestó-. Ignoraba que esos eran los que ya no tenía.
20) Lo bueno de la vejez es que cada vez te queda menos para preocuparte por el futuro.
21) Procúrate de vez en cuando un fracaso, así tus amigos te seguirán queriendo.
22) Se echaron a nadar; luego ninguno sabía quién debía ponerse el primero.
23) Aquel hombre tenía un sexto sentido para distinguir a los enanos.
24) Sólo los sabios pueden olvidarlo todo.
25) ¿Para qué quieres la virginidad si no la usas?
26) Lo malo de ser feo es que se es todos los días.
27) La verdadera elegancia consiste en el equilibrio entre nuestro interior y nuestro exterior.
28) En el amor lo importante siempre es el otro.
29) El verdadero amante no es el que da, sino el que cede.
30) A veces las carreteras no se construyen para que la gente se acerque a los pueblos, sino para que la gente se vaya. (Continuará).
17) La auténtica ignorancia consiste en no querer salir de ella.
18) Profundizar lo más posible, en el menor tiempo posible, esa es la verdadera inteligencia.
19) A un hombre le preguntaron: ¿Cuántos años tiene usted? Sesenta y dos -contestó-. Ignoraba que esos eran los que ya no tenía.
20) Lo bueno de la vejez es que cada vez te queda menos para preocuparte por el futuro.
21) Procúrate de vez en cuando un fracaso, así tus amigos te seguirán queriendo.
22) Se echaron a nadar; luego ninguno sabía quién debía ponerse el primero.
23) Aquel hombre tenía un sexto sentido para distinguir a los enanos.
24) Sólo los sabios pueden olvidarlo todo.
25) ¿Para qué quieres la virginidad si no la usas?
26) Lo malo de ser feo es que se es todos los días.
27) La verdadera elegancia consiste en el equilibrio entre nuestro interior y nuestro exterior.
28) En el amor lo importante siempre es el otro.
29) El verdadero amante no es el que da, sino el que cede.
30) A veces las carreteras no se construyen para que la gente se acerque a los pueblos, sino para que la gente se vaya. (Continuará).
lunes, 29 de octubre de 2012
Historia de una fotografía
Era la primera vez que iban a un cine de verano. Él le había comprado un enorme algodón de azúcar de color rosa que se pegaba en forma de finos hilos alrededor de la comisura de los labios de la chica. Pensó que quizás aquella tarde pudiera darle el primer beso y que su sabor sería lo más dulce que recordaría toda su vida. Así fue, al menos durante aquel verano.
La chica del algodón rosado se llamaba Lucía y Carlos su joven acompañante.
“Aquel verano del ochenta y dos fue el primero y el último que salimos juntos. Lucía por entonces tenía catorce años y era unos meses mayor que yo; suficientes para que al verano siguiente se enamorara de otro chico.
Mis padres tenían una preciosa casa de planta baja junto al mar en aquel pueblo alicantino y durante veranos estuvimos pasando el mes de agosto parte de la familia: mis primos nunca faltaban. La algarabía, a primeras horas de la mañana era notoria y mi madre, cansada de ruidos matinales, nos enviaba al jardín de la vivienda nada más desayunar. Mis dos hermanas menores y mis tres primos corríamos a la playa desde el jardín cruzando el paseo marítimo. Fueron veranos de juegos y diversión, de mi primer beso y también de mi primer desengaño amoroso.
En la universidad me enamoré de Sara, Sara de Antonio y Antonio de mí. Vamos lo que se dice un triángulo amoroso perfecto; y ninguno nos enteramos de nada hasta que apareció Carmen para romper aquella situación a la que nos había llevado una profunda amistad entre los tres.
Sara fue la primera en darse cuenta de la inclinación homosexual de Antonio. Desengañada volcó su corazón hacia mí, pero yo ya había dado un paso hacia Carmen, con la que me casaría años después. El triunvirato se rompió y Sara y yo estuvimos sin hablarnos durante años. El matrimonio de Antonio, con uno de los muchos novios que le conocí, nos volvió a unir y aquella ruptura en los años de estudios sólo pudo producirnos carcajadas una docena de años después.
Pasarían muchos más hasta que tuve que regresar al pueblo alicantino de mis juegos veraniegos. Mis padres habían fallecido y mis dos hermanas y yo decidimos vender aquella preciosa casa mediterránea. Hacía años que nuestras vidas habían cambiado de rumbo y mantener la casa no tenía ningún sentido. Así que la mejor solución era vender y repartir nuestra herencia.
Carmen cuando vio la casa me preguntó: ¿ Seguro que queréis vender esta preciosa casa?
-No hay más remedio cariño, no está sólo en mis manos. Mis hermanas quieren vender; supongo que lo necesitan, y nosotros, desgraciadamente, no estamos en disposición de comprarla.
- Ya, lo entiendo –contestó-
Nos quedamos unos días en el pueblo, mientras cerrábamos la operación ya avanzada desde Madrid meses atrás.
Una tarde calurosa, antes del anochecer, paseábamos de la mano por las calles de aquel pueblo y me topé con el cine de verano, abandonado y medio derruido, y los recuerdos viajaron por mi cabeza a velocidad de rayo. Sin darme cuenta me paré ante las herrumbrosas taquillas y debí sonreír pues Carmen me preguntó.
-¿Por qué sonríes, Carlos?
- Le miré a sus expresivos ojos grises mientras le decía: no, de nada, ¿te apetece un algodón de azúcar?”
La chica del algodón rosado se llamaba Lucía y Carlos su joven acompañante.
“Aquel verano del ochenta y dos fue el primero y el último que salimos juntos. Lucía por entonces tenía catorce años y era unos meses mayor que yo; suficientes para que al verano siguiente se enamorara de otro chico.
Mis padres tenían una preciosa casa de planta baja junto al mar en aquel pueblo alicantino y durante veranos estuvimos pasando el mes de agosto parte de la familia: mis primos nunca faltaban. La algarabía, a primeras horas de la mañana era notoria y mi madre, cansada de ruidos matinales, nos enviaba al jardín de la vivienda nada más desayunar. Mis dos hermanas menores y mis tres primos corríamos a la playa desde el jardín cruzando el paseo marítimo. Fueron veranos de juegos y diversión, de mi primer beso y también de mi primer desengaño amoroso.
En la universidad me enamoré de Sara, Sara de Antonio y Antonio de mí. Vamos lo que se dice un triángulo amoroso perfecto; y ninguno nos enteramos de nada hasta que apareció Carmen para romper aquella situación a la que nos había llevado una profunda amistad entre los tres.
Sara fue la primera en darse cuenta de la inclinación homosexual de Antonio. Desengañada volcó su corazón hacia mí, pero yo ya había dado un paso hacia Carmen, con la que me casaría años después. El triunvirato se rompió y Sara y yo estuvimos sin hablarnos durante años. El matrimonio de Antonio, con uno de los muchos novios que le conocí, nos volvió a unir y aquella ruptura en los años de estudios sólo pudo producirnos carcajadas una docena de años después.
Pasarían muchos más hasta que tuve que regresar al pueblo alicantino de mis juegos veraniegos. Mis padres habían fallecido y mis dos hermanas y yo decidimos vender aquella preciosa casa mediterránea. Hacía años que nuestras vidas habían cambiado de rumbo y mantener la casa no tenía ningún sentido. Así que la mejor solución era vender y repartir nuestra herencia.
Carmen cuando vio la casa me preguntó: ¿ Seguro que queréis vender esta preciosa casa?
-No hay más remedio cariño, no está sólo en mis manos. Mis hermanas quieren vender; supongo que lo necesitan, y nosotros, desgraciadamente, no estamos en disposición de comprarla.
- Ya, lo entiendo –contestó-
Nos quedamos unos días en el pueblo, mientras cerrábamos la operación ya avanzada desde Madrid meses atrás.
Una tarde calurosa, antes del anochecer, paseábamos de la mano por las calles de aquel pueblo y me topé con el cine de verano, abandonado y medio derruido, y los recuerdos viajaron por mi cabeza a velocidad de rayo. Sin darme cuenta me paré ante las herrumbrosas taquillas y debí sonreír pues Carmen me preguntó.
-¿Por qué sonríes, Carlos?
- Le miré a sus expresivos ojos grises mientras le decía: no, de nada, ¿te apetece un algodón de azúcar?”
jueves, 25 de octubre de 2012
GREGUERÍAS (1)
Siempre me han gustado las greguerías, los aforismos, las frases cortas. Me encanta leer algunas de Gómez de La Serna, son geniales (recomiendo su lectura). Soy consciente de que algunas de las que escribo pueden estar impregnadas de aquellas que he escuchado o leído, pero aseguro que no lo he hecho intencionadamente, será el subconsciente que me ha traicionado. Por eso la primera es:
1) Plagiar es: decir, hacer o escribir lo mismo que otra persona, sólo que más tarde.
2) Quien saluda desde un tren parece estar despidiéndose de todo el andén.
3) Sé educado, devuelve el saludo a quien esté limpiando cristales.
4) La vida es como una caja de galletas, nos vamos comiendo las mejores.
5) La vida es una excursión hacia la muerte; pero una excursión al fin.
6) En el amor siempre gana el otro.
7) La nieve es la caspa que cae de las nubes. Y la lluvia la ducha de los pobres.
8) Eres un hombre hecho y deshecho. (Me lo dijo mi tío Manuel).
9) El ombligo es la cazuela de las pelusillas.
10) En el cine conviene colocarse detrás del calvo que acompaña a la mujer del moño.
11) El muro de las lamentaciones no es exclusivo de los judíos. Existe en muchas partes. ¿Quién no se ha lamentado, ante el cajero automático, del saldo de su cuenta corriente?
12) El primero de cada mes el abuelo solía decir: ¡A buen paso va este mes, pasado mañana tres!
13) Aquel hombre era de… (poner la población que se quiera), porque su madre pasaba por allí el día que le tocó nacer.
14) Lo tenemos todo a pares, menos el corazón. ¡Alguien debió de hacerlo mal!
15) Sólo los amigos pueden engañarte. (CONTINUARÁ)
1) Plagiar es: decir, hacer o escribir lo mismo que otra persona, sólo que más tarde.
2) Quien saluda desde un tren parece estar despidiéndose de todo el andén.
3) Sé educado, devuelve el saludo a quien esté limpiando cristales.
4) La vida es como una caja de galletas, nos vamos comiendo las mejores.
5) La vida es una excursión hacia la muerte; pero una excursión al fin.
6) En el amor siempre gana el otro.
7) La nieve es la caspa que cae de las nubes. Y la lluvia la ducha de los pobres.
8) Eres un hombre hecho y deshecho. (Me lo dijo mi tío Manuel).
9) El ombligo es la cazuela de las pelusillas.
10) En el cine conviene colocarse detrás del calvo que acompaña a la mujer del moño.
11) El muro de las lamentaciones no es exclusivo de los judíos. Existe en muchas partes. ¿Quién no se ha lamentado, ante el cajero automático, del saldo de su cuenta corriente?
12) El primero de cada mes el abuelo solía decir: ¡A buen paso va este mes, pasado mañana tres!
13) Aquel hombre era de… (poner la población que se quiera), porque su madre pasaba por allí el día que le tocó nacer.
14) Lo tenemos todo a pares, menos el corazón. ¡Alguien debió de hacerlo mal!
15) Sólo los amigos pueden engañarte. (CONTINUARÁ)
lunes, 22 de octubre de 2012
EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA
Estoy exponiendo fotografías, desde este mes de octubre y hasta navidad, en la Cafetería Alonso en el Paseo del Espolón de Burgos. Espero os guste a los que os apetezca o padáis visitarla. Algunas de las fotos son las que os traslado.
miércoles, 17 de octubre de 2012
La metáfora
Aquella mujer no era sino la metáfora de sí misma. Había aparecido en la pantalla de mi ordenador como por casualidad. Pero casualidad no había; nunca la hay. Me buscaba o quizá sería más preciso decir: me encontró. Niego la casualidad porque me localizó gracias a que yo estaba allí, en ese preciso instante que tampoco era casual puesto que me movía por la red con mucha frecuencia.
Habíamos sido novios de muy jóvenes, a esa temprana edad en que las relaciones se van formando, y la mayoría de las veces no fructifican. Apenas me acordaba de ella y supongo que a ella le pasaría lo mismo. Pero allí estaba, llamando a mi ventana. Me costó reconocerla. Muchos años…casi todos, ya.
Decía que me pareció una metáfora porque a medida que me iba desvelando su identidad noté en su rostro el refreno de una pasión olvidada y renacida. Yo conocía aquellas arrugas de su rostro, aunque nunca antes las hubiera visto. Sus ojos, desde luego no engañaban, nunca engañan. Si hay algo que no cambia son los ojos… o la mirada tal vez.
Me dijo que deseaba verme y quedamos en volver a contactar.
Al día siguiente me quedé contemplando el monitor. Primero apagado, luego encendido. En ambos casos su estructura era la misma: plana. Apagado no parecía tener alma; encendido tampoco si no acudía en tu búsqueda lo que deseabas. En qué momento iba a empezar a emitir lo que me interesaba. No parece sino que este aparato se trate de un concepto puro que te va a otorgar tus deseos; pureza a la que la han aplicado un cuerpo torpe. No hay nada menos ágil que un rectángulo plano e inmóvil. Irreflexivo.
Mientras esperaba pensé en cables. En los cables que unían todo aquello. Que eran capaces de trasladar nuestras palabras, nuestras miradas, a lugares remotos tan sólo con marcar una clave o un número. Y también me dio por pensar en nuestra imperfección. Cables submarinos, satélites, centralitas de telefonía, de televisión, todo dependía de nuestra imperfección como seres humanos, capaces de lo mejor y de lo peor. De qué servía todo aquel conglomerado operativo si se nos olvidaba un número o lo tecleábamos indebidamente o no lo hacíamos por temor o miedo o nostalgia. O quizás si la persona con la que queríamos contactar ya no atendía nuestra petición. Absolutamente de nada.
Otra metáfora.
Habíamos sido novios de muy jóvenes, a esa temprana edad en que las relaciones se van formando, y la mayoría de las veces no fructifican. Apenas me acordaba de ella y supongo que a ella le pasaría lo mismo. Pero allí estaba, llamando a mi ventana. Me costó reconocerla. Muchos años…casi todos, ya.
Decía que me pareció una metáfora porque a medida que me iba desvelando su identidad noté en su rostro el refreno de una pasión olvidada y renacida. Yo conocía aquellas arrugas de su rostro, aunque nunca antes las hubiera visto. Sus ojos, desde luego no engañaban, nunca engañan. Si hay algo que no cambia son los ojos… o la mirada tal vez.
Me dijo que deseaba verme y quedamos en volver a contactar.
Al día siguiente me quedé contemplando el monitor. Primero apagado, luego encendido. En ambos casos su estructura era la misma: plana. Apagado no parecía tener alma; encendido tampoco si no acudía en tu búsqueda lo que deseabas. En qué momento iba a empezar a emitir lo que me interesaba. No parece sino que este aparato se trate de un concepto puro que te va a otorgar tus deseos; pureza a la que la han aplicado un cuerpo torpe. No hay nada menos ágil que un rectángulo plano e inmóvil. Irreflexivo.
Mientras esperaba pensé en cables. En los cables que unían todo aquello. Que eran capaces de trasladar nuestras palabras, nuestras miradas, a lugares remotos tan sólo con marcar una clave o un número. Y también me dio por pensar en nuestra imperfección. Cables submarinos, satélites, centralitas de telefonía, de televisión, todo dependía de nuestra imperfección como seres humanos, capaces de lo mejor y de lo peor. De qué servía todo aquel conglomerado operativo si se nos olvidaba un número o lo tecleábamos indebidamente o no lo hacíamos por temor o miedo o nostalgia. O quizás si la persona con la que queríamos contactar ya no atendía nuestra petición. Absolutamente de nada.
Otra metáfora.
lunes, 15 de octubre de 2012
El regreso
Era una prenda de lana en la que se mezclaba el gris con el negro. El cuello y los puños elásticos eran también de color negro. Una chaqueta clásica, pensé al verla. El pensamiento me llevó a la infancia, quizás fuera más aproximado decir que me trasladó a la adolescencia. Al tenerla entre mis manos recordé de inmediato haber tenido una chaqueta muy parecida hacía cincuenta años. La cremallera cerraba de abajo hacia arriba, hasta el mismo extremo del cuello, pudiendo doblarse éste y abrigar así la garganta, sobre la que tanto cuidado ponían entonces nuestras madres. ¡Qué te vas a enfriar –me decían; nos decían!
Fuera por este regalo o porque hacía mucho tiempo que no iba a la antigua casa de mis padres, aquella tarde decidí hacer un hueco entre mis quehaceres y acercarme por la casi, si no olvidada, sí postergada vivienda familiar. Me costó encontrar las llaves. Al atravesar la puerta la primera impresión que tuve fue el olor; no había desaparecido aquella sensación de ambiente entre vainilla y caramelo. Es difícil de describir, pero al igual que cuando se cata un buen vino y vas sacando sus sabores, sus esencias, los recuerdos se centraron en aquel aroma dulce tan familiar. Los armarios, en los que aún colgaban, mudos testigos de unos años dejados atrás, algunos de los vestidos, de los trajes, que por cariño no me había desprendido de ellos, permanecían casi intactos. Cerrando los ojos aún podía sentir la ligera fragancia de los membrillos que cada otoño se guardaban en aquellos roperos y que, sin duda, habían impregnado las maderas de los muebles.
El inevitable polvo se había aposentado sobre aparadores, alacenas, estanterías… Los viejos ejemplares de la pequeña librería emanaban aquel tufillo a papel húmedo cuando te acercabas a ellos, como diciéndote: “Desde cuándo no ojeas mis páginas”.
Mentiría si dijera que encontré por casualidad la pequeña caja de cartón con mis tesoros. La estuve buscando desde que abrí el armario de la que había sido, y aún era, mi habitación. También olía a húmedo, mezclada, aquí, con el dulce membrillo. Al mirar en su interior me di cuenta de que por aquellos años yo ya no era un niño. Había conservado la caja de mi niñez pero su contenido ya no pertenecía a aquellos primeros años de mi vida. ¿Qué hacía allí el sencillo de Los Beatles: “Love me do”? ¡Tantos años buscándolo! Y allí apareció, relegado, desterrado, confinado. Cincuenta años. Grabado en el sesenta y dos. Esto sí era un tesoro.
Salí de la que fue mi vivienda con la sonrisa en el rostro y mi pequeño tesoro bajo el brazo. Me prometí regresar con más frecuencia.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
