domingo, 27 de mayo de 2012

Opinión: El talento


       La idea no es hablar de fútbol, ese tema tan socorrido del que entendemos todos, aunque pudiera parecerlo por la fotografía y este comienzo, sino de la filosofía del alemán Friedrich  Nitzsche. Ya saben el fútbol era ese deporte que jugaban con los pies once contra once y siempre ganaban los alemanes. Antes era eso.
       ¿Por qué el talento se valora más que la fortaleza física? Se podrá argumentar que en los momentos en que vivimos se da más valor al aspecto físico que a la inteligencia. Que los valores han cambiado en detrimento del talento. No va por ahí mi opinión. Me refiero a sólo un aspecto del físico: a su fortaleza natural.
      Si el talento ha sido donado por Dios o por la naturaleza a algunos hombres en particular, no es menos cierto que la fuerza también tiene los mismos orígenes. ¿Por qué entonces se premia más a los primeros?
       Nitzsche nos habla del “Superhombre”, como un rechazo directo al victimismo. La argumentación del filósofo alemán es simple: hay que proteger a los fuertes contra los débiles, ya que los estados han inventado una serie de normas, privilegios o leyes para rescatar a los superfluos (es decir a una inmensa mayaría) de los verdaderamente fuertes.
      Los débiles, también el propio estado, se protegen de los fuertes físicamente mediante leyes hechas a la medida de aquellos. Han empleado su inteligencia (un don recibido) para imponerse a los otros: a los que su don recibido no es más que la fortaleza.
      De esta forma cuando vemos que algunos abusan de su talento de manera descarada y se aprovechaban, mediante su uso, de los menos dotado en este aspecto, teniendo como tapadera la existencia de normas, reglamentos, leyes…, la filosofía no puede por menos que sentir un rechazo.
      No hay más remedio: volvamos al fútbol. Pongamos dos jugadores claves en estos aspectos de opinión: Messi (poseedor de enorme talento y cierto poder físico en su velocidad) y Pepe (de enormes cualidades físicas no exentas, aunque en menor medida, de cierto talento para este juego). A Messi la reglamentación le permite desarrollar todo su arsenal de talento, mientras que a Pepe esas mismas normas le impiden desplegar todo su potencial físico. ¿No es dar ventaja a Messi? ¡Claro que es dar ventaja al jugador azulgrana! La naturaleza ha obrado milagros en los dos individuos, pero en direcciones contrarias; por eso los débiles crearon un reglamento para impedir que la fortaleza se alzara con el poder. ¿Por qué, por qué (y otros mouchos por qués) el reglamento (las leyes) no impide que el talentoso no pueda sacar a relucir todo su arsenal castigándole, por ejemplo,  con tarjeta al tercer o cuarto regate en la misma jugada?   O que nadie pueda marcar más de dos goles en un mismo encuentro. Y que no se me diga que aquí influye el azar. No, tres o cuatro goles no están al alcance de cualquiera; sólo de los poseedores de talento. Los físicamente fuertes rara vez los consiguen (yo diría que nunca). Luego la primera particularidad estudiada da ventaja.   
       Esto no creo que sea tema para debate, porque siempre habrá débiles que se escudarán en que las normas son las normas (creadas por ellos, claro).

lunes, 21 de mayo de 2012

En el refugio de los sueños: Salir al aire


        Me apetecía un día de lluvia para salir a dar un paseo. No importaba hacia adónde ir;  lo que me atraía era respirar la humedad del aire que se pegaba a mi rostro desde el mismo momento en que pisé la acera de la calle. Porque si algo me gusta es esa sensación placentera, es como vivir al aire. Disfruto sólo con ver mi cuerpo cruzándose con otros aunque no nos miremos. Saboreo ese ir y venir de la gente envuelta en sus gabardinas y chubasqueros con la cabeza humillada o bajo la protección de los coloridos paraguas: hasta en estas telas festivas se nota la vida.
       Mirar escaparates; como no. En ellos se puede resumir de qué va el momento en que se vive. Los escaparates nos dan cuenta o más bien nos incitan a viajar en una determinada dirección. Nos marcan la moda, pero es curioso: se adelantan a la vida. Por eso, quizás,  me sorprenden gratamente. Sí, porque aún es invierno: con lluvia o nieve y siempre con frío, y tras las vitrinas  ya lucen los primeros trajes primaverales. La luz les inunda de alegres colores y hasta, en ocasiones, parecen proporcionarte un ligero escalofrío por la ligereza de ropa con que visten a los maniquís. Entonces me acuerdo de esos pechos tuyos que me aguardarán a mi regreso; de ese poder echarme en tu regazo y despeinarme, si no lo consigue el aire libre que me envuelve.
       En ciudades pequeñas siempre te cruzas con  una cara amable y conocida. A mí me gusta encontrarme con viejos camaradas, charlar tomándote un café o “conversando” (de mi amigo Fernando Fdez.Lpz.) unas cervezas. Salir al aire, salir.
       Y qué no decir de la propia naturaleza. Mirar a los árboles, sonreírles tras darles las gracias por su cobijo, su sombra, la música que desprenden las  hojas y las  ramas al vaivén del viento.  También me gusta, a pesar del acostumbrado ruido que emite, contemplar el tráfico:  llena de color la ciudad ahora gris por la lluvia.
       Me gusta salir de casa,  para saber lo bien que se está en ella. Evadirme aunque sólo de tarde en tarde. Sentirme libre azotado por la lluvia. Salir al aire libre, al aire.
(P.D. Basado en un poema de Blas de Otero)

martes, 15 de mayo de 2012

En el refugio de los sueños: Un día cualquiera


        No sé muy bien el porqué al ir a montarme esta mañana en el coche, que cosa rara estaba aparcado cerca de casa, me dio pereza pensar que a mi regreso del trabajo sería casi imposible volver a encontrar un lugar tan propicio, y tomé la decisión de ir a trabajar en transporte público. Hacía años que no lo utilizaba y desconocía el precio del billete: “noventa y cinco céntimos –me dijo el conductor-“. Me pareció extraño el importe, bueno extraño y caro. La verdad es que podrían cobrar un euro y dejarse de tonterías; pero en fin tan poco me iba a poner a discutir para una vez que utilizo el autobús del ayuntamiento.
        Iba lleno a esa hora de la mañana: las siete. No vi asientos vacios y me sujeté lo mejor que pude, aunque la verdad es que hubiera resultado casi imposible caer: nos enganchábamos los unos a los otros. La mayoría de las personas eran jóvenes que o bien iban a la universidad o al trabajo. Una madre, con cara de haber pasado  mala noche, llevaba a su hijo de poca edad en brazos; supongo que sería el causante de la somnolencia de su madre. El crío reía y lloraba al mismo tiempo, su madre parecía ausente.
       De pequeño me enseñaron a ceder el asiento a las personas mayores. Las busqué con la mirada: las había; la mayoría estaban de pie, mientras algunos jóvenes ocupaban asientos durante todo el trayecto. Tras caer en cuenta que yo pertenecía, ya, al grupo a los que habían de haber cedido  asiento, pensé: “No hay vergüenza –en realidad lo que no había era sitio-“.
       Aún estaba lejos de mi trabajo, pero decidí bajar del autobús e ir paseando hasta la oficina;  iba con tiempo suficiente. Al ir a bajar una chaqueta de piel roja me lo impedía y la rogué que me permitiese el paso. La chaqueta se volvió y la mujer que la llevaba dijo mirándome a los ojos: “Un segundo Luis, que yo también me bajo en ésta”. Sorprendido aún me vi en la acera besando las mejillas atractivas de una persona a la que no creí conocer.
       -Ya veo que no te acuerdas de mí. Te he venido observando todo el trayecto:  oye, ¿hablas solo a menudo?
       - No, verás, era un niño que lloraba y al que…
       - Ya, ya, el niño. ¿No recuerdas quién soy, verdad? Me hace pensar que he cambiado mucho, quizás demasiado… Invítame a un café y te pongo al corriente.
       -  No si estás muy bien…
       - ¿Sigues sin caer, eh? 
        Entramos en la primera cafetería que encontramos. A esa hora estaba llena de gente desayunando. Nos sentamos a una mesa.
       - Soy Ana… Si, hombre, la cantante. Pero, ¡cómo es posible que no te acuerdes!
       - Joder… -perdón- claro, Ana. ¡Por Dios no es que estés cambiada, es que la última vez que te vi llevabas el pelo con cresta morada y crucifijos en las orejas!
       - Sí, pero cantaba una canción que habías compuesto para el grupo… ¿“Amo la vida” se llamaba? O algo parecido.
      - Si, era algo parecido: “Los amores de mi vida”. Fue mi primer y último fracaso.
      - Lo pasábamos bien. ¿A qué te dedicas? Desapareciste del tugurio aquel y no te volvimos a ver.
      - Debí de enamorarme por aquellos años. ¿Cuántos hace…treinta?
      - Más o menos. Yo sigo cantando y me va como entonces, mal. Pero no sé hacer otra cosa, y tampoco lo deseo…que conste.
      - Al menos tú haces lo que quieres. Yo saqué unas oposiciones. No te rías –rió al tiempo Luis viendo la cara de Ana- y vivo de ellas. Sin alharacas, pero bien.
      - ¡Alharacas! Siempre fuiste muy barroco hablando…y componiendo –dijo Ana tras una breve pausa-. Quizás por eso no te fue bien con la música. ¿Te casaste? Yo sigo con Tomás, el batería. De él si te acordarás; erais buenos amigos.
      - ¡Tomás!, sí. Fuimos amigos durante años; antes de conocerte.
      - Oye, podrías venir alguna vez a escucharnos. Los jueves actuamos en “El baúl de la Piquer”, un sitio nuevo. Nuestra música ya no es tan estridente. Es más tipo jazz y sobre todo baladas; gustan mucho a la gente de nuestra misma edad. ¡Cincuenta y dios, ya! Siempre nombro a dios cuando hablo de mi edad.
      - Sí, me gustará recordar aquellos tiempos. Ahora me tengo que ir, el trabajo ya sabes.
      - Claro, te esperamos, ven con tu esposa.
      - No, iré solo… Me separé hace años.
      - Como quieras. Por cierto podrías prestarme doscientos pavos… Ando algo apurada, te los devuelvo cuando te vea.
      - Te vale con cincuenta…
      - Me apaño. Nos vemos. Un beso, Luis.
      Eché a andar hacia la oficina. Llegaba tarde, el sol estaba ya en lo alto, sobresalía por encima de los edificios y la acera se había llenado de luz. Sonreí y debí volver  a hablar solo al recordar la cresta morada de Ana.   

lunes, 7 de mayo de 2012

En el refugio de los sueños: Desde mi ventana


       Me escuecen los ojos, tengo sueño y aún no es tan tarde; están dando las doce en el reloj del salón: las escucho desde este teclado. Me viene pasando mucho últimamente y a veces pienso si será la edad; esos años que van transcurriendo lenta pero inexorablemente. Busco una historia, un cuento, un relato nuevo que escribir, y me pasa lo que a Serrat desde la ventana de su habitación: “que no se me ocurre nada”. Quizás el hecho esté en mirar por la ventana para que las musas se despierten; deben de estar cómodamente instaladas entre mis neuronas, usándolas de almohadas, y permanecen allí descansando, adormiladas más bien.
       Hago el esfuerzo de levantarme e ir hasta la ventana del salón. La ciudad parece dormir. La calle los fines de semana tan bulliciosa, está en silencio: se puede escuchar, sólo se siente cercenado por las leves gotas de lluvia que golpean los cristales; más que un golpe parece que los acaricien. La lluvia también llora, pero esta vez mansamente. Hay oscuridad en el cielo, más allá de la intensidad lumínica. Y es que está encapotado; lleva días así. Las farolas apenas iluminan los tejados de las casas y a lo lejos, aunque desde la atalaya en que me encuentro parece como si pudiera cogerla con las manos, la sombra de la mole catedralicia destaca entre la oscuridad como un bulto oscuro y negro. Dieron las doce hace poco y automáticamente se apagaron los focos que la dan entidad por la noche.
      Veo una pareja salir de un portal; debían estar amándose  pues ninguna luz ha iluminado su salida a la lluvia. Caminan juntos bajo un paraguas rojo que brilla, ahora, al rozarlo la lluvia. He abierto la ventana para estar más cerca de ellos; los oigo reír. Su risa se aleja con ellos al doblar la esquina de la plaza. Esta despedida me hace recordar que años atrás y  en alguna ocasión le prepuse a mi novia seguir a la primera pareja que viéramos y pasar la tarde haciendo lo mismo que ellos hicieran. Era un juego que repetimos en más de una ocasión. Resultaba tremendamente divertido. Al perder de vista a aquellos jóvenes de la plaza ha venido a mi memoria aquella anécdota. Pero hay más cosas en mi plaza.
      Un hombre con sombreo y paraguas, pasea a su perrita. Sé que es una hembra porque identifico al vecino del edificio. Ha sacado a la perra a pasear y a… defecar. El paseante mira a derecha e izquierda y pensando que nadie lo ve (se olvidó de mirar hacia arriba)  no retira lo que el animal ha dejado sobre la acera. Me descubro sonriendo; sé que no debiera hacerlo pero ha podido más el sentir que había cogido en pecado a un convecino. Me lo perdono pues los humanos somos en ocasiones así. También perdono al paseante, pero mañana tendré cuidado de no pasar por la zona violada.
       Se abre la puerta del “pub”; gente que sale a fumar, y hasta mis oídos llega la estridente música pachanguera del local. ¡Y estamos a lunes! Claro que imagino que los clientes  son unos pocos. Noctámbulos de copas con alcohol            que se mueven al son de la música y que olvidaron cerrar la puerta por la que salieron;  sin duda en el interior del “pub” no queda nadie que se lo recrimine, pues la noche es fría y la humedad hiere como un cuchillo, al menos es lo que yo siento desde mi ventana abierta a la noche.

martes, 1 de mayo de 2012

Pequeños relatos eróticos: Quinientas pesetas (20)


(Nota: Fernando Macarro Castillo, nació en 1920 en Alconada (Salamanca). Su vida ha sido una constante defensa de los oprimidos y desheredados y una entrega absoluta a su ideal comunista y republicano. En 1939 (con 19 años) al acabar la guerra fue ingresado en prisión y condenado a muerte, de la cual milagrosamente se libró en varias ocasiones. Estuvo preso VENTITRES AÑOS ininterrumpidos, la mayoría de ellos en la prisión de Burgos. Fue liberado en 1961; contaba entonces 41 años de edad. Escritor y poeta, tomó el nombre, por el que hoy se le conoce mundialmente, de MARCOS ANA (los nombres propios de su padre y madre). Rescato someramente  quizás una de las más maravillosas historias de amor que he leído, tal y como la recuerdo. Fue publicada en el 2007 en su libro de memorias sobre su prisión y su vida (prólogo de José Saramago): “Decidme cómo es un árbol” (libro que recomiendo sobre todo por su humanidad, honradez, respeto hacia los demás y su lección de vida sobre el perdón). Me enorgullece decir que conocí personalmente a Marcos Ana y su recuerdo y humanidad forman ya parte de mí).
      “Cuando Marcos Ana fue liberado de la prisión de Burgos en 1961 poseía lo que llevaba puesto: un traje y la ropa interior. Había pasado 23 años en prisión, su juventud y parte de su vida. Afortunadamente hoy cuenta noventa y dos años y se encuentra sano y lúcido. Reclamado por sus antiguos camaradas comunistas dio conferencias por todo el mundo sobre su vida y su opinión del mundo en especial del fascismo, pero eso es otra historia.
      Marcos recaló, al salir de la cárcel, en Madrid en casa de una hermana. En los primeros días de su nueva vida contactó con antiguos camaradas y recorrió las calles de un Madrid en desarrollo y desconocido para él. Todo era nuevo y muy distinto a los recuerdos que anidaban en su retina. Solo o acompañado de algún amigo, se iba integrando en su nueva vida. Fuera como fuese el caso es que un buen día confesó a uno de sus amigos que él nunca había conocido el amor. Su amigo le propuso que fuera a ver a una antigua amante suya (prostituta). Marcos no deseaba ese tipo de amor pero al fin y al cabo era un hombre. Su amigo le prestó quinientas pesetas para pagar el servicio. Marcos fue a casa de la mujer, pagó por adelantado y comenzaron a hablar; no entendía que una relación por carnal que fuese pudiera iniciarse de otra manera. Marcos relató su vida hasta ese momento, sus vivencias en la cárcel, su amistad con compañeros que fueron fusilados. Abrió su corazón ante esa mujer que de nada conocía. Y fueron pasando las horas sin que el motivo de su visita tuviera lugar. Marcos se despidió de la mujer con un beso en la mejilla.
      Pasados unos días la hermana de Marcos Ana le estaba planchando la chaqueta del traje, que usaba a diario, cuando notó un pequeño bulto en uno de los bolsillos, metió la mano para sacar su contenido y facilitar el planchado, y se encontró con un billete de quinientas pesetas y un papel; lo entregó a Marcos. El papel decía: “para que vuelvas a verme”.
      Ese mismo día Marcos se dirigió a casa de la mujer, pero por el camino pudo más su hombría de bien que el placer físico. Sin pensarlo demasiado,  movido por un impulso del ser maravilloso que es, entró en una floristería y compró quinientas pesetas  de rosas, y mandó enviarlas a casa de la mujer. Pensó que si cedía a sus deseos carnales sería cuando de verdad prostituyese a aquella mujer.”