lunes, 21 de marzo de 2011

En el refugio de los sueños: En la espera (1ª parte)

Se sentó en el banco de madera que había en el porche. Respiró. El aire le refrescó los pulmones enrarecidos por la humareda que acababa de abandonar en el interior del bar. Un ligero ruido sobre su cabeza le hizo alzar la vista sobre la pequeña bombilla que se balanceaba en lo alto acariciada por la suave brisa que llegaba desde una arboleda próxima. El ruido procedía del ágil y violento aleteo de una polilla que buscaba, sin duda, el calor de aquel pequeño foco para vivir y salvar la noche que ya se cernía sobre el lugar. Miró al frente; a unos pocos metros la carretera comarcal 218 cruzaba aquella zona en dirección paralela a la que se encontraba la fachada del establecimiento. Al fondo, tras la vía, sólo la oscuridad más absoluta. Trató de adivinar algún modo de vida en aquel centro oscuro, negro. A veces sentía imaginar diminutos focos de luz. Creía verlos, pero sin duda eran ilusiones. Sus envejecidos ojos le causaban esas falsas apariencias: estrellitas que aparecían y se volatizaban a la misma velocidad que habían llegado. Un intenso parpadeo que llegaba a molestarlo. Y así noche tras noche, luchando contra la posibilidad de ver a través de aquel túnel oscuro. Sólo el lejano y casi imperceptible olor del mar llenaba sus sentidos. Un camión cruzó frente a sus ojos con violencia. Por un instante perdió la percepción óptica del túnel ante la estela del vehículo. Apenas si parpadeó. No lo siguió con la mirada, sabía que se perdería tras la primera y lejana curva.

-Por allí algún día vendrá ella –murmuró sin desviar los ojos de la negrura-, quizás envuelta de sal marina –pareció añadir.

El botellín de cerveza se balanceaba entre dos de los dedos de la mano derecha, que lo sujetaban por el gollete, al ritmo de la música que salía del local. Cada vez que abrían la puerta el sonido aumentaba y se le instalaba en la cabeza. Esta mayor intensidad tenía la virtud de alimentar y agilizar el movimiento del embase con mayor vigor, el vaivén se iba atenuando a medida que la música bajaba de volumen , los compases, entonces, quedaban rotos por el incansable aleteo de la mariposa. La mano izquierda, mientras tanto, jugueteaba con un cigarrillo a punto de consumirse.

Cerró los ojos, como cada noche, pensando en ella; esperándola.

Fue contando años de conformidad y esperanza mientras tatareaba la melodía que se podía escuchar tenuemente ahora a través de la puerta del bar: “Noches de blanco satén” de los Moody Blues. Sin pretenderlo la música le hizo retroceder en el tiempo. Bailó aquella melodía tantas veces con Nieves, entonces su novia y que poco después se convertiría en su esposa. ¿Qué año era? –Se preguntó moviendo los labios sin que las palabreas fluyeran por su boca-. Principios de los setenta –se respondió--… no, antes –recapacitó-; sobre el sesenta y ocho, ella tenía por entonces veinte o veintiún años –seguía moviendo los labios-.

La canción se escuchaba en aquel apartado bar de carretera cuarenta y tres años después. “Noches tan blancas,/como blanco satén/cartas escritas,/que se rompen después/…que te quiero/sí, te quiero oh,/cuanto te quiero oh…” Francisco seguía el ritmo con la cabeza.

Los escasos parroquianos que salían y entraban en el bar lo vieron sonreír. Algunos se fijaron en su mirada perdida y les pareció oír de sus labios una suave melodía, sin percatarse de que era la misma que llegaba a sus oídos desde el fondo del establecimiento. Siempre, “Noches de blanco satén”.

En sus ensoñaciones ceñía la cintura, mientras bailaban, de aquella chica que le tenía trastornado. Nieves era la muchacha más dulce, guapa y cariñosa que había conocido, y aquellos primeros besos que se daban a escondidas les sabían al jugo de las manzanas verdes. Se juraban amor eterno por cada rincón y calleja del pueblo de ambos. Las sombras de los tapiales los protegieron durante aquellos años de noviazgo de las miradas de los vecinos, pero nadie dudaba, en aquella pequeña aldea, que habían nacido el uno para el otro, él en el barrio de arriba y ella en el barrio de abajo. Cada hórreo supo de su amor y no hubo panera que no fuese visitada y disfrutada por ellos. Francisco había cumplido los veinticinco años cuando se casó con Nieves y desde aquella distancia que ahora maldecía sólo recordaba años de felicidad con aquella mujer, que después de dieciocho años de matrimonio había tomado la determinación de marcharse de casa: de huir –gemía ahora Francisco, como si las sombras pudieran escucharlo-. ¡Joder, Nieves! ¡Qué te equivocaste! ¡Qué fue un error! –exclamó sin que nadie, salvo la soledad le prestase atención-. Sí, huiste de mí –pensaba ahora-. Isabel no tuvo nada que ver con que nosotros dejáramos de ser felices. Era casi una niña y además la conocíamos desde siempre. ¿Por qué estabas celosa? ¿Qué motivos pude darte? ¿O, fue ella quizás? Sí, sé que hice mal. Es cierto que la estuve rondando y que hasta me atreví a estar con ella. Sí, me acosté con ella –confesaba sin que nadie pudiera absolverle-. No debí hacerlo, aquello fue una chiquillada, al menos para Isabel. Me equivoqué, Nieves, pero sólo fue una vez, lo juro por Dios. Ese fue mi pecado. Creo que me estaba arrepintiendo antes de abandonar su casa. No volví a verla. Traté de explicártelo, pero no querías escucharme; te tapabas los oídos con las manos, mientras ladeabas la cabeza y gritabas: ¡No, no, no! ¡Cagúén, Dios, Nieves! –blasfemó-. ¡Te juro que esa es la verdad! Cómo pudo ocurrir es fácil de entender. Isabel era joven, atractiva, siempre habíamos tenido una buena relación con ella. Entraba y salía de nuestra casa y nosotros, especialmente tú, de la de ella. Erais como hermanas.

“Que te quiero/sí, te quiero oh/cuanto te quiero…/”, -seguía la música-. Francisco miraba la oscuridad.

Isabel acababa de cumplir treinta y un años. Por eso me pasé aquella tarde por su casa: para felicitarle. En mi cabeza no rondaba otra idea, deberías saberlo –hablaba, ahora, Francisco en voz baja como si Nieves pudiera escucharle-. Pero me encontré, precisamente aquel día, con una mujer. El porqué antes no me había fijado, no lo sé. Aquel día fue diferente. Me recibió con una enorme sonrisa. Su cara emanaba frescor y ternura, como sólo en ti la había visto antes. Toda ella resplandecía. Vestía, me acuerdo veinticinco años después como si fuera ayer, … vestía de blanco; la blusa de encaje, desabrochada quizás por descuido hasta el tercer botón, y la falda de tablas plisadas eran blancas. Su pelo rubio descendía por sus hombros y las puntas del cabello intentaban introducirse hasta sus pechos a través de la abertura de la camisa. Acerqué mis labios a su mejilla, al igual que había hecho tantas veces, mientras le felicitaba. Me recibió un olor fresco, como creo haberte dicho. No retiré de inmediato mi rostro del de ella; algo en aquel momento superior a mí me impidió hacerlo. Pienso que a ella debió sucederle lo mismo. Sé que únicamente pueden ser conjeturas, pero lo cierto es que nos quedamos mirándonos a los ojos unos segundos, segundos que no pude asumir. Posé mis labios sobre los suyos. Debí trasmitirle dulzura o placer, no lo sé, quizás ambas cosas, el caso es que no los rechazó. Le abracé y me abrazó. Un sudor frío recorrió mi piel. Ella se dejó llevar. Te cuento esto, aunque no puedas oírme, porque es lo único que puedo hacer. No quisiste escucharme cuando pienso que deberías haberlo hecho. Sé que fue una canallada por mi parte, pero también sé que fue un impulso, nada premeditado hubo en nuestra acción, ni por mi parte ni por la de Isabel, puedes creerlo. He pagado, llevo veinticinco años pagando por ello. Y tú, también llevarás todo este tiempo haciéndote preguntas. Las respuestas, Nieves, estaban aquí, en tu casa.

Salí de la habitación de Isabel, triste. Con tristeza miré hacia su ventana desde la que me saludaba con la mano. También su cara reflejaba desconsuelo. Sabíamos…supimos desde el principio que no habíamos obrado de acuerdo con la amistad que nos unía a los tres. Al menos creo que ella pensaba lo mismo que yo, aunque no recuerdo que lo comentara durante la breve conversación que mantuvimos después de… hacerlo –titubeó-. Le dije que había sido un error por mi parte. Ella creo que intentó decirme que el error había sido de ambos. No recuerdo bien cuales fueron exactamente sus palabras pues yo no paraba de hablar, de disculparme. Le dije que te quería a ti, Nieves, que siempre te había querido y que esperaba que nuestra relación con ella no se viese enturbiada por lo que acababa de suceder. Sentí que ella miraba hacia el vacío con tristeza. Estuvimos mucho tiempo abrazados, sin que nos atreviéramos a mirarnos. Las lágrimas de Isabel se posaron sobre mi hombro empapando la camisa, que acaba de ponerme, mientras yo seguía hablando, en susurros, cerca de su oído.

Cómo te enteraste, no lo sé. ¡Qué me importa ya! Cuando reuní fuerzas para contártelo, para tratar de explicarte… tú ya lo sabías. El pueblo, supongo. Pero apenas habían transcurrido unos días, en los que Isabel y yo no nos habíamos vuelto a ver, ni yo tenía ninguna intención de hacerlo. Lo cierto es que desde que te marchaste únicamente he coincidido con ella en raras ocasiones, pues has de saber, Nieves, si es que nadie te lo dijo, que Isabel también se marchó de Navelgas. Debieron de pasar dos o tres años desde tú desaparición y su marcha. Regresa a ver a su familia de tarde en tarde. Eso al menos es lo que se escucha por el pueblo.

No ha habido día desde entonces que no pensara en ti, ni noche en la que el sueño se haya apropiado de mi cama sin que tu rostro, tu cuerpo, tu corazón no se asomasen a mi ventana. Tu recuerdo siempre me acompañó y lo hace todavía. Siempre estoy a la espera de que aparezcas a través de aquella oscuridad, frente a mí, que parece querer devorarme en mi desesperación. Ni una noticia tuya he tenido en todos estos años. Quizás sepas que te busqué, que traté de encontrarte. No dejaste ni una sola señal en tu huida por donde seguir tu rastro. Nadie parecía saber nada acerca de tu paradero. Me refugié en el trabajo. La ganadería que heredé de mis padres me ha tenido absorto todo este tiempo, pero las noches se me han hecho eternas sin tus brazos, sin tu ternura… sin tu calor. Esta noche es una más de las que he vivido…, padeciendo sería la palabra, desde que me abandonaste sin querer escuchar. No creas que nunca haya pensado que no tuvieras razón. Sé que la tenías, pero también creo que al menos podías haberme atendido en lo que era algo más que un ruego.

Francisco enmudeció. La temperatura en aquella noche de finales de septiembre iba bajando con rapidez. Dejó el botellín a su derecha, sobre el banco, y se frotó los brazos, sobre su camisa de cuadros, con ambas manos cruzándolas sobre el pecho. Sintió cierto alivio, pero algo le decía que debía de regresar a casa. Al parecer ella tampoco volvería hoy. Suspiró y trató de levantarse. Al tercer intento y ejerciendo un mayor impulso con las piernas logró desentumecer su encorvada espalda, herida por la humedad de la noche y los largos años de trabajo, y se puso en pie; poco a poco el dolor de sus vértebras fue remitiendo e irguió con lentitud su columna. Desde arriba al túnel parecía más cercano, más cercano y más oscuro.

Caminó como siempre, con lentitud. Los gastados zapatos rozaban el polvo acariciándolo y éste apenas se levantaba del suelo con aquella fricción tan débil. La cabeza gacha, sobre la tierra, dudando a cada paso, haciéndose eterno el corto camino de regreso. Le pareció escuchar ruidos a su izquierda unas veces y a su derecha otras. Pensó que alguna alimaña le rondaba. Creyó por un momento que sus oídos podían escuchar como años atrás; hasta en eso le engañaban sus sensaciones. La oscuridad por aquella vereda, que tantas veces había transitado, no lo ayudaba en aquella noche sin luna. Usó el bastón para ahuyentar peligros inexistentes, sin suponer que lo más peligroso para él en aquellos momentos era una posible caída. Poco a poco se fue acercando a su casa.

Al terminar la senda levantó la vista y puso su mano izquierda sobre la frente. Frunció los ojos pues le pareció ver luz en una de las ventanas. Cuando los ojos se hicieron a aquella realidad el corazón se le desbocó: ¡Esa luz, esa luz –gritó en la oscuridad- no debiera estar encendida!

Veinticinco años atrás Nieves salió de aquella casa para no volver quizás nunca más.

jueves, 10 de marzo de 2011

En el refugio de los sueños: ¡¡Ir al cine!!

Año mil novecientos cuarenta y dos. En plena ofensiva del ejército alemán sobre territorio soviético, un tren que transporta a un buen número de españoles, refugiados de la guerra civil, en su mayoría niños, se halla detenido en plena estepa rusa (en realidad la magnífica película “Españoles” dirigida e interpretada por Carlos Iglesias está grabada en Suiza). Rodeados por la nieve, con unas imágenes de enorme belleza fotográfica, iniciarán un viaje hacia la salvación en busca sobre todo de alimentos. En la huida, en la que el hambre y el frío se puede palpar en cada escena, surgirá el amor entre los protagonistas: él afiliado al partido comunista y ella perteneciente a la derecha y católica España, que, por motivos que no desvelo (¡¡Ir al cine!!), se encuentra en la misma situación que el resto de los que al final serán sus compañeros de tragedia.

En medio de una escena, ahora mismo no recuerdo cuál, la imagen se apagó y las luces de la sala se encendieron. Las pocas personas que allí nos encontramos nos miramos sorprendidos. En nuestras miradas había un: “ya lo arreglarán”, sin caer inicialmente en la cuenta de que en la cabina de proyección ya no estaba aquel señor rollizo y amable con un pitillo entre los labios que vigilaba la cámara y cambiaba los bombos del film. Este corte hacía años que no lo vivía y me dio por sonreír pues si nadie avisaba estaba claro que nos quedaríamos sin ver el resto de la película. Inconvenientes de los proyectores automáticos actuales.

En el pequeño descanso me puse a recordar en aquellas fantásticas películas que todos los domingos veíamos en el cine del colegio de los hermanos maristas. Primero teníamos que ir a la capilla a rezar el rosario. Las puertas del cole quedaban cerradas y el que no acudiese al rezo no veía la película. Era el precio que había que pagar por asistir cada domingo a lo que por aquel entonces era un espectáculo maravilloso (sigue siéndolo: ¡¡ir al cine!!). En la cámara de proyección siempre estaba el impertérrito hermano Castresana. Creo que en alguna otra historia ya he hablado de él: era el que tocaba el pito en el recreo dando por finalizado el mismo. Pues bien este hermano estaba domingo tras domingo en la sala de proyección, como escribía antes, para aguarnos las películas. Su cometido consistía en colocar un pequeño cartón delante del objetivo de la cámara cada vez que Glenn Ford y una rubia platino iban a iniciar un escarceo amoroso. Cómo era un beso teníamos que imaginárnoslo por aquellos años. El “Castre” siempre acertaba con el momento en el que había que situar el cartoncito, signo evidente de que él sí había visto la película con anterioridad. En ocasiones, recordaba mientras alguien ya había salido de la sala a dar aviso, el corte se prolongaba por la duración del arrumaco y el cartón, calentado por la bombilla de aquellas maravillosas máquinas, prendía fuego y con él se hacía un agujero en la cinta dando al traste, sin duda, al beso. Creo que ahí fue donde se popularizó la frase: “qué labios más ardientes tienes, cariño”.

La película es magnífica, los interpretaciones sobresalientes. El riesgo del productor, a tenor de las escasas personas que puedo constatar semana tras semana que acudimos al cine, enorme; y sin embargo hay gente empeñada, ¡¡bendita gente!!, en que este arte no muera. Menos mal que este año con la superproducción del inefable Santiago Segura (a mí me cae bien como persona) ““Torrente 4””, la filmoteca nacional no tendrá números rojos. Hay que jo…

lunes, 14 de febrero de 2011

En el refugio de los sueños: La metáfora

Hoy me han entrado ganas de escribir sobre el amor, quizás sea el día éste que nos han señalado los comerciantes para estar enamorados. Quizás.

No me refiero al amor aquél en el que las hormonas rebullían en nuestra sangre que parecían irse a salir por todos los poros de nuestra piel. Ni a aquel primer beso de aquella chica que perseguíamos por el parque con la mirada; aquel beso que nos supo a manzanas verdes e hizo que el sonrojo nos subiese hasta la cabeza, y con él la sangre que fue abandonando sus lugares de costumbre dejándonos los pies y las manos heladas, mientras duraron aquellos segundos sin duda maravillosos.

Tampoco me refiero al enamoramiento con tu chica de siempre, a la que cedías el paso a la entrada del cine y le comprabas palomitas en el entonces llamado “ambigú”, buscando conseguir con el alago los besos de la oscuridad obviando lo que acontecía en la pantalla. O a lo que llegaría poco después, cuando ya la conciencia de hacernos mayores nos llevó a intentar una vida en común, formar un hogar, una familia… en fin.

Claro que fue amor, qué duda cabe. Pero era un amor cercano al egoísmo que buscaba: la diversión, el placer… No amábamos de verdad. No era auténtico amor. Poco dábamos a cambio.

No, me refiero al amor del que cede, más que el del que da. Con el paso de los años sólo mantiene el amor de los demás el que ha sabido ceder. El que da lo hace porque le sobra. El que cede, sin embargo, se queda sin esa parte que otorga desinteresadamente, y ese es su valor.

Cuando pasan los años te das cuenta del valor del amor de la persona a la que amas en los más simples gestos. ¿Qué quieres para cenar, cariño? Me pongo en su lugar y pienso: ¿qué demonios me inventaría yo hoy para hacer de cena? Banal. No, tiene que ser difícil a lo largo de toda una vida complacer día tras día nuestros instintos más básicos; sólo el verdadero amor logra este hechizo. No creo que sea rutina, es más bien amor.

¿No es amor saber cuándo se acaba el bote de la lejía? Claro que es amor. Y amor es también llevar a casa un ramo de rosas sin que toque, sin que haya nada que celebrar, porque el verdadero cumpleaños del amor no cree en rutinas.

Esos dos cepillos de dientes son la metáfora del amor, llevan muchos, muchos años juntos.

domingo, 13 de febrero de 2011

En el refugio de los sueños: El álbum digital

Pero vamos a ver, ¿qué se le puede regalar a una mujer a punto de cumplir los noventa y seis años? La familia, bien intencionada, sugiere: unas gafas de sol, una chaqueta, unos zapatos… vamos lo normal. Parece que la chaqueta se va a llevar el honor de ser vestida por esa mujer: mi madre. No, ese color tan oscuro no, que le hace mayor… ¿mayor? Mejor ese verde aceituna que le hará más joven… ¿joven?, cuánto de juventud la vais a devolver… ¿diecisiete días? Lo primero que os dirá es que si la queréis vestir como Alaska, pues buena es con su ropa. Algún miembro familiar sugiere un bastón. ¡Deséchalo chaval, que la abuela se sujeta estupendamente del brazo de su hija o de quién la acompañe –no necesito estorbos de palo-! ¡Pues no es presumida ni nada! Alguien apunta: ¡Unos cascos de esos sin cables para escuchar la tele, que la pone tal alta que ofende a los vecinos! ¡Mejor unos audífonos!, continúa. No se los querrá poner, la comento, ni los unos ni los otros que ya lo hemos intentado. Dice que le molestan para oír. ¡Hay que fastidiarse, por no mentar al santo Jod (o era Job)!

Me dio por pensar, cosa rara en mí que suelo ser más de impulsos, y recordé haberle visto en más de una ocasión ojeando un viejo álbum de fotografías que ella misma ha ido confeccionando en los últimos años. Me dije: se lo voy a digitalizar (vaya palabro). Y ello me ha ocupado buenos ratos de los últimos días. “Robé” su álbum y pasé por el scaner aquellas viejas fotos en blanco y negro, al efecto de ir coleccionando un buen número de ellas para tener más cómodamente donde elegir. A algunas de las personas que aparecen en las instantáneas no las he visto en mi vida, pues son lógicamente amigos de mis padres. Pasando hojas me detuve en fotos de las hermanas menores de mi madre y pensé que también ellas tendrían viejas fotografías. Y ahí he estado haciendo una especie de árbol genealógico, pero eso sí en digital como mandan los tiempos en que vivimos.

Resulta sorprendente como pasados setenta años o más, aquellas caras juveniles de mis tías – llegaron a ser once hermanos entre chicos y chicas, vamos una familia numerosa como las de ahora – las observo entre los que ahora vivimos. Se repiten en mis primas, en mis primos, en mis hermanos. Debe ser cierto eso de que a medida que nos hacemos mayores nos parecemos más a nuestros progenitores. Pero lo que más me sorprende de aquellos años, por la edad serán de los años treinta, es la preciosidad de la ropa que vestían: aquellos inconfundibles trajes de chaqueta de finales de los veinte. Se podrá decir que se arreglaban para la foto, pues va a ser que no. Son instantáneas tomadas en la calle, se nota que es cualquier día del año: las hay con prendas veraniegas y también otras rodeadas de nieve con aquellos abrigos largos que tanto las favorecían. También se ven algunos hombres: mi padre, siempre con su bigote –no recuerdo haberle visto nunca sin él -, los maridos de mis tías…todos con traje y corbata. Mi padre –lo juro- iba a la playa, ya en los años setenta-ochenta trajeado.

Me sorprendió una fotografía en la que se ve a varias de mis tías en la plaza de toros de Zaragoza - me lo contaron ellas la tarde que compartimos fotos, solera 1874 y pastas -, con unos primos que por lo visto tienen en la ciudad maña, aún deben vivir alguno de los hijos de aquellos primos. Me sorprendió porque al principio no reconocí a una de aquellas bellezas del coso taurino. Caí, no obstante, enseguida: no podía ser otra que mi tía Clara, la única rubia de la familia. Su pelo actual, casi blanco, sigue siendo igual de interesante. Mi familia es de pelo muy oscuro, pero Clara nació rubia, rubia y con unos ojos entre verdes y azules; vamos que en aquella antigua fotografía llegué a confundirla nada menos que con Lauren Bacal. Juro que se parecía.

Ahora sólo me toca elegir pues entre unas y otras, más las que tengo en casa de hijos, nietos, biznietas, sobrinos y demás familia, se me va a hacer eterno. Espero que la haga ilusión recordar toda su vida.